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Wednesday, 1 June 2022

BABELICUS No 18

 

Babelicus n° 18


REVISTA LITERARIA EN ESPAÑOL –   Mayo, 2022

ADMINISTRADORES: ADRIANA ALARCO, STEFANO VALENTE, CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR, ELENA ZADRA

 

Estimados amigos lectores: 

Les presentamos el número 18 de BABELICUS EN ESPAÑOL, https://babelicus.blogspot.com/  HYPERLINK "https://www.facebook.com/Babelicus/" 

con relatos de América Latina y España, con el fin de entretener y darles a conocer nuestros escritores de habla hispana.

Ruego a los autores de lengua española interesados en publicar en Babelicus, (grupo abierto en Facebook) que envíen sus colaboraciones, preferiblemente de no más de 1000 palabras, adjuntas en Word, a los administradores de la edición en español de la revista virtual, al correo: babelicus2021@gmail.com, junto con una semblanza del autor de cinco líneas.

Los escritores no pierden sus derechos de autor. Quien desee comentar sobre sus relatos preferidos lo puede hacer en la página de Babelicus en Facebook. Pueden encontrar los números anteriores en el blog de Babelicus.

 

Adriana Alarco de Zadra

 

Portada: Kiev, 2022, óleo de Adriana Alarco de Zadra.

 

 

MEXICO

SONIA ARRAZOLO

ABANDONO

 

Esta mañana me siento muy emocionada, aspiro con fuerza una y otra vez, el olor a nuevo que despide mi vestido. ¿Y el peinado? admirable, incluye adornos a la última moda al igual que mis zapatillas, que no solo lucen hermosas, sino que estoy segura, serán también muy durables, apropiadas para nuestro clima.

Mi ánimo va en aumento a medida que pasan las horas, hasta mi llegan todos los aromas de mi alrededor, el perfume del pasto húmedo recién cortado, el olor especiado y frutal de los jazmines, mientras a mi espalda percibo la esencia característica del limón, y la dulzura de la naranja, y por la frescura que siento desde ahí, agradezco no solo su fragancia, sino la sombra que protege esa parte mía, de los fuertes rayos del sol.

Hoy me siento muy feliz porque, aunque me encanta escuchar los ruidos característicos de las noches, cuando ya el barullo en banquetas y calles es mínimo, cuando los murmullos cercanos a mí se apagan, y el estruendo de los vehículos, rodando hacia sus destinos se termina, de un momento a otro, mi interior será decorado como corresponde. ¡Qué emoción!, mis días ya no serán tan largos y tediosos con los nuevos sonidos que complementarán mi interior.

¡Ya los instalaron! ¡Los escucho muy bien!

Me encanta el matiz que adicionaron al tono de la voz joven, siempre mesurado, no como el sonido que proviene del masculino joven, se advierte como fastidiado, aburrido incluso, y por alguna razón, quizás de ajuste durante la instalación, cuando se escucha ocasionalmente el tono del masculino mayor, oigo algo parecido a un chirrido.

¿La última señal instalada? ¡Maravillosa! Además, gracias a ella, la fragancia proveniente de mis espaldas se percibe todavía mejor, cuando se le escucha exclamar con entonación muy feliz:

─ ¡Hoy hice agua de limón! ¡Hoy hice agua de naranja!

Confío en que durante los años transcurridos hasta hoy mi presencia haya sido advertida también como algo agradable, que ese instinto de protección que me caracteriza no haya sido considerado como un exceso sofocante, que los haya hecho desear, huir de mi interior.

Durante los últimos años, me esforcé tanto en mí rol protector, que hasta hoy, y después de muchas primaveras, me percato qué por alguna razón desconocida sigo usando la misma vestimenta, y entonces se apodera de mi un sentimiento de añoranza, recordando aquellos hermosos colores usados no hace mucho, el olor de esos vestidos nuevos, sobre todo extraño la admiración de los vecinos, eso que me hacía sentir muy feliz.

