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Wednesday, 19 March 2025

BABELICUS No 28

 

BABELICUS nº28

REVISTA LITERARIA EN ESPAÑOL. MARZO, 2025

ADMINISTRADORES:

ADRIANA ALARCO, ELENA ZADRA, STEFANO VALENTE, CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR



A nuestros fieles y amados lectores: Presentamos el número 28 de https://babelicus.blogspot.com/

Contiene relatos en español para entretener a la familia y dar a conocer escritores hispanos de varias latitudes. Ruego a otros escritores interesados en publicar en Babelicus (grupo abierto en Facebook sin fines de lucro) que envíen sus colaboraciones, preferiblemente de no más de 1000 palabras, adjuntas en Word, a los administradores de la edición en español de la revista virtual, al correo: babelicus2021@gmail.com, junto con una semblanza del autor de cinco líneas. Quienes son publicados en la revista, luego de un escrutinio, no pierden sus derechos de autor. La revista es publicada en la página Babelicus de Facebook y se puede bajar del blog de Babelicus, indicado más arriba, donde se pueden encontrar todos los números de la revista.

 

Portada: Dama con Paraguas, óleo de Adriana Alarco de Zadra, marzo del 2025


 

ARGENTINA

ROLANDO MARTIÑÁ

HANS Y GRETA

 

Greta, “la de los ojos azules”, llegó como todas las tardes a su “estudio privado en espacio público”, como llamaba a esa mesa en el rincón, junto a la ventana, en el tradicional café de Belgrano. Como siempre, desplegó sus papeles y libretas, extrajo cuidadosamente un bolígrafo de entre los muchos que atesoraba, se calzó los lentes y se dispuso a iniciar su jornada literaria. Pero, como nunca, el simpático mozo que habitualmente la atendía, se demoró bastante en acercarse. Cuando lo hizo, y, ante la indicación “lo de siempre”, vaciló un tanto, se puso serio y sacando un papel del bolsillo dijo: “Hoy hay algo más…” Murmuró algo como “lo siento” y se retiró.

Greta desdobló el papel lentamente, y, con cierta aprensión, lo puso ante sus ojos… Su rostro se transformó entonces, musitó un “no”, cerró los ojos y, apretando su puño contra el pecho, pareció volar hacia algún otro lugar… O hacia otro tiempo, el tiempo en que en una tarde soleada de otoño conoció a Hans… Ella lo había visto pasar varias veces, paseando a su perrito por la vereda; a pesar de sus años, era un hombre apuesto, con un andar seguro y un gesto amable que hacían reparar en él. E iba siempre con unos auriculares, que no parecían hacer juego con la edad y lo mostraban un tanto ausente. Ella había escrito esa vez: “Un hombre… bello… nunca creí volver a decir esto… y con ese aire de estar en otro mundo que hace que una quiera ir a ver cómo es…”.

Una tarde particularmente fría de mayo, el hombre entró al bar. Se sentó en una mesa cercana, se sacó los audífonos y pidió un café mientras observaba alrededor. Greta sintió su vista en el perfil y no pudo evitar mirarlo, él sonrió, ella también y nada más.

Nada menos, en verdad, porque a partir de ahí, cada tarde, más o menos a la misma hora, Hans repetía el ritual. Hasta que una vez se acercó a ella, la saludó con cortesía y le preguntó si era escritora. Ella esbozó una sonrisa modesta y preguntó a su vez qué escuchaba. Mahler, dijo él. ¡Ah!, dijo ella, como quién dice “qué sofisticado”.

Ya no se separaron. Durante los meses más fríos del año, cada tarde, se encontraban allí y charlaban de muchas cosas, al abrigo de lluvias y vientos y del alboroto de las calles. Greta había escrito: “…nos hicimos un mundo aparte, él supo que yo era huérfana desde niña y que vivía con una acompañante en un pequeño departamento cercano. Yo supe que él era viudo, y había tenido dos hijas, una de las cuales lo visitaba cada tanto en el geriátrico. Y que ambos habíamos nacido en Alemania”.

Hubo días de euforia, en los que hasta fantasearon con casarse, con ceremonia y todo, quizá en la Iglesia del barrio que se conocía como “La Redonda”, y rieron con ganas al caer en la cuenta de que ella era judía. También hubo momentos de honda tristeza, en los que cada uno volvía sobre sus sombras y la tarde caía así. Pero el momento culminante fue cuando, divagando con lo del casamiento, repararon en un detalle de sus vidas que los estremeció: “… descubrimos que podríamos haber sido enemigos… Y más aún, ironías de la vida: él, que no era judío, había padecido un año en Dachau, y yo, que sí lo era, había quedado huérfana durante el bombardeo aliado a Dresde”.

Esa tarde fue una de las más intensas. Pasaron de la risa al llanto varias veces, ida y vuelta. Eso sí, siempre con decoro, sin escándalo, sin molestar a los demás, como los habían educado. Nadie que los hubiera observado, hubiera descubierto sus tremendas turbulencias interiores. Salvo, quizá, quien hubiera visto cuando él levantó la manga de su chaleco, arremangó su camisa y le mostró su antebrazo. Ella se tapó los ojos con la mano, agachó su cabeza y permanecieron en silencio el resto del tiempo.

Nunca más hablaron de eso. Ahora, Greta, con el pudor de siempre, miró al mozo que la observaba desde lejos y movió su cabeza varias veces en señal de gratitud. Luego, tomó su bolígrafo preferido, abrió uno de sus cuadernos y comenzó a escribir:

“Querido Hans: en este momento, prefiero recordar uno de los comentarios más amables que me hicieron en la vida. Fue cuando me dijiste que ya no traías los auriculares, porque preferías escucharme a mí, a mis relatos, a mis cuidadas palabras… Que eran como una caricia. Nosotros, querido Hans, invertimos la fórmula: la muerte nos separó, pero estábamos destinados a encontrarnos. Y convertimos nuestro invierno en una breve pero espléndida primavera. Un milagro de los que rara vez ocurren. Regocijémonos por eso y por poder despedirnos así. Hasta pronto”.

Greta, la de los ojos azules.

Luego, tras inclinarse y besar la página, guardó cuidadosamente sus cosas, se incorporó, abandonó el lugar y se fue, tranquila, por la vereda del sol.

“El amor es a veces un des(a)tino, a menudo un trabajo, por momentos un bálsamo. Pero siempre, siempre es un misterio”. (R.M).

 

*Rolando Martiñá. Escritor argentino, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Tiene publicados ocho libros de educación, dos de cuentos, una sola novela y su último libro de cuentos, que está disponible para la venta: “Cuentos de todos los amores. Visitá a Rolando Martiñá en Facebook: @rolando martiñá escritor. Escribile por wasap al +54 011 115 375 1313. O al correo librosdepapel2019@gmail.com y te lo enviamos dentro y fuera de Argentina.

