Ezine internacional de cuentos en lengua original.

Ezine internacional de contos em língua original.

Ezine international de récits en langue originale.

Monday, 8 July 2019

BABELICUS N° 7
REVISTA LITERARIA EN ESPAÑOL – JULIO  2019
ADMINISTRADORES: ADRIANA ALARCO, STEFANO VALENTE, DANIEL ANTOKOLETZ HUERTA

Estimados amigos:

Les presentamos el séptimo número de BABELICUS EN ESPAÑOL http://babelicus.blogspot.it Babelicus (grupo abierto de Facebook), con cuentos de autores peruanos, argentinos, españoles.

Deseamos que este proyecto siga creciendo, y ruego a los escritores de lengua española interesados en publicar en Babelicus, que envíen sus colaboraciones adjuntas en Word a los responsables de la edición en español de la revista virtual: 
Adriana Alarco de Zadra:  alarcoadriana@gmail.com
Daniel Antokoletz Huerta:  dantokoletz@yahoo.com
Se publicarán los cuentos que cumplan los requisitos de brevedad, gramática, fantasía y respeto. Los autores no pierden sus derechos de autor.

Portada: Pesadilla (óleo en lienzo) ADRIANA ALARCO DE ZADRA - Perú

ARGENTINA
DANIEL ANTOKOLETZ HUERTA
EL TRIATLÓN                                                                                   
Mira su próxima meta, enfocado a donde tiene que llegar. Pero no puede descuidar el piso. Parece un campo de bochas. Sus trancos largos parecen saltos. Ya ve el tajo del canal dibujándose sobre el polvo rojizo. Parece una oscura línea brumosa. Siente cómo le queman los pulmones por la falta de aire. Abre un nuevo botellón. Respira con un ritmo acompasado con los pasos.
Llega al borde del acantilado. Clava una estaca en la tierra y desciende haciendo rapel por la pared de roca al borde de la meseta de Tharsis. Llegó antes que la legendaria tormenta roja, y eso es bueno. Los viejos experimentados, le advirtieron que debía adelantarse a los vientos. Con el polvo tapándole la vista, se desbarrancaría. Se descuelga y baja los primeros quinientos metros como si descendiera en cámara lenta. Se cubre bajando lo más pegado posible a la pared cuando unas rocas caen a su alrededor. A pocos metros se desenrolla la cuerda de uno de sus contrincantes.
Llega al primer descanso. Mira hacia abajo con sus binoculares. La base se encuentra a más de un kilómetro del fondo,pero apenas se ve porque el cielo se oscurece. Llegó la tormenta roja. El cielo muestra franjas rojizas cada vez más oscuras. Sobre él se dibuja la grotesca sombra de Goletb, moviendo diestramente sus piernas, y deslizándose hacia él. Entre los locales él es el favorito. Su propia cuerda da un cimbronazo. Sabe que otro de los competidores está usando su propia cuerda para descender. Se apura, varios competidores también son rápidos y tanto o más fuertes. No le agradaría pelear contra ellos.  Tropieza con una roca, y baja varios metros deslizándose sobre su trasero. Verifica que no se le haya roto el traje y continúa con su vertiginosa bajada.
Verifica el manómetro de su botellón. Le alcanzará.  Las banderillas rojas y azules lo guían por el sendero tupido con una especie de musgo. Logra bajar a la sima de manera relativamente segura. Baja a un trote rápido por un camino que, cada vez, se hace cada vez más escabroso. Sabe que no debe correr al descender. Al voltear en un recodo, imponente, el monte Olimpo se eleva recortándose tras una niebla de polvo rojizo que no permite ver la cumbre del monstruo.
Llega a la dantesca aureola, y monta en su bicicleta. Sus poderosas piernas terrestres lo empujan alejándolo de sus contrincantes, y lo acercan a la base del volcán. Tiene que ganar la mayor cantidad de terreno posible. Su fuerte es la carrera y el ciclismo. Escalando está en desventaja. Si bien sabe tiene el doble de fuerza que los demás, no conoce tan bien el terreno como los locales.
La base del viejo volcán se confunde con el terreno. Sube con la bicicleta mientras el terreno se lo permite. Luego de varios kilómetros abandona su vehículo, y comienza la ascensión del monte más alto del sistema solar. Se esfuerza. Escala, cruza cañones de una profundidad inconmensurable y aprovecha la fuerza de sus músculos moldeados en la gravedad terrestre para cruzar de un salto algunas grietas. Cada vez le cuesta más. Debe prestar atención para no toparse con las bestias locales. Es una ascensión de veintidós kilómetros. Ve cómo Goletb tropieza. Le cae bien. Decide ayudarlo cuando ve que una especie de planta envuelve sus cuatro finas patas, y lo arrastra hacia la grieta. Ve el terror en la cara del marciano manoteando para arrancar las móviles ramas. Sólo logra quedar más atrapado. Rodolfo continúa su camino. Sabe que no puede hacer nada.
Sigue ascendiendo. Llega a un pequeño saliente de roca que le permite descansar unos momentos. Al sentarse observa unos pequeños hilos que cruzan la roca de punta a punta. Arroja una roca sobre ellos; y una planta, similar a la que que se llevó a Goletb, envuelve la piedra pulverizándola. Asustado, esquiva esa temible trampa, y continúa trepando. Su cuerpo le reclama descanso.
A una decena de metros de la cumbre; Yamungia, de Titán, se le acerca peligrosamente. Rodolfo, ya agotado, y con varias fugas en su traje, con los músculos de sus piernas ardiendo de dolor, salta hacia adelante buscando achicar espacio entre él y la gloria.
Con su último aliento, llega al borde de la caldera del volcán. Observa a su alrededor y ló único que puede ver es la ladera del volcán que se extiende hasta el horizonte. Clava la bandera con una hermosa imagen de la Tierra. Los ancianos del consejo del pueblo lo esperaban:
—Bienaventurado Rodolfo Bloom, de la Tierra. Has llegado primero en el triatlón ceremonial —dice el más viejo del grupo.
—Gracias venerable. Es un honor ser el primer terráqueo en vencer en el triatlón marciano. Es, sin duda, un deporte que será popular en mi planeta.
—¿Deporte? ¿Creéis que esto es un deporte?
Rodolfo mira desconcertado a los ancianos del consejo.
—No es un deporte —dice otro de los ancianos moviendo nerviosamente las cuatro patas—. Es una selección —termina diciendo mientras arrojan a Bloom a la caldera apagada del volcán —. Elegimos al mejor para sacrificarlo a los dioses.