También he empezado a notar la ausencia del tono fastidiado, y la música estridente que siempre lo acompañaba, ambos ruidos han sido remplazados por una música suave, la cual me provee mucha tranquilidad. Debido a esa conexión interrumpida, he podido volver a escuchar con claridad, los sonidos que llegan acompañando a la noche.

Mi preocupación sigue creciendo, me siento muy inquieta por el desequilibrio que percibo entre mi interior y exterior. Después de muchas primaveras, sigo usando el mismo vestido, el último que estrené era color rosa, el cual, y debido a la humedad, ahora luce de un color desvaído, incluso tiene un olor desagradable. Los vecinos ya no se detienen a mi lado, inclusive perdí ya parte de los adornos de mi peinado, debido a la furia de la última tormenta.

Pero, a pesar de cómo me vea, lo que más me angustia ahora, es que ya no alcanzo a escuchar tampoco la música suave, además, los antes fuertes sonidos en forma de gruñidos apenas son audibles, y uno de mis tonos preferidos, por su dulzura, es ahora solo susurros casi inaudibles.

Este invierno ha sido muy difícil para mí, debido a que la parte baja de mi vestido rosa se ha rasgado, sobre todo la parte del frente, que es con la que me protegía de los fuertes vientos y la fría lluvia invernal.

Los huesos empiezan a dolerme, debido a la humedad absorbida por la falta de la vestimenta adecuada, la admiración que solía despertar en los vecinos, ha sido remplazada por expresiones de tristeza y nostalgia, y puesto que ya también perdí las grandes bolsas que adornaban la parte frontal y trasera de mi vestimenta, puedo escuchar con mayor claridad sus comentarios, cuando pasan a mi lado en forma rápida, ya sin detenerse.

─ ¿Te acuerdas de ella?, me encantaban los adornos en su parte alta.

─A mí los colores con que la vestían. ¿Y el aroma que emanaba a todo su alrededor? Llegaba hasta nuestra casa, sobre todo en los días húmedos.

─Sí, pero desde que mur…

El viento gélido me hace temblar, la fuerza de la fría lluvia ha terminado de destruir mi vestimenta, dejando muchas partes de mi cuerpo al descubierto, las piernas ya no me sostienen como antes, debido a que he perdido una de mis zapatillas. Cuando intento erguirme, tratando de mantener mi dignidad, me da terror el sonido de mis huesos, temiendo que terminen de quebrarse.

Mi deseo de estrenar un vestido y portar nuevos adornos ya quedó en el olvido, lo único que me preocupa ahora es perder la segunda zapatilla, sin ella será imposible resistir hasta la siguiente primavera

 

Sonia Arrazolo Reyna (Tamaulipas, 1956). Escritora y actual representante legal del grupo del cual es fundadora, APAD AC, Asistencia y Protección para Animales. Publicaciones: Saga: La casa de abril. BENITO, un guau por ti y todos tus amigos (2019) y NICOLASA (2021) GOTITAS de amor para nuestro corazón (2020). Otras colaboraciones publicadas en Chile, México, Colombia, Venezuela y Argentina.

 

ESPAÑA

DOMINGO ALBERTO MARTÍNEZ

POR UNA CABEZA

 

Por una cabeza

de un noble potrillo

que justo en la raya

afloja al llegar,

y que al regresar

parece decir:

«No olvidés, hermano,

vos sabés, no hay que jugar».

                         Carlos Gardel

 

Don Cornelio Manso del Sotillo, sobrino del marqués de Feria y Loscorrales, condestable del Porco, tesorero de la muy noble orden de San Lamberto de Zaragoza y señor de la Virgen de Estercuel, alcalde de minas, a la sazón, de la villa imperial de Potosí y, por más señas, recién casado, era un viejo crápula y disoluto, un perturbado, estragado tras años y años de libertinaje sin freno. El muy gentil caballero, a sus setenta y tantas primaveras –«la flor de la edad, ciertamente», solía decir Su Ilustrísima con una sonrisa de iguana–, había decidido sentar cabeza ante los ojos de Dios y lo más granado de la sociedad virreinal, esto es, banqueros, racioneros, capellanes, capitanes generales, muy ilustres alguaciles de la Real Audiencia de Charcas; allí estaban los infanzones, los hijosdalgo, los cristianos viejos con sus valonas blancas y sus jubones negros, y, en los primeros bancos, las alegres cortesanas, ricamente enjaezadas, con sus collares de perlas y sus brocados de Flandes. Para celebrar el enlace, don Cornelio escogió la suntuosidad plateresca de la catedral de Santa Onerosa y, como oficiante, al padre Angeliño Espírito, gallego y franciscano, reputado de santo en toda la provincia por levitar entre pulgada y pulgada y media justo al consagrar la hostia.