 

ARGENTINA

FERNANDO SORRENTINO

LA BIBLIOTECA DE MABEL

 

1

Aquejado de cierta manía clasificatoria, desde adolescente me di a catalogar los libros de mi biblioteca.

En el momento de cursar el quinto año del secundario, ya contaba con una razonable —para mi edad— cantidad de volúmenes: me estaba acercando a los seiscientos.

Poseía un sello de goma con la siguiente leyenda:

Biblioteca de Fernando Sorrentino

Volumen n.º ______

Fecha de alta: ______

Apenas entraba un nuevo libro, le aplicaba el sello —con tinta siempre negra— en la primera página, lo numeraba correlativamente y consignaba —con tinta siempre azul— la fecha de adquisición. Luego, a imitación del antiguo catálogo de la Biblioteca Nacional, asentaba sus datos en una ficha de cartulina, que archivaba en orden alfabético.

Mis fuentes para adquirir información literaria eran los catálogos editoriales y el Pequeño Larousse Ilustrado. Un ejemplo cualquiera: en unas cuantas colecciones de diversas editoriales se hallaba Atala. René. El último abencerraje. Instigado por esa profusión y porque Chateaubriand parecía, en las páginas del Larousse, revestir mucha importancia, adquirí el libro en la edición de la Colección Austral, de Espasa-Calpe. A pesar de estas precauciones, esas tres historias me resultaron tan insoportables como evanescentes.

Como contrapartes de estos fracasos hubo rotundos éxitos: en la colección Robin Hood fui fascinado por David Copperfield y, en la Biblioteca Mundial Sopena, por Crimen y castigo.

En la acera de los números pares de la avenida Santa Fe, y poco antes de llegar a la calle Emilio Ravignani, se arrinconaba la Librería Muñoz: oscura, profunda, húmeda y mohosa, con pisos de listones de madera que crujían un poco. Su dueño era un español de unos sesenta años, muy serio y algo macilento.

Solía atenderme el único dependiente: joven, calvo, erróneo y sin mayor conocimiento de los libros que se le pedían ni de su ubicación. Se llamaba Horacio.

En el momento de esa tarde en que yo acababa de entrar en el local, Horacio se encontraba hurgueteando por diversos estantes, en busca de vaya a saber qué título. Según pude inferir, se lo había solicitado una chica, alta y flaca, que, mientras tanto, paseaba su mirada por la amplia mesa donde se exponían volúmenes de segunda mano.

Desde las honduras del comercio llegó la voz del propietario:

—¿Qué buscas ahora, Horacio…?

El adverbio ahora indicaba cierto mal humor.

—No encuentro Don Segundo Sombra, don Antonio. En los estantes de Emecé no está.

—Es libro de Losada, no de Emecé. Fíjate en el estante de la Contemporánea.

Cambió Horacio el lugar de sus búsquedas y, tras extensa exploración, se volvió hacia la muchacha y le dijo:

—No, lo siento, no queda ningún Don Segundo.

La chica se lamentó, dijo que lo necesitaba para el colegio, preguntó dónde podría conseguirlo.

Horacio, azorado ante un enigma insondable, abrió grandes los ojos y levantó las cejas.

Por suerte, don Antonio había oído la pregunta:

—Por aquí —contestó—, difícil. No hay buenas librerías. Tendrías que ir al centro, a El Ateneo, o a alguna otra de Florida o de Corrientes. O, si no, cerca de Cabildo y Juramento.

La decepción turbó el rostro de la muchacha.

—Disculpame que me meta —le dije—. Si me prometés tratarlo con cuidado y devolvérmelo, yo puedo prestarte Don Segundo Sombra.

Sentí que me ruborizaba, como si hubiera incurrido en una audacia inconcebible. Y, simultáneamente, experimenté disgusto contra mí mismo por haberme dejado llevar por un impulso que se oponía a mi verdadero sentir: amo a mis libros y aborrezco prestarlos.

No sé exactamente qué respondió la muchacha, pero —tras algunos remilgos— terminó por aceptar el ofrecimiento.

—Necesito leerlo en seguida para el colegio —dijo, como justificándose.

Luego supe que cursaba el tercer año en el colegio para mujeres de la calle Carranza. Le propuse que me acompañara hasta mi casa para entregarle el libro en cuestión. Le dije mi nombre y apellido, y ella me dio los suyos: Mabel Mogaburu.

Pero antes de ponernos en marcha cumplí con el objetivo que me había llevado a la Librería Muñoz: compré Los crímenes de la rue Morgue. Yo ya había leído las Historias extraordinarias y, encantado, decidí reincidir en las ficciones de Edgar Allan Poe.

—No me gusta nada —dijo Mabel—. Es truculento y efectista. Siempre con esas historias de asesinatos, de muertos, de ataúdes… No me atraen los cadáveres.

Mientras caminábamos por Carranza hacia la calle Costa Rica, Mabel habló, con entusiasmo y sinceridad, de su afición (o, más bien, pasión) por la literatura. En ese punto había honda afinidad conmigo, pero, desde luego, mencionaba autores convergentes y divergentes de nuestros respectivos amores literarios. Aunque yo le llevaba dos años de edad, me pareció que Mabel había leído una cantidad bastante mayor que la mía.

Era morena, más alta y más delgada que lo que me había parecido en la librería. La adornaba cierta elegancia difusa. El matiz aceitunado del rostro parecía atenuar alguna palidez más profunda. Los ojos oscuros se clavaban rectamente en los míos, y me costaba sostener la intensidad de esa mirada inmóvil.

Llegamos a la puerta de mi casa de la calle Costa Rica.

—Esperame en la vereda un minuto, que en seguida te traigo el libro.

Y, en efecto, lo encontré al instante, pues, por una cuestión de homogeneidad, tenía (y sigo teniendo) los libros agrupados por colección. De manera que Don Segundo Sombra (Biblioteca Contemporánea, Editorial Losada) se hallaba entre La metamorfosis de Kafka y El candor del padre Brown de Chesterton.

Al volver a la calle, advertí —aunque nada conozco de ropas— que Mabel vestía de una manera, digamos, algo anticuada, con blusa grisácea y pollera negra.

—Como ves —le dije—, este libro está flamante, como si lo hubiera comprado hace un segundo en la librería de don Antonio. Por favor, cuidalo, forralo, no dobles las páginas como señalador y, sobre todo, no se te ocurra escribir una sola coma en él.

Tomó el libro —largas y bellas manos— con lo que me pareció cierto respeto burlón. El volumen, con su anaranjado impecable, parecía recién salido de la imprenta. Lo hojeó un poco.