Daniel Antokoletz Huerta (Buenos Aires 1964) comenzó a escribir desde muy joven. Ha logrado varios galardones por sus cuentos. Sus obras de terror y ciencia ficción se han publicado en antologías, diarios y revistas (tanto en formato electrónico como en papel); tanto en Argentina como en varios países de América y Europa. Trabaja en bioinformática y realiza trabajos de investigación en inteligencia artificial y robótica.

ESPAÑA
RICARDO CORTES PAPE
LA MARCHA

¿Alguien sabe adónde vamos?, he preguntado por segunda vez a los que marchan a mi lado bajando por la Gran Vía.  No he conseguido obtener respuesta. Todos parecen haber olvidado el propósito de esta marcha. O bien les parece una pregunta tan extravagante que se limitan a sonreír amablemente como si yo fuera el típico bromista, el inevitable bufón de todas las marchas. El hecho es que no lo sé, y me parece notable, como también que no consiga recordar lo que he hecho durante las últimas horas. Como si tuviera un principio de amnesia. ¿A qué he venido aquí? ¿Es esto una manifestación o algo así? Desde luego, gente no falta. Somos miles. Un río de personas desembocando en Cibeles, torciendo hacia Atocha. Y de las calles laterales no para de afluir más gente. ¿Alguien sabe adónde vamos?, vuelvo a repetir, dándome cuenta de que me estoy quedando afónico. El silencio es otro rasgo notable de esta marcha. Curiosamente nadie dice nada, la gente no habla entre sí, camina concentrada mirando al frente. Su aspecto tampoco ayuda, la verdad, a aclarar las cosas. Los hay de todas clases y colores. A mi lado marcha una oficinista, un poco más lejos un policía municipal. Delante de mí camina un elfo, un disfraz obviamente. Incluso me ha parecido ver a un hombre en pijama. Por otra parte, en el termómetro de una marquesina he comprobado que la temperatura es indudablemente excesiva para estar en la calle. Me parece extraordinario que nadie se queje del calor. Pero si me paso la mano por la frente es solo por reflejo, ni siquiera estoy sudando. Durante un rato sigo a una mujer calzada inapropiadamente con zapatos de tacón de aguja y que parece que ha olvidado ponerse algo de ropa antes de salir, y aunque la miro intensamente de arriba a abajo no consigo otra cosa que una floja erección. Cuando estoy pensando que vamos quizá a un ritmo demasiado rápido, se produce en un punto más adelante una caída. Aparatosa pero muda, la caída no afecta a la marcha en lo más mínimo. Alguien se ha ido al suelo y la gente pasa sin detenerse, sin volverse siquiera, pensando en otra cosa. Parece que se preparase para una larga caminata y empezase a desechar lo que le pesa; mientras descendemos hacia la boca de un túnel, el suelo empieza a aparecer sembrado de cosas: un bolso, un maletín, un casco de motorista. ¿Un túnel? ¿Acaso nos disponemos a salir de la ciudad?

Marchamos ahora por la autopista en compacto silencio. Sobre el fondo del ruido de miles de pasos no se oye ni una voz, ni un pitido. Muy respetuosos, lejos de impacientarse, los conductores descienden de sus coches y se unen a nosotros como si fuese la cosa más natural del mundo. Lo mismo que los empleados de las estaciones de servicio o los obreros de un edificio en construcción, que salen a nuestro encuentro como si nos hubiesen estado esperando. También se ha producido la confluencia del pintoresco grupo de animales de un zoológico o circo cercano, que marchan ahora entre la gente, al igual que sus mascotas, de modo que, aparte de perros y gatos, se pueden ver caballos, osos y tigres. Esto empieza a tomar proporciones de gran éxodo. Como si Madrid hubiese sido declarada zona inhabitable y toda la población se encaminara decidida hacia la costa. Por otra parte, como si hubiera problemas de espacio, marchamos muy arracimados, de modo que las caídas son constantes. Como antes, son ignoradas; con plácida determinación la gente sigue adelante. Ni siquiera una mujer sentada en su silla de ruedas volcada ha sido obstáculo: simplemente le han pasado por encima. Yo tengo que admitir que le he pisado la mano a un piloto de una compañía aérea. Estaba tratando de determinar la clase de manchas que me han salido en la piel y que he constatado también en los demás. Son de verdad extrañas, recuerdan más que nada a esas zonas oscuras de la fruta estropeada. ¿Pero qué nos pasa? Frente a mí una mujer lleva en el escote de la espalda una gran mancha húmeda como si tuviera incrustada entre los omóplatos una manzana pasada, y del borde inferior rezuma un hilillo de algo. Al mismo tiempo se le está formando en la cabeza una calva. Por un momento estoy tentado de advertir a la mujer de que le está pasando algo, pero me cuesta levantar el brazo y de mi boca solo sale un confuso jadeo. Vengo notando que nuestro paso se ha hecho más lento y pesado, y antes, cuando traté de determinar las dimensiones de la marcha, apenas pude volver la cabeza. Entretanto le he pisado a alguien el tobillo.

El que marchaba delante de mí ha caído. Otro más que no aguanta y cae al suelo. No me ha quedado más remedio que pasar por encima y hundirle el pie en el estómago: un violento chorro amarillo ha brotado entonces de su boca, manchándome los pantalones. Pero en seguida su sitio ha sido ocupado por otro, así que sigo caminando detrás de este que en poco se diferencia del anterior. Tal vez, al ser más estrecho, se trate de una mujer, pero su cabeza muestra las mismas calvas que tienen todos, porque a todos se les está cayendo el pelo, me imagino que a mí también. Al poco tiempo, también la mujer se desmorona y yo paso por encima rompiéndole el cuello. Una especie de feliz demencia se expande aún por su rostro, y me pregunto si yo mismo sonrío también como un idiota. Otro bulto ocupa en seguida su lugar, y al poco es el que camina a mi lado el que cae, hundiéndome el codo en la caída: oigo como desde lejos el lento crujir de mis costillas. Sigo adelante sobre el pavimento resquebrajado con paso ya menos firme. El liso asfalto de antes ha dado paso a una agrietada extensión de cemento, como si ahora anduviéramos perdidos por las pistas de un aeropuerto abandonado. En cualquier caso, la ciudad hace ya mucho que ha quedado atrás. El cielo sobre nosotros parece haberse oscurecido, aunque yo diría que el sol sigue estando bastante alto.
El que marchaba delante de mí ha caído al mismo tiempo que el que marchaba a mi lado. Bajo mi pie un glúteo hinchado casi me ha hecho caer, y he perdido un zapato. Mis piernas tiemblan ahora de tal modo que temo desmoronarme yo mismo en cualquier momento. Pero sigo adelante, ahora con un mechón de pelo rubio en la mano que miro como si no reconociera mi propio pelo, mientras que el que marcha detrás cae echándose sobre mí, de modo que le hundo el codo en la caja torácica. Tambaleándome, escupo un diente que va a caer en una grieta, y esta nimiedad me hace reír violentamente, pero no consigo oír nada: estoy sordo. Entretanto he perdido el otro zapato y se me ha desprendido la camisa. Bajo mis pies noto la blandura de la ropa que se nos está cayendo a todos. El hombre que marcha delante de mí es ahora un anciano desnudo y calvo, un bulto blanco y arrugado que parece que buscara tambaleante su propia tumba entre las grietas, que mientras tanto han alcanzado un tamaño difícil de asumir. La pista de cemento se ha perdido bajo un campo cuarteado, polvoriento y como en proceso de disolución. Otra vez el que marcha detrás cae agarrándose a mí, pero su carga es tan liviana que no hago nada por quitármelo de encima y, durante un rato, voy con él a cuestas como si llevara a la espalda una brazada de ramas; ni siquiera advierto cuándo se suelta. Blando como un terrón, el anciano que me precedía ha cedido bajo mi pie. Le ha sustituido un niño a juzgar por la altura, pero es un niño arrugado y flácido, con las nalgas colgando y una cabeza que recuerda a la de una tortuga. Me doy cuenta de que ya no hay nadie más delante de él y de que realmente es él quien dirige la marcha hacia la enorme abertura de lo que parece un hangar, pero es desde luego otra cosa. El flautista de Hamelín, pienso y me río con la boca abierta y desdentada, mientras piso el suelo metálico, seguido por la columna de espantajos.