La agraciada, pobrecita, era apenas una niña, novicia del convento de la Inmaculada, recién salida de las faldas de las monjas. Don Cornelio había pagado su peso en oro. Y como quien se da el capricho de una yegua cordobesa quiere desde el primer momento hacer uso de la misma, y lucir su gracia y su donaire, y montarla, y trotar y aun cabalgar a todas horas, así quiso él hacer uso y aun abuso de sus derechos conyugales. El viejo era un libertino, lo había sido toda la vida, y cubría a la muchacha como si él fuera un bigardo y ella, la pobre, pobrecita, una tierna beguina. La insultaba, la abofeteaba, le reprochaba su beatería, su falta de gracia, la llamaba china, loba, zamba prieta, la humillaba cada noche para diversión de los criados más indiscretos, que escuchaban junto a la puerta o agazapados entre los arcones. Le desgarraba el corpiño con los tentáculos de los dedos y, a mordiscos, con los cuatro tocones de los dientes, le cosía los pechitos blancos y el botón de los pezones.

La muchacha, doña Catalina, lloraba sin consuelo. Lloraba y sollozaba, mientras su marido resoplaba como un fuelle. Lo hizo durante meses, hasta que ya no pudo soportarlo; y un día, corriendo, huyendo sin aliento, perdida en un laberinto de histeria y pasadizos, acabó por dar con las caballerizas. Allí conoció a Juanillo, el mozo de cuadras –un efebo mestizo, de piel cobriza, con los ojos grandes, negros como ascuas–, que también la conoció a ella.

El arrabal minero despertaba con el alba. Todos los días, a la incierta luz del amanecer, cientos de hombrecillos, los llamados mitayos, iban asomando de sus madrigueras. Éste bostezaba, aquél se persignaba, el de más allá se acuclillaba y comenzaba a hacer fuerza. Luego unos y otros se dejaban ir, lentamente, entumecidos por el sueño todavía. Indios, cholos, moriscos, criollos, mulatos huesudos, de mirada huidiza, que chapaleteaban en el barro y no dejaban de avanzar. El viento soplaba del norte, a ráfagas. Era un aire brusco, sucio de polvo. Se les enroscaba en los brazos, entre las piernas, los zarandeaba con fuerza nada más salir de casa; y, sin embargo, ninguno se detenía, a pesar del cansancio y del frío, y de la losa del hambre, que les hacía encogerse y blasfemar a cada paso en media docena de lenguas distintas. Caminaban en fila de a uno o bien en pequeños grupos, hombro con hombro, igual que una recua de mulas. Dejaban atrás el poblado, aquel apretujamiento de rancherías, de cabañas y zahúrdas, y atacaban sin demasiado entusiasmo las primeras rampas del cerro.