—Pero veo que vos sí escribís en el libro —dijo.

—Por supuesto, pero lo hago con lápiz, con letra pequeña y muy prolija: son notas y observaciones útiles para enriquecer mi lectura. Además —agregué, un poco irritado—, el libro es mío y le doy el uso que me da la gana.

En seguida me arrepentí del desplante, pues vi mortificación en el rostro de Mabel.

—Bueno —dijo—, si no confiás en mí, prefiero que no me lo prestes.

Y me lo extendió.

—No, no. De ninguna manera. Simplemente, cuidalo: confío en tu prudencia.

—Oh —miraba la primera página—. ¿Tenés catalogados los libros…?

Y leyó en voz alta, sin ánimo jocoso:

—“Biblioteca de Fernando Sorrentino. Volumen número 232. Fecha de alta: 23/04/1957”.

—Así es: lo compré cuando estaba en segundo año. Lo pidió el profesor para trabajarlo en las clases de castellano.

—Los pocos cuentos de Güiraldes que he leído me parecieron bastante malos… Por eso nunca se me ocurrió comprar Don Segundo.

—Yo creo que te va a gustar: al menos no hay ataúdes ni casas malditas ni enterrados vivos… ¿Cuándo calculás que me lo devolverías?

—Antes de quince días lo tenés de vuelta, tan esplendoroso —subrayó— como me lo das ahora. Y, para que te quedes tranquilo, voy a anotarte mi dirección y mi teléfono.

—No hace falta —dije, por decoro.

De la cartera extrajo un bolígrafo y un cuaderno escolar, y escribió algo en la última página; la arrancó y yo la acepté. Para más seguridad, también le di mi número de teléfono.

—Bueno, en fin… Muy agradecida. Me voy a casa.

Me estrechó la mano (en esa época no se estilaban los besos de ahora) y se alejó hacia la esquina de Bonpland.

Me quedé con alguna inquietud. ¿No habría cometido un error al prestar un libro querido a una persona de la que nada sabía…? Los datos que me había brindado ¿no serían apócrifos…?

La hoja del cuaderno era cuadriculada; la tinta, verde. Busqué en la guía telefónica el apellido Mogaburu. Suspiré con alivio: un tal Mogaburu, Honorio figuraba en el domicilio anotado por Mabel.

Entre La metamorfosis y El candor del padre Brown coloqué una ficha con esta leyenda: Falta Don Segundo Sombra, prestado a Mabel Mogaburu el día martes 7 de junio de 1960. Prometió devolverlo, como última fecha, el miércoles 22 de junio. Y, debajo, agregué su dirección y su teléfono.

Luego, en la página de mi agenda correspondiente al 22 de junio, escribí: Mabel. ¡Ojo! Don Segundo.

 

2

Corrió esa semana y también se deslizó la siguiente. Desarrollé las actividades habituales —en general, no deseadas— de un alumno que cursaba el último año de la segunda enseñanza.

Estábamos en la tarde del jueves 23. Como suele ocurrirme hasta el día de hoy, hago anotaciones en mi agenda y luego olvido leerlas. Mabel no me había llamado para devolverme el libro o, si fuera el caso, para solicitarme una prórroga del préstamo.

Marqué el número de Honorio Mogaburu. Del otro lado de la línea, la campanilla sonó hasta diez veces sin que nadie atendiera. Corté y volví a llamar, muchas veces y a distintas horas, con el mismo resultado infructuoso.

El proceso se repitió el atardecer del viernes.

El sábado a la mañana me dirigí a la casa de Mabel, en la calle Arévalo, entre Guatemala y Paraguay.

Antes de tocar el timbre, observé la casa desde la acera de enfrente. Típica construcción de Palermo Viejo: puerta en el medio de la fachada y una ventana a cada lado. Por una de ellas se veía luz: ¿estaría en esa habitación Mabel, entregada a la lectura…?

Abrió la puerta un hombre alto y moreno, al que imaginé abuelo de Mabel:

—¿Qué deseaba…?

—Disculpe. ¿Esta es la casa de Mabel Mogaburu?

—Sí, pero ella ahora no está. Yo soy el papá. ¿Para qué la necesitaba? ¿Es algo urgente?

—No, no es urgente ni demasiado importante. Es que yo le había prestado un libro y…, en fin, ahora lo necesitaría para… —busqué alguna causa plausible— …un examen que tengo el lunes en el colegio.

—Entre, por favor.

Tras un breve zaguán surgió una salita que me pareció pobre y antigua. Flotaba cierto olor desagradable, como de salsa de tomates fría mezclado con vapores de insecticida. Sobre una mesita estaba desplegado el diario La Prensa y había un ejemplar de la revista Mecánica Popular.

El hombre se movía con extrema lentitud. Era bastante parecido a Mabel, con su semblante aceitunado y sus ojos de mirada dura.

—¿Qué libro le prestó usted a Mabel?

—Don Segundo Sombra.

—Vayamos a la pieza de Mabel, a ver si lo encontramos.

Sentí un poco de vergüenza por incomodar a ese hombre mayor que juzgué infortunado y que vivía en una casa tan triste.

—No se moleste —le dije—. Puedo volver otro día, cuando esté Mabel. No hay apuro.

—Pero ¿no me dijo que el libro le hace falta para el lunes…?

Tenía razón. Preferí no agregar nada.

Cubría la cama de Mabel una colcha bordó, con cierto brillo atenuado.

—Estos son los libros de Mabel —me llevó hasta una diminuta biblioteca de solamente tres estantes—. Vea si está el que busca.

No creo que hubiese ni siquiera cien volúmenes. Abundaban los de la Editorial Tor, entre los que reconocí —porque también yo tenía esa edición del año 1944— El fantasma de la Ópera, con su tremebunda ilustración de tapa. E identifiqué otros títulos comunes, siempre de ediciones bastante antiguas.

Pero Don Segundo no se hallaba allí.

—Yo lo hice pasar para que se quedara tranquilo —dijo el hombre—. Pero Mabel hace muchos años que no trae libros a esta biblioteca. Ya habrá visto que estos son bastante viejos, ¿no?

—Sí, me extrañó un poco que no hubiera libros más recientes…

—Si está de acuerdo y si tiene tiempo y ganas —me clavó su mirada y me hizo bajar la mía—, ahora mismo le damos punto final a este asunto. Vayamos a buscar su libro a la biblioteca de Mabel.

Se colocó anteojos y agitó un llavero.

—En mi auto llegamos en menos de diez minutos.

El auto era un DeSoto, negro y enorme, imagino que modelo 46 o 47. En su interior me recibió un tufo de encierro y de tabaco viejo.