Ricardo Cortes Pape: escritor de ciencia ficción. Ha publicado en revistas como la recordada Alfa Eridiani y en 2014 en Visiones. ellibroquevuela@yahoo.es


PERU
TANYA TYNJÄLÄ
SIGNOS INEQUÍVOCOS DE UNA MUERTE CERCANA

La fila de hormigas caminaba llevándose el azúcar desde la cocina hacia el patio. No las maté. Mi abuela siempre decía que ese era un signo inequívoco de una muerte cercana. No pude evitar sentirme contento.
            No soy una mala persona, no ando deseando la muerte de cada persona que se me cruza en el camino haciéndome alguna perrada, pero todos tienen un límite y no soy Job.
            La madre de mi novia no me considera digno de su hija. Para ella soy solo un mediocre cajero de banco, sin el futuro grandioso que soñaba para su “princesa”. No oculta su desprecio hacia mí cada vez que tiene la ocasión. Pero está enferma, grave, todos los saben: Seguro es ella la que va a morir.
            Recuerdo la vez que me invitó a una reunión familiar, solo para humillarme invitando también a un “amigo de la familia” joven, guapo y ricachón. “¿Recuerdas, Anita? De pequeños decían que se casarían de grandes”, comentaba sonriendo. Poco importaba que mi novia lo le hiciera caso, ella insistía: “¿No es cierto que está muy guapo?  ¡Es el partido ideal, tiene su propia empresa!”. De nada valió el apoyo de mi Ana, pidiéndome que no le hiciera caso, la vieja me arruinó el día.
            Un perro aúlla a lo lejos: otro signo, la muerte está cerca. Sigo preparándome para ir al banco. Será un día largo y pesado, día de paga. Todos quieren cobrar su sueldo. Yo igual no dejaré de sonreír.  Es fácil ser amable cuando sabes que todos tus problemas desaparecerán de un solo golpe.
            Disfruto pensando en nuestro futuro, sé que no pudo ofrecerle mucho, pero lo que le daré, será de corazón. Si pudiera, le diría que no trabaje… pero eso es imposible con mi sueldo. Es otra de las críticas de su madre: “¡Pero si ni para mantenerla bien tienes! ¿Para qué te quieres casar?”. Y sigue quejándose de que su pobre hija tendrá que trabajar toda su vida y sigue y sigue…
            En el trabajo no puedo pensar en otra cosa, no me concentro, me equivoco varias veces al contar el dinero. No sonrío, estoy tenso, si el jefe se da cuenta… De pronto una campana nos sobresalta. Pensamos inmediatamente en una alarma. Una secretaria se ríe.
            —Fíjense, el despertador que me regaló mi hija para el día de la madre, ese que se malogró al segundo día y que guardo solo por cariño, ¡se puso a sonar de pronto! ¡Qué susto! ¿No?
            Sí, “que susto ¿no?” ¡Qué alegría digo yo! Tres signos al mismo tiempo. No pueden fallar.
            El banco cierra, salgo presuroso a la parada de autobús. Quiero llegar a casa lo más rápido posible. El ojo izquierdo me palpita: cuatro signos en un día. Debo parecer asombrado y triste cuando Ana me dé la noticia. Quiero…
            … No vi el camión, todo el cuerpo me duele. La gente que se mueve a mi alrededor…  escucho su gritos de auxilio, también escucho aullar  a un perro, mientras veo a las personas como si se alejaran cada vez más hasta hacerse pequeñas, como las hormigas…

Tanya Tynjälä. Escritora peruana de ciencia ficción y fantasía. Se dedica a la
docencia. Ha publicado con NORMA “La ciudad de los nictálopes”,
“Cuentos de la princesa Malva” Y “Lectora de sueños”, además con Micrópolis “Sum”, colección de micro relatos y poemas. Es editora para el idioma español del equipo deblogs de “Amazing Stories”. Ha sido galardonada con premios literarios como el “Francisco Garzón Céspedes” en 2007.

ESPAÑA
FRANCESC BARRIO
LOS QUE ACECHAN
Abre los ojos. Le rodea la más absoluta oscuridad. Parpadea varias veces. Un opaco manto tenebroso lo envuelve en un abrazo invisible. Nada. Todo. Negro. Estoy. Solo.
Un proceso fugaz pero eterno. Se le eriza el vello de la nuca. Su corazón se acelera, un hormigueo le recorre las articulaciones. Siente que le falta el aire.
Está de pie, en medio de algún lugar. Presiente la proximidad de lo cercano. La cabeza le da vueltas, se tambalea todo su ser. Extiende los brazos esperando descubrir algo familiar. Latidos desbocados, el corazón a punto de estallar. Su respiración cada vez más rápida, más intensa. El yo se le escapa, difuminándose en la oscuridad que le rodea.
Su mente se embala, pretende huir de su cabeza, hacia algún lugar más seguro. Necesita gritar, un alarido mudo y desesperado. De repente, recuerda. Se acostó. Sonámbulo. Un paseo nocturno. Seguramente se encuentre en medio del comedor. Un paso tímido le acerca al contacto esponjoso de un sofá. Se calma, se orienta, se acerca a una pared y acciona un interruptor.
Y, precisamente, en ese mismo instante en que se hace la luz, todos los seres que habitan las sombras, aquellos que acechan en la oscuridad, se retiran para volver a sus madrigueras.