El Cerro Rico descollaba poderoso y tranquilo, dominando el altiplano como una atalaya en el corazón de los Andes. Por su aspecto árido y terroso, por su tamaño y aquella marabunta de mineros que día tras día encharcaba sus laderas, que subía y bajaba y era engullida por los sumideros de las bocaminas, hacía pensar en un termitero humano. Más de un siglo había pasado desde que los españoles lo abordaran con sus picos y sus ansias de riqueza. En todo este tiempo, sus entrañas otrora de piedra y plata maciza se habían ido transformando golpe tras golpe en un amasijo de galerías y resquebrajaduras. Encrucijadas, bifurcaciones, pozos ciegos, socavones. Los mineros se afanaban, se arrastraban, trepaban a pulso, se descolgaban como arañas por las grietas más peligrosas. Cientos, miles de hombres topo, tan sucios de polvo y mugre que en lugar de carne y hueso parecían hechos de barro. Resonaban los gritos, los golpes de las barretas, y ellos picaban, picaban, picaban, cercados por la oscuridad, entre la confusión y el ruido. Picaban durante diez o doce horas, a veces durante todo el día –un día entero, sepultados bajo tierra– si por cualquier motivo doblaban turno. Escarbaban en las paredes con cien aparejos distintos, todos primitivos, la mayoría de ellos comido por la herrumbre. Alguno incluso lo hacía con las uñas, a mano desnuda, porque era tan pobre que no podía permitirse ni siquiera una rasqueta. Llenaban los costales hasta los bordes, se los cargaban a modo de zurrón y emprendían el viaje de regreso. Y rezaban, ¡vaya si lo hacían!, como hubiera rezado el más incrédulo entre los hombres de haber estado en su pellejo. Rezaban porque el camino era largo y el aire les quemaba como un trago de aguardiente. Rezaban porque los cestos, cargados de mineral, no bajaban de las siete arrobas, porque jadeaban como perros en verano y los travesaños de las escaleras chirriaban de humedad sólo con poner la vista encima. Rezaban, sobre todo, para no tropezar. Porque sudaban, y el sudor les irritaba los ojos, pero les faltaban manos para frotárselos, sujetando el cesto a la espalda, apoyándose en las paredes, rezando para que la vela que llevaban atada a la frente no se apagara, justo entonces. Por eso rezaban, para no tropezar, a pesar de las tinieblas; para no resbalar y escurrirse por una brecha y rebotar entre las rocas y reventar, igual que una sandía, al estrellarse contra el suelo.

También Juanillo rezaba. Pensaba y pensaba, se devanaba los sesos y no podía creer la mala suerte que tenía. La humedad bajo tierra era una argolla que le apretaba el cuello. Levantaba el pico sobre los hombros y casi enseguida comenzaba a sudar; a los pocos minutos, el calor se volvía insoportable. El muchacho arremetía contra la roca. Golpe tras golpe, la galería se iba convirtiendo en una nube de polvo, de tierra, partículas de azufre, arsénico, plomo. Picaba, picaba, el polvo le arañaba bajo los párpados. Picaba, jadeaba, los ojos le ardían; intentaba respirar, pero se sofocaba. Tosía y escupía, y tenía que buscar una chimenea que trajese un poco de aire fresco del exterior para no caer redondo al suelo. Entonces pensaba en doña Catalina, cada vez que se le nublaba la cabeza. Los habían descubierto una noche, un mozo de espuelas, en las caballerizas de don Cornelio. Desde aquel momento su vida se había convertido en el vestíbulo del infierno. El Cerro Rico era un lugar hostil e inhumano. En el poco tiempo que llevaba cumpliendo condena, había visto a viejos cargados de arrugas, de hambres, de inviernos, de hijos; a niños expósitos, pequeños esclavos, que tosían y tosían y, a la entrada de las minas, molían la roca y cernían el polvo del mineral. Había visto a hombres hechos y derechos llorar como niños, y a otros que se arañaban el cuello con los garfios de los dedos como si quisieran hurgarse hasta los pulmones para poder al fin respirar.

Los días pasaban sin dejar apenas rastro. Día tras día pasaban los meses, y Juanillo sentía como si todo alrededor se fuera diluyendo. Avanzaba casi a ciegas, a trompicones. Respiraba aquel aire espeso, lo masticaba, aquel aire metálico y venenoso. Subía, bajaba, recorría toda una maraña de minas, galerías, corredores transversales. Atravesaba los túneles más angostos, los más inhóspitos, reptando la mayor parte del tiempo, con miedo de que el próximo temblor lo enterrara para siempre. A veces no podía evitarlo y, cuando la oscuridad se le anudaba a la garganta, dos gruesas lágrimas le resbalaban por las mejillas. Lloraba en voz baja, Juanillo, y con un poco de vergüenza. Lo hacía cuando sentía el mordisco de la fiebre y estaba solo, él solo, perdido como un náufrago. Tragaba aire a bocanadas, se detenía un instante, escupía a un lado y, entre un golpe y otro, le daban ganas de tirarse a un pozo de cabeza para acabar de una vez por todas con aquella vida miserable.