Mogaburu dio la vuelta a la manzana y tomó Dorrego. Pronto estuvimos en Lacroze, en Corrientes, en Guzmán, y entramos en las calles interiores del cementerio de la Chacarita.

Descendimos y echamos a andar por esos senderos adoquinados. Mi bendita o maldita curiosidad literaria me impulsaba a seguirlo, sin preguntas, ahora por la zona de las bóvedas. En una en cuyo frontispicio se leía MOGABURU abrió con una llave la puerta de hierro negro.

—Venga —me dijo—, no tenga miedo.

Aunque yo no deseaba hacerlo, obedecí, pues me molestó su alusión a mi presunto miedo. Entré en la bóveda y bajé una escalerita metálica. Había dos ataúdes.

—En este cajón —el hombre señaló el del catre inferior— descansa María Rosa, mi mujer, que murió el mismo día en que Frondizi asumía la presidencia.

Con los nudillos dio unos golpecitos en la tapa.

—Y este otro pertenece a mi hija Mabel. Murió, la pobrecita, tan joven. Sólo tenía quince años cuando se la llevó Dios, en mayo de 1945. El mes pasado se cumplieron quince años de su muerte: ahora tendría treinta.

Se inclinó un poco sobre el ataúd y sonrió, como quien comparte una confidencia amable:

—La injusta muerte no logró apartarla de su gran pasión: la literatura. Continuó, incansablemente, leyendo libro tras libro. ¿Ve? Aquí está la otra biblioteca de Mabel, más completa y actualizada que la que está en casa.

En efecto, una pared de la bóveda estaba cubierta, desde el suelo hasta el techo, por centenares de libros, casi todos —por falta de espacio, deduje— horizontales y en doble fila.

—Ella, como es muy metódica, fue llenando los estantes desde arriba hacia abajo, y de izquierda a derecha. Por lo tanto, su libro, como es de préstamo reciente, debe estar en el estante a medio llenar de la derecha.

Una fuerza desconocida me llevó al anaquel señalado. Allí estaba mi Don Segundo.

—En general —continuó Mogaburu—, no se han presentado demasiadas personas a reclamar los libros prestados. Se ve que usted los quiere mucho.

Yo tenía la mirada fija en la primera página de Don Segundo. Una enorme equis verde tachaba mi sello y mi anotación. Debajo, con el mismo color y cuidadosa letra de imprenta, se leían tres líneas:

 

Biblioteca de Mabel Mogaburu

Volumen 5328

7 de junio de 1960

“Hija de puta”, pensé. “Y tanto que le recomendé que no fuera a escribir ni una coma”.

—Bueno, en fin, así son las cosas —decía el papá—. ¿Va a llevarse el libro o lo deja en donación para la biblioteca de Mabel?

Con rabia y con gesto hosco, repliqué:

—Por supuesto que me lo voy a llevar. No me gusta desprenderme de mis libros.

—Hace bien —contestó, mientras subíamos la escalera—. De cualquier manera, a Mabel le será muy fácil conseguir en seguida otro ejemplar.

 

 

 

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires en la primavera de 1942. Sus más recientes libros de cuentos son El crimen de san Alberto (Buenos Aires, Editorial Losada), El centro de la telaraña (Buenos Aires, Editorial Longseller), ambos del año 2008, Paraguas, supersticiones y cocodrilos (Veracruz, Instituto Literario de Veracruz, 2013), Problema resuelto / Problem gelöst (2014), edición bilingüe español/alemán (Düsseldorf, Düsseldorf University Press, 2014) y Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (Madrid, Apache Libros, 2015).

 

ARGENTINA

LUIS DUARTE

EL BARCO

 

Ya alejados de la euforia de gritos y llantos y forcejeos, aliviados por haber alcanzado ese único bote salvavidas, y mientras el viejo barco se hundía en medio del océano, nueve hombres y una mujer se aferraban cada uno a su alma. Ninguno había formado parte de la tripulación. Aduciendo creer profundamente en los valores de la democracia, un tipo con pinta de director de empresa propuso votar para que alguien asumiera el mando. Otro, parecido a Woody Allen, se levantó, haciendo equilibrio se acomodó los anteojos, chasqueó la lengua y dijo que en ese caso la democracia servía tanto como una botella vacía en el desierto.

—Señores —agregó—, disiento. No debe tomar el mando el más votado, sino el mejor, el más capacitado. Propongo que cada uno de nosotros cuente qué tipo de conocimiento tiene sobre las inclemencias del océano. Así entre todos podremos elegir al capitán que nos lleve a tierra firme.

La diminuta mujer, que, acurrucada en el piso, ni se había movido desde que pisó el bote, levantó la mano. De a uno, fueron girando para observarla.

—Caballeros, mi nombre es Aurora. Comprendan una cosa. —Se levantó apenas, se unió al asiento de los demás, y ahí se inclinó hasta poder estrujar el agua de su pelo afuera del bote—. Comparto la idea de que alguien debe comandar, pero no importa si tiene o no conocimientos previos, sino que creamos en lo que nos proponga.

—Ah —dijo Woody—, entonces asumo que usted está de acuerdo conmigo.

—La salida no está en el más votado, ni en el más capacitado. En este caso todo eso es inútil. La salida está en quien sea capaz de convencernos de su propuesta. Y hacia allí iremos todos juntos. ¿Qué me dicen?

—Que estás demente —vociferó uno de los que remaba—. ¿Qué conocimiento tenés vos para venir a plantear semejante boludez?

—Si no se toma la medida acertada, morirán en pocos minutos. Y si logran continuar con vida, la sed los matará en días... o el hambre en semanas. Pero si aun así tenemos la dicha de permanecer respirando dentro de este bote, moriremos de la peor forma posible, de miedo.

Quienes remaban habían dejado de hacerlo. Solo el agua rebotando.

—¿De dónde sacó usted esas pavadas, mujer? —dijo uno, ya entrando en el anochecer.

—Sepan esto —dijo ella con voz conciliadora—. Sobrevivir depende de tres factores: conocimiento, equipo y entrenamiento. Y como verán… no contamos con nada de eso. Miren a su alrededor, el tiempo se ha detenido. Sientan, huelan, perciban el arrullo del agua. Y disfruten, señores, disfruten, estamos dentro del gran útero del planeta. ¿Vieron que los dramas aparecen por alimentar ilusiones en los periodos de abundancia? En este bote se comparte un mismo destino. Si no lo ven así, solo nos queda naufragar. ¿Por qué me miran de esa manera?

—Pero… —dijo el director de empresa—. ¿Y si el elegido se equivoca? ¿Y si nos hundimos por sus malas decisiones?

Woody asintió en apoyo.