Francesc Barrio: Nació el 1968 en Santa Coloma de Gramanet, ciudad cercana a Barcelona (España). Ha sido editor de juegos de rol, redactor de revistas de juegos, editor de contenidos freelance para un estudio de diseño y, tardíamente, ha descubierto su vocación de escritor. Ha recibido algunas menciones, ha quedado finalista en unos cuantos concursos y ha publicado sus relatos en unas cuantas revistas y antologías. Es colaborador del Portal Ciencia y Ficción y de la revista Catarsi. https://noencuentroellitio.wordpress.com/

PERU
ADRIANA ALARCO  – DANIEL SALVO – BETO BENZA
EL RUMOR

Eulogia vive en Huancavelica, cerca de las minas de carbón. Escucha rumores cuando nadie oye nada. Quizás existen sólo en su mente. Es una joven creativa porque inventa personajes que le conversan y la alejan de su propia soledad.  Una vez percibió aterrada el fragor del tren que se acercaba con furia y eso la hizo saltar del lecho pensando que iba a ser aplastada. Escucha manadas y enjambres dentro de su cabeza, y vive escabulléndose de su propia vida.
Dado que no hay psiquiatras por donde vive, Eulogia no ha recibido tratamiento ni consejo alguno. Y con el transcurso de los años, la intensidad de los rumores que escucha dentro de su cabeza se ha incrementado. Una vez la sorprendieron con un cuchillo en la mano, haciendo un ademán de llevárselo a la sien. "Quiero que salgan", dijo. "Para que se callen".
Los sonidos eran cada vez más incesantes. Un día sintió un temblor. El ruido sonó como una pisada que se acercaba y solamente atinó a taparse con las frazadas. Cada vez se escuchaban los pasos más fuertes y aparecían grietas en las paredes. El ruido sonó estruendosamente al acercarse. Y esa fue la última vez.

CUENTO COMPARTIDO
DANIEL SALVO (Perú, 1967). En 2002, inició la publicación del BLOG “Ciencia Ficción Perú”, con el propósito de apoyar la difusión del género y de autores peruanos. Ha publicado cuentos en diversos sitios web y también en publicaciones españolas, argentinas, peruanas y norteamericanas. Su cuento “El primer peruano en el espacio” fue incluido en la antología “The Apex Book of World SF 2", publicada en 2012 y luego fue publicado en libro con gran éxito.

ALBERTO BENZA GONZÁLEZ (Perú, 1972). Durante 2013, le otorgaron el premio al Microrrelatista del año en el hemiciclo Raúl Porras Barrenechea. Algunos de sus microrrelatos se encuentran antologados en ediciones diversas de Argentina, España, Francia, Italia, México y Puerto Rico. Actualmente mantiene una web dedicada a la minificción: http://micropolis.pe/

ADRIANA ALARCO: www.adrianaz.it

ARGENTINA – PERU
LUCIANO DOTI, PATRICIO G.BAZÁN Y ADRIANA ALARCO DE ZADRA
MAÑANA ANORMAL

Ricardo salió a correr como todos los días en una mañana normal. En medio de su recorrido habitual, una chica se cruzó con él y le dijo:
—Mejor no vayas hasta allá, porque está la policía y un montón de gente alrededor. Supongo que hubo un accidente o un asalto.
Ricardo agradeció el aviso y dudó acerca de tomar el consejo o no. Decidió hacer caso omiso a la advertencia. Aproximándose al lugar del incidente, las luces de los patrulleros lo atrajeron como un faro en la penumbra.
—Circulando, circulando… —un policía con cara de nada repetía aburrido la misma orden inútil. Mucho vecino en piyama y camisón interponiéndose entre su visión y aquél cuerpo inerte.
—Parece que le dio un infarto mientras corría… —opinó un típico transeúnte sabelotodo, que le observó detenidamente, tal vez para comprobar si le prestaba la debida atención.
Pudo acercarse lo suficiente como para observar al muerto: vestía ropas deportivas similares a la suya.
La cara ensangrentada no permitía verle los rasgos.
­−− ¡Es él! – gritaron varias personas señalándolo. La chica corredora se acercó:
−− Ellos saben quién eres…
−− ¿Cómo es eso?  ¿Yo qué tengo que ver?
−− Mucho.  Ellos saben que ahora tú también eres un fantasma como todos nosotros… ¿o no te habías dado cuenta?
Ricardo la miró incrédulo.  
−− ¿Te estás burlando de mí?
La corredora desapareció de su vista desvaneciéndose entre la muchedumbre.  Asustadísimo, se desmayó y falleció de infarto.

CUENTO COMPARTIDO

LUCIANO DOTI –*Luciano Doti (Buenos Aires, Arg.1977). He ganado 5 premios literarios. Habla inglés y esperanto.
*Breve relato escrito junto con dos escritores argentinos para el blog: Cuentos del Can Cerbero.

PATRICIO C.BAZAN Patricio G. Bazán (Argentina, 1965). Escritor e ilustrador. Autor de obras de ficción inéditas, entre las que se incluyen "Panoplia" (cuentos), la novela "El Tapado y el León", y varias obras de teatro. Participó en las antologias "Grageas 3" (2014) y "Cien Páginas de Amor" (2015).

ADRIANA ALARCO DE ZADRA:           www.adrianaz.it


Monday, 12 November 2018

BABELICUS EN ESPAÑOL Número 6



(Tarde con globos de Adriana Alarco de Zadra
Pintura acrilica)



BABELICUS EN ESPAÑOL

Número 6 - Setiembre 2018



Estimados amigos:

Les presentamos el sexto número de BABELICUS EN ESPAÑOL que forma parte del blog del amigo y escritor italiano Stefano Valente a quien agradecemos su apoyo y disponibilidad para con esta revista multicultural que se encuentra en:


Y también en la página de Facebook:

Babelicus (grupo abierto)

Para este número nos hemos escogido cuentos en español, de varios países de América Latina llenos de fantasía, humor y humor casi infantil. Deseamos que este proyecto siga creciendo, y ruego a los escritores de lengua española interesados en publicar en Babelicus, que envíen sus colaboraciones adjuntas en Word a la responsable de la edición en español de la revista virtual bianual: Adriana Alarco de Zadra:  alarcoadriana@gmail.com

Se publicarán los cuentos que cumplan los requisitos de brevedad, gramática, fantasía y respeto. Los autores no pierden sus derechos de autor.

Portada: Tarde con Globos

ADRIANA ALARCO DE ZADRA

Perú




JULIO GARCIA VENTUREYRA- ARGENTINA

LA URDIMBRE DE SATANÁS "

    ¡Maldita sea! ¡Una y mil veces la maldigo... sin cansarme de hacerlo!