Con todo, lo peor eran los ojos. El sudor le empapaba el cuello, el pecho, la espalda, le corría con un escalofrío por los riñones y las corvas. El muchacho parpadeaba, picaba y parpadeaba. Tenía las uñas astilladas, llenas de tierra; cada vez que se frotaba el sudor era como si le atravesaran las pupilas con una aguja. A las pocas semanas de llegar al cerro los párpados se le habían infectado; se le llenaron de legañas, costras de pus, pequeñas llagas. Juanillo apretaba los dientes, entornaba los ojos, que le ardían, y seguía trabajando. Cuando el dolor era tan agudo que casi no podía ni respirar, masticaba hojas de coca. Todo el mundo lo hacía bajo tierra. La coca le amodorraba, le ayudaba a sobrellevar la angustia, la soledad, el dolor del hambre. Más tarde, al terminar la jornada, se acurrucaba lo mejor que podía dentro de alguna grieta y rezaba hasta caer dormido. Otros se emborrachaban. Bebían vino de quema, chicha de maíz, bebían y bebían y, al volver a casa, pagaban su frustración con sus mujeres, mientras los niños berreaban. El muchacho sólo tenía a su patrona, la Virgen de la Cabeza. Era a ella a quien imploraba, noche tras noche, con fervor de flagelante. Pero cada día era el mismo día. La esperanza se le escurría entre los dedos como si fuera arena fina, y el mozo Juanillo ya se veía hecho un despojo. Un viejo escuálido, tembloroso, afilado como una lasca, que deambula a tientas por las galerías más profundas, las abiertas en plena roca, a cientos de pasos de cualquier otro minero, y tan lejos de la superficie como lo está un pobre indio de la tribu yanacona de Su Sacra y Católica Majestad, el rey de España.

No es conveniente dejarse llevar por el desaliento, ni lamentarse por la derrota antes incluso de entrar en combate, pues hasta los galeotes que viven amarrados al remo alimentan la secreta ilusión de ser liberados un día. Juanillo perdió un ojo, el derecho; pero justo cuando pensaba que iba a quedarse ciego, sumido en la oscuridad más penosa, y rezaba, y se atormentaba, y se tiraba de los pelos, soñó con la voz de doña Catalina, que le susurraba tiernamente al oído: fiat lux! Y al despertar volvía a ver tan claro, aunque sólo fuera por un ojo, como no lo había hecho desde que lo encerraran bajo tierra. Para terminar de redondear la casualidad, que siempre habrá quien llame milagro, ocurrió por aquel entonces que el alcalde de minas entregara la cuchara, arrastrado hasta la huesa por sus ardores juveniles y sus ínfulas de Amadís octogenario. Cuentan las malas lenguas en los mentideros de la villa que al viejo se le había secado la mollera; que se bebía los días enfrascado en sus libros de caballerías y que las noches se le hacían cortas a lomos de doña Catalina. Cuentan que si fue ella misma, en el ardor del combate, la que dejó caer como sin darse cuenta lo oportuno de una expedición contra los indios rebeldes de la frontera; y quién mejor que todo un caballero de San Lamberto para encabezarla, susurró suavemente, para sojuzgar aquellas marismas insalubres en nombre del rey y ganar para la Vera Cruz las almas idolátricas de sus moradores. El alcalde de minas era un hombre anciano, irresoluto, que de primeras no dijo nada. Sólo picaba, picaba, rumiaba y resoplaba. La idea le seducía, se solazaba, la acariciaba, ya casi relinchaba. Tan buen sabor de boca le dejaba que no dudó en hacerla suya; y antes de una semana, para llevarla a cabo sólo faltaba fijar la ruta y ponerse en marcha.