—Si se equivoca —dijo ella—, no pasa nada, moriremos sin más. Que…, visto y considerando, es nuestro destino probable. Para salvarse es imperioso estar convencidos de lograrlo. Y yo lo estoy, sé cómo hacerlo, se los aseguro.

—A ver —la cortó Woody—, cuál sería su propuesta. Largue de una vez.

—Debemos leer las señales que brindan las estrellas, el sol y la luna. —Miró a los ojos a cada uno—. Si están de acuerdo, yo seré la capitana.

Y ahí estaban todos: los hombres mirándose, el vaivén del oleaje, el silencio, un resignado menear de cabezas.

Finalmente aceptaron la propuesta de aquella mujer, que de inmediato, con una férrea voz de mando, expresó:

—Es por allá, por el oeste. —Aurora señaló una gota del firmamento. Y le obedecieron.

Cuando uno, tras largas horas de naufragio, gritó ¡Tierra, Tierra!, Aurora les agradeció por haber creído en ella, se refrescó la nuca con agua del océano y desapareció. La diminuta mujer volvió a acuclillarse en el suelo del bote donde permaneció justificada. De sus labios germinó una sonrisa.

 

Luis Duarte, escritor argentino, nacido en Lanús, provincia de Buenos Aires, en enero de 1969. Estudió periodismo y fue conductor del programa “Mano y contramano”, en FM La Tribu 88.7 mhz. Actualmente conduce su propio programa de radio “El Quijote En el parque”. El cuento que compartimos pertenece al libro “Latigazos del azar”. Sus otros libros son los siguientes: “La herradura de Freud”, 2013. “Fósforos gemelos”, 2014. “Latigazos del azar”, 2016. “Los guantes de Zaratustra”, 2018. “Rombos”, 2022. “Lagartijas”, último libro publicado en abril de 2024. ¿Cómo contactar al autor? Spotify: Luis Duarte. Youtube: Luis Duarte escritor. Facebook: Luis Duarte. Fan page de Facebook: Luis Duarte escritor. Correo: luisenriqueduarte@hotmail.com o por WhatsApp al -54011 53751313.

 

 

PERÚ

CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR

LECTURA EN EL AÑO 2053

 

¡Es maravilloso! Al fin puedo leer un cuento: «El dinosaurio» de Augusto Monterroso. Tiene nueve palabras, incluyendo el título. Estoy leyendo una por semana. Lo terminaré para Año Nuevo.

 

Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Codirige la revista El Muqui. Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010), El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019) y El viaje positrónico (2022, en colaboración). Correo electrónico: fanzineelhorla@gmail.com

 



BABELICUS No 27

 

BABELICUS nº27

REVISTA LITERARIA EN ESPAÑOL - DICIEMBRE, 2024

ADMINISTRADORES: ADRIANA ALARCO, ELENA ZADRA, STEFANO VALENTE, CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR



A nuestros fieles y amados lectores:  Presentamos el número 27 de https://babelicus.blogspot.com/  

Contiene relatos en español para entretener a la familia y dar a conocer escritores hispanos de varias latitudes. Ruego a otros escritores interesados en publicar en Babelicus (grupo abierto en Facebook sin fines de lucro) que envíen sus colaboraciones, preferiblemente de no más de 1000 palabras, adjuntas en Word, a los administradores de la edición en español de la revista virtual, al correo: babelicus2021@gmail.com, junto con una semblanza del autor de cinco líneas. Quienes son publicados en la revista, luego de un escrutinio, no pierden sus derechos de autor. La revista es publicada en la página Babelicus de Facebook y se puede bajar del blog de Babelicus, indicado más arriba, donde se pueden encontrar todos los números de la revista.

 

Portada: Vendimia, óleo de Adriana Alarco de Zadra

 ARGENTINA

ROLANDO MARTIÑÁ

PALABRA DE ABUELO

 

                Ayer me pasó algo divertido y por eso se los voy a contar. Yo estaba haciendo los deberes en la mesa del patio, bastante apurado porque me esperaban los chicos para jugar a la pelota en la vereda. Cada tanto le daba un sorbo a mi Toddy y subía un poco la radio para ver cómo iba “Tarzanito”. En eso, mi mamá me llamó desde la cocina donde ya había empezado a preparar la cena y me dijo que tenía que ir a la verdulería de Don José a buscar una “verdurita” para el caldo. Yo protesté un poco, pero no mucho, porque, si no, no me dejaban salir a jugar, así que le dije que terminaba unas cuentas y después iba.

                Así fue: tomé unas monedas, las apreté en mi mano derecha y salí disparando por el patio hacia la puerta de calle. Pero ahí, en el escalón, tomando el fresco como todas las tardes estaba mi abuelo Mingo, y casi me lo llevé por delante. Él era medio chinchudo de por sí, pero ahí se puso más, y empezó a rezongar, y me preguntó a dónde iba tan apurado. Yo, casi sin parar, le dije que iba a comprar verdurita, pero él, que era medio sordo, entendió “figuritas” y protestó más todavía, porque decía que ya había comprado ayer, que qué era eso de ir a cada rato al quiosco.

                Yo me largué a reír, pero seguí de largo hacia lo de Don José. Al volver con la verdurita, le conté a mi mamá lo que había pasado con el abuelo y ella se rio mucho, y también mis tías que andaban por ahí. Y como me parece un lindo tema libre de composición, se los cuento acá.

                ¿Qué les parece? Palabras más, palabras menos, esta fue mi primera “obra literaria”. Cuando la leyó también la maestra, se rio mucho y me pidió que fuera a mostrársela a la directora, la cual me llenó de elogios, y creo que fueron los primeros “quince minutos de fama” de mi vida. Pero quizá fueron algo más. Quizá fueron el principio de un puente tendido entre mi amor a la educación y mi amor a las palabras, quizá fueron el germen de una vocación, quizá fueron los primeros signos de la existencia en mí de un don que no debía desperdiciar: elegir bien las palabras e influir con ellas a los demás. Y, si fuera posible, con ternura y humor.

                Creo haber recibido el legado. Creo haber sido digno de aquel abuelo Mingo, aquel italiano analfabeto, pero músico y cantor, que había sobrellevado en su remota aldea italiana una infancia seguramente más dura que la mía, pero que me había transmitido, casi sin darse cuenta, sus propios dones. Y creo seguir cumpliendo en pasarlo a mis hijos y contemplar con júbilo cómo ellos lo pasan a los suyos, los nietos de este nieto agradecido, que cada vez que, como ahora, escribe algo o les cuenta un cuento, o simplemente tararea un aria de la Traviata, le rinde un homenaje al inefable abuelo Mingo, y también a tantos que, como él, se desvivieron para que pudiéramos vivir. Les juro que lo hago cada vez.