    ¡Es tan grande el odio que siento por ella!

    ¿Por qué?

    Por haberme robado a mi papá. ¡Viejo tonto que se dejó convencer!

   ¿Por qué?

    Por anhelar los bienes que me corresponden y.… algo más, por ser frívola y soberbia conmigo.

    Son motivos por demás suficientes para lo que hice.

    ¡Tantas veces la maté!

    Con la pistola de un disparo certero al corazón; cuando la empujé por aquella escalera interminable y rodó hasta el final; o el día que estando desprevenida provoqué su caída desde la terraza de aquel alto edificio, donde con un grito se perdió en el vacío.

    ¡Qué placer intenso!

    Pero será superior ahora que estos sueños están a un paso de convertirse en realidad, y pocas horas faltan para ello.

    ¡Mamá querida! Tuviste que abandonarme...

    Irte para siempre cuando más te necesitaba, por culpa de esa cruel enfermedad. Papá después se sintió desconsolado y quiso reemplazarte casándose con esta intrusa que nada significa comparándola

con vos.

    ¡Si supieras que te estoy necesitando más que nunca!

    ¡Éramos buenas amigas! Podía confiar a ciegas en tus consejos.

    Haberte perdido siendo adolescente es un dolor difícil de llevar.

    Las cosas que tendría que decirte... ¿Te acordás de Ricardo, aquel flaco simpático que te quería cuando íbamos al secundario?

    Es mi novio desde hace tiempo, y también está en el plan para vengarte. Sí... juntos preparamos la trampa

para eliminarla mortalmente... ¡y lo hicimos para que nada falle!

    Ricardo -- a quien para convencerlo tuve que amenazar con dejar de tener relaciones y romper-- fue quien estableció el día que tendríamos el encuentro con aquel siniestro personaje que prefiero no recordar, ni volver a ver en mi vida; y por la suma que le di, se dispuso llevar a cabo el "trabajo". Sí, se comprometió para hacerlo rápido, fulminante. Apostándose en una terraza y esperándola llegar.

    ¡Por fin!

    ¡Terminar de una buena vez con esa mujer!

    Un áspero sonido la sacó de sus profundas cavilaciones en la penumbra del departamento. Recordó entonces que Luisa había quedado en venir a buscarla esa tarde.

    Le dijo por el contestador que bajaba; aferró una campera que estaba sobre un sillón, y pronto estuvo en la calle subiendo en el automóvil de su amiga.

    Cuando llegaron a un gran descampado, una verdadera multitud escuchaba al predicador.

    A Luisa le habían recomendado la presencia del orador en la ciudad; era la palabra de Jesús para Argentina, y movida por la curiosidad le pidió a Gabriela que la acompañara.

    -- Dijo Jesús: "Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos"

Mateo 18:20-- leyó el predicador en la Biblia, y agregó: -- Y donde hubo guerra que haya paz, donde hubo odio que haya amor...

    Gabriela comenzó a sentirse extraña en medio de la muchedumbre que aclamaba a Cristo, oía las prédicas y entonaba alabanzas.

    ¿Acaso...  se advertía una presencia especial inundando el lugar?  ¿Qué era realmente lo que le estaba sucediendo? No le dio importancia, tal vez no sería más que alguna sugestión o emoción momentánea.

¡Nadie de este mundo podría cambiar sus planes! ¡Absolutamente nadie!

    Cuando se fueron del lugar y mientras el auto andaba, no podía dejar de oír uno de los cánticos que había quedado dentro suyo. Era una hermosa melodía... y esa frase: "Donde hubo odio que haya amor", también seguía escuchándola.

    -- ¿Qué te sucede? --le preguntó Luisa que manejaba. -- ¿Te quedaste callada? ¿No te sentís bien?

    Gabriela se esforzaba por disimular, pero al no lograr contenerse estalló en sollozos.

    Luisa se sorprendió al verla, advirtiendo que algo raro le sucedía a su íntima amiga.

    Estacionó el vehículo en la misma avenida por la que circulaban, y atónita, escuchó la historia que entre llantos le relató su amiga que ya no soportaba su lucha interior.

    -- ¡Es un tremendo disparate! -- estalló Luisa al oír la confesión. -- ¿Tanto pudo cegarte el odio para maquinar algo así? ¿Te das cuenta?  ¿Querer eliminar a un ser humano porque no nos cae bien?

¿Matar...? ¿Hasta dónde llega la maldad? ¡Podría ser tu madre... o la mía!

    Gabriela continuaba sintiéndose muy mal.

    -- No sé si los milagros existen...-- siguió Luisa. -- Pero sí estoy convencida que Dios te puso su mano para que me lo hayas relatado y hasta puedas arrepentirte; no podemos perder ni un instante, hay una vida por medio que salvar... una preciosa vida como lo son para nuestro Creador. ¡Vamos...ya mismo! ¡Si es que todavía logramos llegar a tiempo!

    El auto partió veloz en una vertiginosa carrera contra el demonio.

    Cuando llegaron y descendieron, corrieron sin cesar por la soleada playa de estacionamiento; por la calle entre la gente, y cruzaron la avenida hasta llegar a un edificio horizontal.

    Un ascensor estaba en los pisos altos, el otro no funcionaba; subieron a un tercero más pequeño.    Ascendía con una lentitud que parecía querer burlarse de la ansiedad que sentían.    Por fin, llegó.

    Una puerta de madera daba a una larga galería de vidrio que siguieron tan apresuradas que Gabriela tropezó, cayendo.

    Luisa le extendió su mano, y una vez que se hubo levantado la mantuvo aferrada de ella mientras corrían.  Desembocaron a una terraza desierta.

    Miraron hacia distintos lados.

    En uno de sus ángulos, un hombre se aprestaba a preparar un arma de largo alcance.

    Desde este sitio se vislumbraban perfectamente los fondos de la casa del padre de Gabriela.

    -- ¡Eh... usted, oiga! -- le gritó Gabriela con desesperación.

    El hombre asustado, inmediatamente trató de esconder el arma.

    -- ¡Los planes han cambiado, no tiene que matar a nadie! -- siguió Gabriela. -- ¡Váyase...! ¡Váyase!

    Al recordarla, no pronunció palabra, guardó el arma, y desapareció rápidamente.

    Luisa y Gabriela suspiraron con alivio.

    -- Querido... estuvo tu hija. Es amorosa... me abrazó fuerte, y estaba como emocionada... hacía

tiempo que no la notaba así. Mañana salimos juntas a tomar el té y hacer algunas compras... ¡Y pensar que vos creías que no me quería...!

    -- ¡La nena! -- sonrió orgulloso a su esposa el padre de Gabriela que recién llegaba a la casa.