La expedición era un despropósito. Iba a ser una merienda de negros, pues don Cornelio, a caballo, más que don Cornelio parecía don Quijote. No hay más cera que la que arde, murmuraba la gente en las iglesias mientras hacía cola para confesarse; y es que aquel hombrecillo mustio y desgarbado, que tan bien se conducía en el lecho de Venus, en el campo de Marte era un auténtico zote. El manípulo le sonaba a griego, la falange macedonia a árabe bereber, y puesto ya un pie en el estribo, todavía no era capaz de distinguir entre una gola y un gorjal, ni sabía a ciencia cierta para qué diantres se empleaba un bacinete, de no ser para lo excusado. Así y todo, allá que va el bizarro don Cornelio, todo gravedad y empaque, con el cabello recién teñido y una nueva dentadura de marfil y alambres de oro. Le sigue una tropilla de mercenarios mal pagados, un negro, un fraile, el cocinero, el cronista de la villa, dos chihuahuas peleones, Saladino y Bayaceto, un barbero, un mozo de espuelas, algunas acémilas con la impedimenta y media docena de mestizos ganapanes. Ya podría haberle acompañado un escuadrón entero de monos voladores o los trescientos elefantes de Aníbal, que el resultado hubiera sido el mismo. Los salvajes chiriguanos, sin más ropa que sus tatuajes, no tuvieron piedad de ninguno. Los derribaron con sus hondas de las cabalgaduras. Desollaron a los soldados, vivos todavía. A los peones no los dejaron ni revolverse. Se comieron a los chihuahuas, que el Señor los guarde, y a don Cornelio le cortaron la cabeza.

La noticia causó un revuelo fuera de lo corriente. Pasaron semanas, y en la villa imperial parecía que no hubiera otro tema que ése. Doña Catalina se convirtió en viuda de la noche a la mañana. El luto la hermoseaba, contrastaba con la suave palidez de sus facciones. Ella lo sabía, sabía que los hombres la observaban, que se detenían al verla aparecer y la seguían con la mirada, que se recreaban con la turgencia de sus atributos; y se dejaba ver, todas las tardes, camino de la iglesia de las Angustias, con sus elegantes vestidos de seda negra y encaje, y una lágrima rielando en los lagos de sus ojos melancólicos, siempre a punto de caer. Mientras tanto, el mundo entero parecía girar en torno a su marido. Las fuerzas vivas de la ciudad acuñaron una tirada limitada de medallitas de cobre con su efigie. Se organizó una colecta para sufragar un busto nuevo en la plaza del Regocijo. Hubo jornada y media de volatines y acróbatas, cabras saltarinas, vacas enmaromadas; y como colofón y fin de fiesta, por San Cornelio, llegó lo inesperado. Por orden del nuevo alcalde y, según parece, a instancias de doña Catalina, se hacía saber que todo aquel que llevara más de cuatro años trabajando en el cerro sería considerado libre, siempre y cuando no fuera por causa de sangre ni por cualquiera de los delitos perseguidos por el Santo Oficio. Los pregoneros se desgañitaban por las esquinas, y en las corralas y los mercados eran las comadres las que no daban abasto. Unas se hacían lenguas de la nobleza de la viuda. Otras, las menos, torcían el bigote y decían que si aquí había gato encerrado.

Lo que nadie sabía es que doña Catalina todavía recordaba con cariño y cierta nostalgia las noches pasadas en las caballerizas. Cuando se hincaba de hinojos a la vista de todos y fingía rezar con una devoción impostada, no era por su marido por quien pedía; ni fue tampoco por los mineros, aquella sucia turba de gandules y borrachos, por quienes se arrodilló frente al nuevo alcalde de minas y, abrazándole las rodillas, gimió y lloró y suplicó largo rato, igual que una Magdalena, hasta que lo sintió suspirar y ablandarse. Pero esto nadie lo supo ni lo sabría nunca, ni siquiera su confesor, el padre Angeliño Espírito, que a la vejez gozaba de una beatífica sordera. Si algo había aprendido en el convento de la Inmaculada Concepción era a nadar y guardar la ropa. La amnistía corrió en bandos y pasquines por toda la provincia. Escribanos, pordioseros y aguadores llevaron y trajeron en jácaras y agudezas la generosidad de la pobre viuda, tan joven, tan desamparada; e incluso las alcahuetas más redomadas se vieron en la tesitura de alabar las buenas prendas de doña Catalina, reputada ya de santa, o callar y tragarse el sapo.