 

Rolando Martiñá, escritor argentino, docente, psicoterapeuta y escritor. Tiene publicados ocho libros de educación, tres de cuentos, una sola novela y su último libro digital “Los hijos del viento. Una historia de héroes, islas y princesas”. Podés conseguirlos escribiendo a librosdepapel2019@gmail.com En Instagram: @librerialibrosdepapel.

 

URUGUAY

CARLOS MARIA FEDERICI

¡GUAPO Y PORFIADO, EL HOMBRE!

 

LOS CUENTOS QUE SE LE OLVIDARON A LANDRISCINA: ¡GUAPO Y PORFIADO, EL HOMBRE!...

Don Luis, eximio cuentista,

se contó los mil y uno,

pero se le quedó alguno

fuera de esa larga lista.

Lo que don Luis no contó, tradición chaqueña.

(Se recomienda leerlo imaginándoselo relatado por el inimitable Don Luis).

 

Pa’ hombre porfiado, el paisano Aparicio. Y no solamente eso, no. Siempre quería tener “la última palabra” y, sobre todo, “no perder cara” en ninguna circunstancia.

Con decirle, mire, que cuando no tuvo más remedio que ir a la ciudad por unos trámites de su campito, de entrada encontró problemas. Claro, él estaba acostumbrado “al descampa’o”, como él decía; todo raso, ¿vio? Y en la ciudad se olvidó de los cordones de las veredas, y, claro, se “trompezó” con uno y se fue de cara al suelo.

Se hizo flor de corte en la frente, y lo llevaron al hospital, y ahí el enfermero que lo atendía se apiadó de su condición:

—¡Pero mire el agujero que se hizo, hombre! ¡Hay que mirar dónde se pone el pie!

Y él, medio tapado por los vendajes y medio dormido por los calmantes, todavía tuvo arrestos para “guapiar”:

—¡Zí..., pero ujté no vio la rajadura que le hize a la “vedera”!

Lo peor, sin embargo, fue lo que le pasó el día que fue al banco a retirar unos pesos.

De repente entraron tres encapuchados, con medias negras en la cabeza, tremendos revólveres y una “recortada”, y empezaron a gritar:

—¡Al suelo todo el mundo! ¡Esto es un asalto!

¡Pah!... Ahí fue el desparramo de la gente, que gritos por acá, que llantos por allá, y todos se tiraron al piso. Menos Aparicio, que, porfiado como buen paisano, se quedó paradito ahí en el medio del tumulto, diciendo:

—¡Yo no me tiro nada! ¡No lej tengo miedo a ezoz!

Uno de los que tenía al lado, en el suelo, le tiró del pantalón, susurrándole, muerto de miedo:

—¡Tírese, don, que lo matan! ¡Son capaces de todo!...

—¡Bah! ¡Me lleg’ a tocar alguno y ze va ’repentir! ¡No me tiro nada!

Lo vio el de la “recortada” y se le vino al humo:

—¿Qué tenés en las orejas? ¡Al suelo, dije! ¡Vamos, o…!

—¿O qué? ¡Tocame y te vaj a ’repentir!

Y ya le mandaron flor de culatazo con la “recortada”, que era bien dura, y ahí quedó el pobre Aparicio, despatarrado entre el montón.

En pocos minutos salieron disparando los asaltantes, y entonces el que estaba junto a Aparicio trató de reanimarlo, todo condolido:

—¡Pero, mi amigo! ¡Mire cómo me lo dejaron!... ¿Vio? ¡Yo le avisé!

Y Aparicio, más muerto que vivo por el golpazo, pero siempre porfiado, contestó:

—¡Ja! ¡Ze salvó porque no me tocó! ¡Que zi no…!

 

Carlos María Federici (Montevideo, Uruguay, 1941). Escritor profesional desde 1961. Publicaciones en revistas nacionales, americanas y europeas. Traducido a varias lenguas. Participé en antologías internacionales y tengo 13 libros publicados, siendo algunos de estas segundas ediciones de distintas editoriales (10 títulos originales). Se me otorgaron diversos premios en certámenes nacionales e internacionales.

 

ARGENTINA

FERNANDO SORRENTINO

ESTIMADO DON PABLO: ¿USTED PODRÍA EXPLICARNOS…?

 

Pablo Neruda escribió, entre otros muchos, el extenso poema “Alturas de Machu Picchu”, dividido en doce partes.  Yo logré leer la primera:

 

Del aire al aire, como una red vacía,

iba yo entre las calles y la atmósfera, llegando y despidiendo,

en el advenimiento del otoño la moneda extendida

de las hojas, y entre la primavera y las espigas,

lo que el más grande amor, como dentro de un guante

que cae, nos entrega como una larga luna.

(Días de fulgor vivo en la intemperie

de los cuerpos: aceros convertidos

al silencio del ácido:

noches desdichadas hasta la última harina:

estambres agredidos de la patria nupcial.)

Alguien que me esperó entre los violines

encontró un mundo como una torre enterrada

hundiendo su espiral más abajo de todas

las hojas de color de ronco azufre:

más abajo, en el oro de la geología,

como una espada envuelta en meteoros,

hundí la mano turbulenta y dulce

en lo más genital de lo terrestre.

Puse la frente entre las olas profundas,

descendí como gota entre la paz sulfúrica,

y, como un ciego, regresé al jazmín

de la gastada primavera humana.

2. Seré sincero. El hecho es que me hallaba segurísimo de que yo era, al menos, medianamente inteligente.

Pero el texto del poeta chileno estuvo en un tris de pulverizar la saludable autoestima de que continúo gozando hasta el día de hoy.

¿Por qué? Me hinco de rodillas y, con lágrimas en los ojos, urbi et orbi me confieso: el hecho es que no logro entender absolutamente nada del texto pergeñado por el Premio Nobel 1971.

Doy por sentado, probado, acreditado, certificado y homologado por autoridad competente que no sólo esta primera parte sino también todo el poema constituye un conjunto de admirables excelsitudes líricas. Sin embargo, como carezco de vocación, de capacidad y de paciencia para descifrar jeroglíficos, me abstengo de emprender tal misión –para mí– imposible.

Eso sí, me tomo la libertad de preguntarme si el mismísimo Pablo Neruda habría podido explicarnos qué nos quiso decir. Tal vez el triunfo habría coronado su cometido; tal vez habría fracasado en el intento…

 

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires en la primavera de 1942. Sus más recientes libros de cuentos son El crimen de san Alberto (Buenos Aires, Editorial Losada), El centro de la telaraña (Buenos Aires, Editorial Longseller), ambos del año 2008, Paraguas, supersticiones y cocodrilos (Veracruz, Instituto Literario de Veracruz, 2013), Problema resuelto / Problem gelöst (2014), edición bilingüe español/alemán (Düsseldorf, Düsseldorf University Press, 2014) y Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (Madrid, Apache Libros, 2015).