-- ¡Cuántas veces juzgamos mal a las personas premeditadamente y sin motivos; ¡pero yo... siempre supe que tiene un corazón de oro, por algo es hija mía!

Julio García Ventureyra nació en Argentina, donde reside en la actualidad en la ciudad de Bahía Blanca. Es autor de cuentos (publicados en revistas, suplementos literarios y diversos medios), novelas y guiones cinematográficos.



ADRIANA ALARCO DE ZADRA - PERÚ


TARDE CON GLOBOS


El día antes del cumpleaños, la casa estaba llena de gorros de cartulina y olía a gelatina de colores.  Rellené la piñata de muñequitos de latón, sapitos bullangueros y caramelos.  Inflar los globos me dejó sin respiración, por lo que conseguí un balón de gas helio para hacerlo rápidamente. 


         En medio del verano mi hija mayor ha cumplido cinco años y el Club del Carbón y del Hollín, nos prestó su jardín, para hacer allí la fiesta de cumpleaños. Mis hijas se veían como dos muñequitas con sus vestidos almidonados, sus zapatos lustrados y cintas en el cabello, pero   apenas llegamos, se ensuciaron de carbón y metieron la nariz en la torta de chocolate picante.

 Mientras les lavo la cara y las manos, comienzan a llegar los invitados.  Siete enanos terribles voltean sillas, jalan manteles, se cuelgan de los árboles y hay uno que otro con un chichón en la cabeza.  Soldaditos de plomo con uniformes brillantes marchan por el sendero empedrado. Aturdida, reparto los sombreros con gran éxito, hasta que los más grandes se los quitan a los más pequeños.

¡No me gusta este que parece una corona con espinas! ¡Yo quiero el rojo que tiene esa niña!

Al arrojar el sombrero de la discordia al suelo y saltarle encima con los pies, en medio de los alaridos estridentes, se escucha la voz del niño destructor:

No importa, ya no quiero el sombrero rojo porque está roto.

Ofuscada con la tarea de deshacer entuertos y limpiar mocos ajenos, lleno algunos globos gigantes con gas helio y los amarro a la rama de un árbol, mientras soldaditos de plomo marchan al compás por el sendero de piedra.

En esa tarde llena de sol, el jardín con sus árboles frondosos ampara la algarabía de los torbellinos. Los llamo a tomar el refresco y todos corren como diablillos a escoger el trozo de torta más grande sobre el plato más grande a pesar de que yo los veo todos del mismo tamaño.  No falta alguien que se lamenta:

A mí los sorbetes con flores de manzanilla no me gustan y las galletas de pétalos de rosa me hacen daño...

Veo asomar el hocico del lobo feroz detrás de un árbol, pero cuando pestañeo, ya ha desaparecido. Los trencitos bajo las campanillas se deslizan por los rieles en miniatura, chocan entre ellos, se desparraman en el jardín.

Mientras cantan cumpleaños feliz, mi hija mayor sopla sus cinco velitas, emocionada.  La menor no canta, ocupada como está en comer sola llenándose el vestido, el cabello y las orejas de gelatina de frambuesa y betarraga.

Algunos de los más traviesos desamarran los globos inflados con helio.  Veo que empiezan a flotar en el aire con la brisa de la tarde que los aleja sobre los árboles y techos de las casas.  Los contemplo asombrada.  No sé si sentir alivio o espanto pues el estupor me ha paralizado los sentimientos.   Sólo atino a hacerles adiós con la mano porque veo lo alegres que van donde los lleva el viento.  Me acaricio el vientre donde palpita otra vida.  Todavía sigue allí y no se ha ido volando. 

Todos corren y me crecen cinco manos para poder repartir los globos, frenéticamente.   Los trozos de torta terminan regados por el jardín y el alboroto forma un diseño variopinto, cuando los niños empiezan a levitar colgados de las esferas de colores.  Quisiera ser la bella durmiente y despertar después de la fiesta. Veo a dos traviesos que se balancean sobre las ramas de los árboles con sendas espinas de cacto reventando los globos de los más pequeños que caen al suelo. 

Apenas me acerco a levantarlos, angustiada, los terribles revienta - globos declaran con satisfacción:

         ¡Cómo nos estamos divirtiendo!

         Les entrego otros de formas diferentes y, como estaba previsto de antemano, al poco rato, ellos también vuelan por el aire y se alejan de la fiesta colgados de sus globos gigantes, gritando contentos...

         Luego, veo que algunos se avientan por el techo, dentro de las chimeneas del Club de la Mina y me aterro.  ¿Y si se quedan atrapados? ¿y si se caen y se hacen daño? ¿y si no salen por el otro lado? ¿y si se queman?

Pero al ver que aparecen por la puerta del jardín, llenos de hollín y de carbón, noto que están sucios, pero están enteros. Suspiro aliviado, con el corazón que late furiosamente, y los reúno para romper la piñata llena de sorpresas, caramelos de garabato y muñequitos. Cuando los más pequeños recogen sus pitos y sapitos bullangueros, escapan por el jardín felices de poder hacer ruido.  

         ¡Yo no quiero esta sorpresa!  ¡No me gusta!

         ¿Hubiera sido mejor llenar la piñata de manzanas?

Enseguida, los soldaditos ganan la batalla y marchan entre los guijarros tocando su tambor de hojalata; los sapitos saltarines se pierden entre la hojarasca y las maripositas de latón se deslizan leves entre las flores mientras los pequeñines corretean detrás.

Reparto globos con helio ensimismada por el ruido ensordecedor y los niños siguen desapareciendo en el aire hasta que casi no se ve a ninguno jugando alrededor.

Quedo demudada a ratos por las caídas, la agitación, los chillidos de susto y los sobresaltos, pero respiro profundamente y me convenzo de que no debo inquietarme. El jardín se envuelve en una vaga penumbra y comienzan a disminuir los últimos invitados llenos de hollín y gelatina.  Sus madres los buscan desesperadas con los ojos levantados, arriba, entre árboles y techos. 

¿Cuánto le ha costado la fiesta, con esos globos mágicos y esa torta tan grande?

¡Paciencia, señora mía, me ha costado mucha paciencia!

Se apagan los últimos clamores de la batalla campal en miniatura. Algunos padres persiguen a sus hijos por las calles para llevarlos a casa, pero ellos prefieren seguir columpiándose en el aire colgados de los globos, hasta que finalmente aterrizan en los techos, chimeneas y jardines.

Regreso jadeando, arrastrándome y abrazando a mis hijitas que duermen con una sonrisa en los labios. ¡Un día se irán por el mundo colgadas de sus globos de colores!  