El caso es que a Juanillo, antes de que supiese por dónde le daba el aire, lo cogieron por el pescuezo y, casi en volandas, lo sacaron de la mina. Eres libre, le dijeron. Es un milagro, suspiró él, pensando con devoción en la Virgen de la Cabeza. Y como seguía en el sitio, sin saber muy bien hacia dónde tirar, le calzaron un puntapié para que arrease, ¡con Dios!, o amanecía de nuevo en el pozo.

La tarde se consumía cuando alcanzó lo alto del cerro. Hacía frío en la cumbre, un cierzo áspero, seco; a su alrededor los matorrales se sacudían como si estuvieran en llamas. El muchacho, sin embargo, se resistía a emprender el descenso. Estaba muy cómodo allí solo, sin ningún capataz que le golpease ni le diese una orden. Se encontraba a sus anchas, y tan protegido que le hubiese gustado hacer de aquel lugar su refugio, levantar con sus propias manos cuatro paredes de adobe y que el resto del mundo siguiera su curso. Juanillo contemplaba los últimos fulgores del crepúsculo, las nubes carmesíes, añil y oro, y el brillo cristalino de la luna llena. El firmamento se abría ante sus ojos y se desplegaba como si fuera un códice sagrado, muy antiguo, cuyos trazos y colores se han ido desluciendo con el paso de los siglos, pero que aun así resulta espléndido todavía. Nimbos, estrellas, remolinos de plata y fuego. La noche estrellada palpitaba sobre las cuatro regiones del mundo. El muchacho vio aparecer por el oriente la gran cruz de Viracocha, señor del viento y los mares; vio cómo las constelaciones trazaban surcos y jeroglíficos en su lenta deriva por el océano del cosmos. El cielo se había convertido en un semillero de fanales y luminarias, y él pensó en su señora, la Virgen de la Cabeza.

Bajó la mirada hacia el llano. No tenía prisa, y se dejó llevar con la docilidad de una pluma por los campos y los caminos, por las lomas salpicadas de ermitas, la de San Illán, la de Santiago, la de Nuestra Señora de los Remedios, por los cauces sinuosos de los arroyos. Vista desde lo alto del cerro, la villa imperial parecía un modelo hecho a escala o una ciudad de juguete. Las casas, las cuadras, los claustros, todo tenía un aspecto tan frágil, incluso las iglesias con sus espadañas, tan de barro y piedrecitas, que sólo con soplar o dar un grito, hasta el palacio que ocupaba la Real Ceca de la Moneda saldría volando como un castillo de naipes. Juanillo respiró profundamente. Se sentía libre, más grande de lo que era, y durante un instante paladeó el sabor sutil y embriagador de la arrogancia. Supo lo que era ser Jesús el Nazareno, el hijo del carpintero, cuando el Diablo lo elevaba por encima de los tronos de los hombres y lo incitaba al desvarío.

El muchacho se santiguó un par de veces. Pensaba en su señora, la Virgen de la Cabeza. En la mina lo hacía a todas horas. Noche tras noche se arrodillaba frente a una oquedad abierta en la roca, que él hacía servir a modo de oratorio. Cerraba los ojos, entrelazaba las manos a la altura de la frente, ave Maria, gratia plena, Dominus tecum, y comenzaba a rezar. Juanillo recitaba con fervor sus oraciones. Se golpeaba en el pecho con el puño cerrado, mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa. Agachaba la cabeza hasta sentir el tacto húmedo del suelo. Se doblaba sobre sí mismo, igual que una «s» minúscula, y pedía a la Virgen que intercediese por él ante su único Hijo, que lo protegiese de los peligros del cerro y lo amparase bajo su cálido manto de terciopelo blanco. La mayoría de las veces estaba tan cansado tras todo un día de picar y picar y masticar tierra, que se quedaba dormido a las primeras de cambio.