 

ARGENTINA

LUIS DUARTE

LAGO EN EL CIELO

 

1

Los mocasines de Alejandro retumban en el largo pasillo del subte. A medida que avanza, la melodía de un saxo lo agiganta sin saber por qué, como la revelación de un simple deseo sumergido.

Cientos de personas indiferentes apuran el paso mientras ella, con los ojos cerrados, toca; espalda y talón besan la curva de la pared.

Alejandro se detiene: parece el peor ejemplar del mejor taxidermista. Sus sentidos son presa de un suave aturdimiento, y su ritmo cardíaco es un ciempiés elefante saltando sobre su cuarto chacra.

Ella termina el tema, abre los ojos.

Él aprecia cómo esa mueca de eternidad se aleja. Entre silencios, sus miradas conectan en los bordes de una ignota dimensión somática.

Aplaude. Debajo de su capa de estupor yace un hilo de pensamiento. Toda ella es un hecho artístico: boina jamaiquina, grueso collar de almejas azules, remera blanca con Bob Marley estampado, calzas verde loro, chatitas.

—Qué natural lo hacés —dice él secándose los ojos—. Te felicito. Es como si estuvieras hablando.

—Gracias… no hay que sufrir para tocarlo.

—¿Cómo te llamás?

—Astrid.

—Encantado, Alejandro.

—Gracias, señor. —Ella levanta el saxo.

—Esperá, esperá. —La voz le sale nerviosa—. Quiero invit… Quizás esto te parezca una locura. Mañana vuelo a Montevideo por trabajo y vuelvo en el día. ¿Te animás a tocar en las nubes?

Astrid se encoge de hombros. Luego dice:

—Vea, señor, yo jamás pasé de mi terraza en Lanús.

—Perfecto, te dejo mi tarjeta. Nada, por si me querés googlear. Nos vemos mañana, ¿sí? Acá mismo, ¿te parece? Bien temprano, a las ocho. Sólo te pido un favor: si no venís, avísame. La ilusión es veneno.

Astrid sonríe, se muerde el labio, mira el piso. Y toca un par de tonos sueltos.

—Pero, disculpe. Apenas lo conozco..., Alejandro.

—Astrid, el miedo no suma, siempre multiplica.

2

Alejandro aumenta la potencia del Cessna manteniendo el eje de la pista hasta alcanzar 300 pies. Guarda los flaps, reduce potencia. Sigue en ascenso. En los 500 pies, la avioneta se nivela, y él reduce a potencia crucero. Ya en recto y nivelado, compensa. Es una mañana ventosa, sin embargo, la avioneta vuela estable. Mientras, Astrid teje la melodía de una nueva conciencia que se esparce por cada rincón de la nave y se cuela en cada orificio. El tiempo no tiene opciones: transpira o sangra. La razón es un oso de peluche en un basurero.

Danzan las luces en la cabina. Los graves se intensifican, el vuelo rompe las nubes. Él mira la presión de los controles y percibe la suya. Astrid pone a respirar el saxo. Para lograr ciertos estados es necesario que la piel desconfíe de su memoria.

El Cessna sube en línea recta girando como un trompo. Los dos gritan. Las alas atraviesan el solfeo donde el ángulo de ataque es excesivo. Ella se aferra al saxo, sopla con fuerza. Cuando supone que están cerca del sol, Alejandro corta contacto con la torre de control. Apaga los motores. En ese segundo se respira distinto, es la música, es la convicción. Almas de un ojo que se miran entre sí.

Caen en picada en la zona del delta.

Alejandro levanta los brazos, dice que aterrizar es pecado. Ella toca, toca más, expulsa los años. Saben que han abandonado el cielo: ahora el suelo es más grande.

Termina el tema. Se miran con ojos reencarnados. Antes de que la nariz del jet se estrelle contra el agua, Alejandro la levanta. Callados, dan un par de vueltas. Él le dice que ahí abajo está el lomo del tigre, y ella sonríe.

Aterrizan.

En la parada del 60, se abrazan. Astrid sube y se sienta del lado de la ventanilla. La abre.

—Gracias —le dice a él que está abajo— me encantó. Otro día yo te invito a mi tren que hace Pueyrredón-Congreso de Tucumán. Pero…, es bajo tierra.

3

Alejandro activa la alarma del auto, entra en su casa.

Le es imposible abstraerse del olor a azafrán esparcido por el living y de las imágenes de los tres fugados de un penal de máxima seguridad que muestra la tele. Baja el volumen.

Oye a sus nenes jugar al Poliladron en la planta alta.

Aparece Corbata, y se para en dos patas sobre su pecho. Cuando intenta acariciarlo, el perro se baja, lo huele por todos lados. Le extraña que no le mueva la cola, como siempre. Finalmente, el perro se echa debajo de la mesa y lo mira fijo, muy fijo.

El sonido del saxo sigue en su hipotálamo.

Saco y corbata vuelan con fastidio al sofá.

Al darse vuelta, su mujer le da un beso, lo abraza con fuerza. Le dice que se lave las manos, que la comida está lista. Después, se asoma por la escalera y repite el pedido a los chicos.

La mujer les sirve a los nenes que no pueden sacar la vista de la tele, donde ahora hay dibujitos. A él le pregunta pata o muslo, mi amor. Se sirve ella y se sienta.

Antes de que Alejandro mastique el primer bocado, le pregunta:

—¿Y… al final fuiste a ver a tu hija?

 

Luis Duarte, escritor argentino, nacido en Lanús, prov. De Buenos Aires, en enero de 1969. Estudió periodismo y fue conductor del programa “Mano y contramano”, en FM La Tribu 88.7 mhz. Actualmente conduce su propio programa de radio “El Quijote En el parque”. El cuento que compartimos pertenece al libro “LaPtigazos del azar”. Sus otros libros son los siguientes: “La herradura de Freud”, 2013. “Fósforos gemelos”, 2014. “Latigazos del azar”, 2016. “Los guantes de Zaratustra”, 2018. “Rombos”, 2022. “Lagartijas”, último libro publicado en abril de 2024. Correo electrónico: Librosdepapel2019@gmail.com.

 

ARGENTINA

ISABEL HERNÁNDEZ

EL PAÍS DEL SILENCIO

 

Siendo muy niña, conocí el melancólico folklore del exilio y aprendí a escuchar verdades relativas enredadas en mentiras soberbias.

De la mano de mi madre, vi a mi padre cruzar la frontera sin mirar atrás, arrastrándose lento, con la pereza de un lagarto. Sospechaba que se iba para siempre, pero aún no sabía que dejaba atrás una tierra sin vida, sin aliento.