Cierro los ojos y siento con inquietud que me patea la bebé que aún no ha nacido. ¡Debo pensar que ella también cumplirá cinco años algún día!   Me estremezco, con ese miedo ineludible que acompaña la libertad de procrear. Milagro de la vida. Después de una tarde agotadora, escucho en medio del silencio los latidos de otro ser flotando en mi interior.

Adriana Alarco de Zadra: www.adrianaz.it



FERNANDO SORRENTINO - ARGENTINA
FÁBULA EDIFICANTE

Éste era un mendigo muy honesto.
Un día golpeó a las puertas de una rica mansión. Salió el mayordomo y le preguntó:
 —¿Qué desea, buen hombre?
El mendigo respondió:
—Una limosnita, por amor de Dios.
—Voy a consultar con la señora.
El mayordomo consultó con la señora, y ésta, que era muy avara, le contestó:
—Jeremías, dele a ese buen hombre un pan. Sólo uno. Y, en lo posible, que sea de ayer.
Jeremías —que estaba secretamente enamorado de su ama— buscó, para complacerla, un pan viejo, duro como una piedra, y se lo entregó al mendigo.
—Toma, buen hombre —dijo, ahora tuteándolo.
—Que Dios se lo pague —respondió el mendigo.
Jeremías cerró el pesado portón de roble, y el mendigo se alejó con el pan bajo el brazo. Llegó al terreno baldío donde solía pasar los días y las noches. Se sentó a la sombra de un árbol y empezó a comer el pan. De pronto mordió algo duro y sintió cómo una de sus muelas se hacía pedazos. Cuál no sería su sorpresa cuando rescató, junto con los fragmentos de su muela, un fino anillo de oro, perlas y diamantes.
—Qué suerte —se dijo—. Lo venderé y tendré dinero por mucho tiempo.
Pero en seguida prevaleció su honestidad:
—No —agregó—. Buscaré a su dueño y se lo devolveré.
En el interior del anillo estaban grabadas las iniciales J. X. Ni corto ni perezoso, el mendigo se dirigió a un almacén y pidió la guía de teléfonos. Comprobó que, en todo el pueblo, sólo existía una familia cuyo apellido comenzase con X: la familia Xofaina.
Lleno de alborozo por poder llevar a la práctica su honradez, partió rumbo a la casa de la familia Xofaina. Grande fue su asombro al ver que se trataba de la misma rica mansión donde le habían dado el pan con el anillo. Golpeó a las puertas. Salió Jeremías y le preguntó:
—¿Qué desea, buen hombre?
El mendigo respondió:
—He encontrado este anillo dentro del pan que usted tuviera la bondad de darme hace un rato.
Jeremías tomó el anillo y dijo:
—Voy a consultar con la señora.
Consultó con la señora, y ésta, feliz y cantarina, exclamó:
—¡Afortunada de mí! ¡Hétenos aquí con el anillo que yo había perdido la semana pasada, mientras amasaba el pan! Éstas son mis iniciales, J. X., que corresponden a mi nombre y apellido: Josermina Xofaina.
Después de un instante de reflexión, añadió:
—Jeremías, ve y dale a ese buen hombre, como recompensa, lo que él quiera. Siempre que no sea muy caro.
Jeremías, tuteado por su ama, volvió a la puerta y díjole al mendigo, recayendo en el tuteo:
—Buen hombre, dime qué deseas como recompensa por tu buena acción.
El mendigo contestó:
—Sólo un pan para saciar mi hambre.
Jeremías —que seguía enamorado de su ama— buscó, para complacerla, un pan viejo, duro como una piedra, y se lo entregó al mendigo:
—Toma, buen hombre.
—Que Dios se lo pague.
Jeremías cerró el pesado portón de roble, y el mendigo se alejó con el pan bajo el brazo. Llegó al terreno baldío donde solía pasar los días y las noches. Se sentó a la sombra de un árbol y empezó a comer el pan. De pronto mordió algo duro y sintió cómo otra de sus muelas se hacía pedazos. Cuál no sería su sorpresa cuando rescató, junto con los fragmentos de esta su segunda muela rota, otro fino anillo de oro, perlas y diamantes.
Una vez más advirtió las iniciales J.X. Una vez más devolvió el anillo a Josermina Xofaina y recibió como recompensa un tercer pan duro, donde encontró un tercer anillo que volvió a devolver y por el cual obtuvo, en recompensa, un cuarto pan duro, donde...
Desde ese día venturoso hasta el infausto de su muerte, el mendigo vivió feliz y sin estrecheces económicas. Sólo debía devolver diariamente el anillo que encontraba dentro del pan.
Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires en 1942. Sus invenciones suelen entrelazar de manera sutil, y casi subrepticia, la realidad con la fantasía, de manera que no siempre es posible determinar dónde termina la primera y empieza la segunda. Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013) es su más reciente libro de cuentos.


MORENO TOMASSINI - ITALIA
LA FÁBULA DE GUENDALINA

Una anciana mujer pasea por la ciudad bajo una fuerte nevada. Los mejores años de su vida los ha pasado trabajando en la espesura, recogiendo setas y flores. Su hogar es el bosque. Mira a los transeúntes con recelo paseando por la calle principal, donde están las tiendas más bonitas de la ciudad. De hecho, ella se envuelve en un manto negro que llega hasta los pies, y su cara está tapada con un pañuelo. Muestra interés por las tiendas de ropa.

Se detiene a mirar un escaparate que muestra una moderna capa de color rojo. Ella la mira fijamente y parece atraída por la capa roja; cuando el jefe la ve y dice:

- Vete, anciana, esta capa no es para ti. - Ella no levanta la cabeza, ni pronuncia palabra y se mueve lentamente a lo largo de la carretera. Regresa poco después y una vendedora le pregunta:

- ¿Señora, busca alguna prenda?

 Ella responde: - ¿Podría entrar a la tienda y dar una mirada?

-Entra, entra no te quedes en la calle.

Al verla, el jefe murmura:

- ¿Qué hace esa vieja mujer en esta tienda?

Allí trabajan tres empleados los cuales se angustiaron por la arrogancia del jefe y por la indignación que sus palabras causaron en algunos clientes. La anciana se disculpó con el jefe y salió de la tienda.

Por la noche, al bajar las persianas de la tienda, la vendedora la ve en la calle y le pregunta:

- ¿Todavía está aquí en medio del frío y de la nieve?

-Yo nací en el frío, pero gracias por preguntar. Tú tienes un buen corazón.

-Vamos a dormir a mi casa, - le dijo Aurora. - ¿Cómo te llamas? 

-Guendalina, la reina del bosque. Te puedo hacer un regalo, ¿qué prefieres?  

Aurora no responde y sonríe, pero Guendalina sabe que está preocupada y sabe que las cosas no van bien en la tienda.  Pasan la noche juntas al calor del hogar. Por la mañana, al salir de casa, se escucha una fuerte sirena por las calles de la ciudad y con gran sorpresa de las dos mujeres la policía se detiene frente a la tienda. Por la puerta ven salir al jefe con las manos esposadas.

Pasan unos días y por decisión del tribunal se entrega la gestión de la empresa a las órdenes de Aurora.  Desde entonces, la tienda pareciera tener un vigor renovado. Fue y sigue siendo el espacio más acogedor en esa calle para todos los clientes, especialmente para las damas más ancianas de la ciudad.

Unos días más tarde, Guendalina, vestida con su manto negro y el pañuelo en la cabeza, se detiene a observar la vitrina. Solamente Aurora sabe quién es.

- ¿Viene usted por la capa roja, ¿verdad?

Ella responde: 

-No, Aurora, he venido a despedirme de ti, porque tú tienes un gran corazón por lo que la tienda te dará muchas satisfacciones y sé que serás siempre muy feliz.

Aurora prepara una taza de té muy caliente para Guendalina.

-Sólo unos minutos…- dice Aurora mientras atiende a unos clientes.

Después de beber, Guendalina sale de la tienda. Aurora asoma para llamarla, pero ve una luz brillante que la envuelve y, como por arte de magia, ¡desaparece ante sus ojos!

Moreno Tomassini 1953 Rovereto (Trento) Italia.

(Coordinador de proyectos para el desarrollo social en Centro América)



CARLOS MARIA FEDERICI - URUGUAY

DOS MICRO FICCIONES


DULCE DESQUITE

Medio siglo atrás, ella —un témpano bajo mis labios, una tabla entre mis brazos— hizo cenizas mi juventud. Y lo más humillante fue que mi rival, su preferido, insolente­men­te acaudalado, macizo, arrogante, casi cuadruplicaba sus diecinueve años. Pero a ella, según me dijo más de una vez, “le gus­taba” él más que yo, flaco, anodino, manso… ¡Un pobre diablo!

Para él se semidesnudaba, se prestaba —hasta cierto límite, claro— a sus caprichos eróticos. (¡A mí me lo había negado siempre todo!)

…Hoy, irónicamente, aunque no poseo la fortuna de él, los años me han dado su apa­­rien­cia. (Supongo que ahora sí “le gustaría” un poco.)

Pero ella —¡dulce desquite! — jamás recobrará aquella belleza que una vez la adornó.


HARTURA

Tras un sinnúmero de constantes y reiteradas perturbaciones de su sueño milenario, en 1937 el Gran Cthulhu consideró rebasado su límite de tolerancia.

—¡¿TE CALLARÁS POR FIN?! —rugió.

Sumiso, H. P. Lovecraft expiró.

* Carlos María Federici (3 de diciembre de 1941Montevideo) es un escritor, guionista y dibujante uruguayo, de ciencia ficción, policial y terror. Su obra literaria aparece en varias antologías de su país y del exterior. Se lo considera uno de los pioneros de la ciencia ficción y el relato policial en Uruguay.




TANYA TYNJÄLÄ - PERÚ

SIGNOS INEQUÍVOCOS DE UNA MUERTE CERCANA



La fila de hormigas caminaba llevándose el azúcar desde la cocina hacia el patio. No las maté. Mi abuela siempre decía que ese era un signo inequívoco de una muerte cercana. No pude evitar sentirme contento.

         No soy una mala persona, no ando deseando la muerte de cada persona que se me cruza en el camino haciéndome alguna perrada, pero todos tienen un límite y no soy Job.

         La madre de mi novia no me considera digno de su hija. Para ella soy solo un mediocre cajero de banco, sin el futuro grandioso que soñaba para su “princesa”. No oculta su desprecio hacia mí cada vez que tiene la ocasión. Pero está enferma, grave, todos los saben: Seguro es ella la que va a morir.

         Recuerdo la vez que me invitó a una reunión familiar, solo para humillarme invitando también a un “amigo de la familia” joven, guapo y ricachón. “¿Recuerdas, Anita? De pequeños decían que se casarían de grandes”, comentaba sonriendo. Poco importaba que mi novia lo le hiciera caso, ella insistía: “¿No es cierto que está muy guapo?  ¡Es el partido ideal, tiene su propia empresa!”. De nada valió el apoyo de mi Ana, pidiéndome que no le hiciera caso, la vieja me arruinó el día.

         Un perro aúlla a lo lejos: otro signo, la muerte está cerca. Sigo preparándome para ir al banco. Será un día largo y pesado, día de paga. Todos quieren cobrar su sueldo. Yo igual no dejaré de sonreír.  Es fácil ser amable cuando sabes que todos tus problemas desaparecerán de un solo golpe.

         Disfruto pensando en nuestro futuro, sé que no pudo ofrecerle mucho, pero lo que le daré, será de corazón. Si pudiera, le diría que no trabaje… pero eso es imposible con mi sueldo. Es otra de las críticas de su madre: “¡Pero si ni para mantenerla bien tienes! ¿Para qué te quieres casar?”. Y sigue quejándose de que su pobre hija tendrá que trabajar toda su vida y sigue y sigue…

         En el trabajo no puedo pensar en otra cosa, no me concentro, me equivoco varias veces al contar el dinero. No sonrío, estoy tenso, si el jefe se da cuenta… De pronto una campana nos sobresalta. Pensamos inmediatamente en una alarma. Una secretaria se ríe.

         —Fíjense, el despertador que me regaló mi hija para el día de la madre, ese que se malogró al segundo día y que guardo solo por cariño, ¡se puso a sonar de pronto! ¡Qué susto! ¿No?

         Sí, “que susto ¿no?” ¡Qué alegría digo yo! Tres signos al mismo tiempo. No pueden fallar.

         El banco cierra, salgo presuroso a la parada de autobús. Quiero llegar a casa lo más rápido posible. El ojo izquierdo me palpita: cuatro signos en un día. Debo parecer asombrado y triste cuando Ana me dé la noticia. Quiero…

         … No vi el camión, todo el cuerpo me duele. La gente que se mueve a mi alrededor…  escucho sus gritos de auxilio, también escucho aullar a un perro, mientras veo a las personas como si se alejaran cada vez más hasta hacerse pequeñas, como las hormigas…

Tanya Tynjälä. Escritora peruana de ciencia ficción y fantasía. Se dedica a la
docencia. Ha publicado con NORMA “La ciudad de los nictálopes”, “Cuentos de la princesa Malva” Y “Lectora de sueños”, además con Micrópolis “Sum”, colección de micro relatos y poemas. Es editora para el idioma español del equipo de blogs de “Amazing Stories”. Ha sido galardonada con premios literarios como el “Francisco Garzón Céspedes” en 2007.