Más tarde, también cruzamos nosotras.

Lejos de la peste represora, de las legendarias juventudes militantes, lejos del país que no se puede olvidar, aprendí que el exilio es silencio. Sólo unas pocas voces fueron capaces de destruirlo, de quebrar el eco de los teatros de operaciones, de las masacres, del aullido de los campos de tortura, las pesadillas del sometimiento y la humillación.

Yo también rompí el silencio, muchos años después. Volví a Chile sola, con el corazón desbocado y sin imaginar que seguiría tragando fango en otro largo exilio interior.

Sólo me quedaba mi abuelo. Él vivía al sur de Santiago y yo lo visitaba muy a menudo. Había superado la barrera de los ochenta y los años habían conseguido convertirlo en un fantasma de sí mismo. Estaba lúcido, aunque yo sabía que su memoria desgastada pronto iba a morir. También sabía que entre nosotros había una profunda cercanía, una gran complicidad que ninguno de los dos se permitía admitir. Al menos era lo que yo creía.

Una tarde crucé el umbral de aquella casa familiar, los postigos estaban cerrados y el último tronco había muerto bajo las cenizas. Un silencio sombrío extendía su dominio. Fui hacia el único dormitorio habitado y allí estaba el viejo en su cama, muy cerca ya de su final. Lloraba silenciosamente, con la timidez de alguien que rara vez ha llorado en su vida.

Sus ojos habían perdido la luz. Su voz era seca, monótona. Movía los dedos con gracia persuasiva, como entregando a las palabras la forma convincente que no alcanzaba darles al pronunciarlas. Me señaló un mueble desvencijado y puso en mis manos una llave que sacó de entre sus almohadas.

—La caja verde.

Hizo una pausa y me clavó los ojos.

Durante lo poco que recuerdo de mi infancia en mi país, ese dormitorio era mi lugar preferido. Allí había escuchado muchas historias de esas que se mezclan y se olvidan. Historias que flotan en la bruma, vuelan con el viento o viajan a través de los años desfiguradas por el filo de las repeticiones. Pero detrás de esos cuentos de familia feliz, se escondía una cierta amargura que con el paso del tiempo había aumentado. Yo lo percibía sin entenderlo, porque el viejo era parco, ensimismado, aunque lo hostigara con un enjambre de preguntas. 

¿Cómo imaginar que ese ser tan querido, a quien sólo creía culparme de pecados irrelevantes, había construido una vida de ficción para esconderse? ¿Cómo entender que era parte del infierno, de la más silenciosa, grisácea y deprimente camada de miserables?

Abrí la caja.

Tenía en mis manos unas insignias que me quemaban los dedos.

Pensé en el sentido de toda esa basura y al principio me pareció trivial. Eran piochas con el nombre de mi abuelo, colleras, placas de un comando de fuerzas especiales, medallas militares, condecoraciones y todos los putísimos emblemas pinochetistas.

Hubo otro silencio. La voz del viejo se engrosó por la emoción.  

—Nadie lo sabía, nadie lo supo nunca. Yo sólo era un civil.

Lo interrogué con la mirada.

—Fuimos muchos los del comando. 

Se enturbiaba su voz entrecortada. Me asustaron sus palabras.

—Ahora dicen que los marxistas no eran delincuentes. Sí que lo eran.

Una hebra de saliva roía la comisura de sus labios. Era un cadáver prematuro, con una piel tan pálida que no llegaba a ocultar la sombra violácea de sus venas.

 

—Yo ya no quería más muertes, te lo juro, hijita. Los mandos me obligaron.

Tiritaba. Era una golondrina herida que al final del otoño sólo espera resignada el frío que inevitablemente la matará.

—Después vino el pacto de silencio.

Su corazón se descontrolaba. Había un arrastrar de piedras por su garganta, era el ronquido de la muerte.

—Me obligaron. Yo ya no quería más, ya estaba viejo… Pero me entrenaron bien y ellos sabían que yo lo hacía bien. Sabía reducir sin asco a los comunistas. Así era.  

Una mueca estúpida le deformó la cara.

—Ellos humillaban a la patria. Y al General querían verlo muerto.

Enarcó las cejas y sonrió.

—Primero el deber, segundo el deber, y tercero, que el deber quedara bien cumplido. —Puso los ojos en blanco.

—Nunca busqué honores, nunca. Y ahora busco tu perdón, ya no el de Dios.

En esas últimas palabras sentí el miedo o algo peor: el asco. La señal, la marca de su casta. ¿Qué hacer con la infamia? ¿Qué hacer con la confesión del que muere sobre unos cojines mudos, aplastado por el llanto amargo del remordimiento?

Ese querido viejo era un delincuente, un asesino de inocentes. Era el padre de mi padre, era un cobarde, un traidor. Se puede amar a un criminal, pero ese amor estará siempre enredado en la culpa, la propia y la ajena. Y desde el día después del funeral, volví a callar y a exiliarme para siempre en el país del silencio.

        

Isabel Hernández nació en Rosario, Argentina. Es antropóloga y narradora. Vive en Santiago de Chile. Ha publicado y recibido premios literarios internacionales en México, España, Colombia, USA, Argentina y Chile. www.isabelhernandezescritora.blogspot.com

 

PERÚ

CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR

DESPERTAR CALMO

 

Cuando desperté, el dinosaurio ya no estaba allí: había retornado al otro lado del espejo.

 

Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Codirige la revista El Muqui. Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010), El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019) y El viaje positrónico (2022, en colaboración).

 

PERÚ

ALEJANDRO MAURTUA

MINI POLICIA

 

Mi nombre es Alejandro, tengo una hermana pequeña de nombre Isabella. Desde que nació me convertí en un mini policía en mi vida.

Ella es mi prioridad.  La estoy siempre cuidando para que ella esté segura.

Por ejemplo, me aseguro siempre que, cuando patina en su scooter, tenga su casco bien puesto.

También estoy chequeando que cuando cruza la calle esté atenta y también le enseño a ser amable con las personas. En mi colegio soy el vigilante y estoy detrás de todos para que se cuiden y estén seguros. Chequeo también el jardín del colegio para que esté limpio y que todos los alumnos se porten correctamente.

Con mis habilidades creo que puedo llevar a mi comunidad a un mejor nivel de seguridad.

Ser un mini policía es muy importante y tiene uno muchas responsabilidades para poder lograr que el lugar adonde vives sea mejor y más seguro para todos.

 

Alejandro Maurtua es peruano y vive en Lima. Cursa estudios en el quinto año en su Colegio.  Babelicus le da la bienvenida a este escritor en ciernes, que viene de familia de reconocidos periodistas.