Lo siguiente que veía era el rostro de doña Catalina. El Cerro Rico se perdía a su espalda, y con él el cansancio y el frío, la soledad e incluso el hambre. La luz de la luna se filtraba por un respiradero del techo. Dentro, en las caballerizas, doña Catalina descansaba en silencio, recostada entre los fardos de heno; una leve sonrisa le iluminaba el semblante. Parecía un lirio, tan frágil, o una escultura de mármol. La Santísima Virgen en el momento del tránsito y su ascensión a los cielos, con las manos entrelazadas sobre el regazo y las mejillas arreboladas, y el cabello en desorden, muy negro, que se le vencía hacia un lado. Juanillo se inclinaba sobre ella casi con reverencia. La besaba en la frente, en los pómulos, en los ojos cerrados. Bebía de sus labios como si estuviera sediento. Ambos se habían quitado la ropa, y sus cuerpos encajaban mutuamente como lo hacen las ruedas de un engranaje.

El viento arreciaba y decidió seguir adelante. Echó a andar cerro abajo, primero con cuidado, muy poco a poco, sorteando las piedras sueltas para no resbalar y dejarse los sesos. Conforme iba avanzando, no obstante, y según rompía a sudar, comenzó a animarse. Caminaba con paso alegre, triscando entre las rocas. Pensaba en doña Catalina, soñando despierto; y una sonrisa de anhelo floreció en sus labios.

El muchacho estaba de un humor excelente. Le dio por pensar entonces que si él hubiera sido Nuestro Señor Jesucristo, aquel viejo tahúr del Diablo no habría tenido ni que trucar los dados para sacarle ventaja y ganarle, al menos, por una cabeza. Y mientras la muy noble y señorial villa rica de Potosí se le insinuaba, y crecía, y abría como un burdel las cien bocas de sus calles y amenazaba con tragárselo de nuevo, el mozo Juanillo no se lo pensó dos veces. Redobló el paso, escupió por el colmillo y, como quien no quiere la cosa, se desató a silbar una vieja coplilla arrabalera.

 

Domingo Alberto Martínez (Zaragoza, España, 1977): Filólogo de formación y apasionado de la palabra escrita, es autor de dos novelas: Las ruinas blancas (premio «Santa Isabel de Aragón, reina de Portugal», convocado por la Diputación de Zaragoza) y Trovas de fierro (premio «Alfonso Sancho Sáez» del Ayuntamiento de Jaén). Colaborador habitual de revistas digitales, sus cuentos han sido premiados en más de 60 certámenes literarios.

 

MÉXICO

ESTRELLA GRACIA GONZALEZ 

CINCO DÍAS

 

Si algo amaba Henry, eran sus botas. Cada vez que las boleaba le gustaba quemar la grasa y dejarlas reposar, para después, cepillarlas vigoroso hasta dejar en ellas ese lustre perfecto que siempre le gustó. ¡Jamás boleo sus botas con las agujetas puestas!

Desde su dormitorio, vio correr las nubes, pero el hermoso paisaje del ocaso se distorsionó cuando la lluvia comenzó a resbalar por la ventana; entonces, prefirió perder su vista a cualquier otro punto de la habitación, hasta quedar dormido. La enfermera entró sin cuidado alguno, dando las buenas noches:

—¿Cómo estás, Henry? ¿Cómo te has sentido hoy? —mientras le colocaba el termómetro en la axila, el baumanómetro en el brazo y el oxímetro en el dedo.

—Bien, yo siempre estoy bien. —respondió raspando su garganta.

—Muy bien Henry. ¿Ya cenaste?

—Sí, ya cené. Poquito, pero cené.

La enfermera retiró los aparatos, anotó los números en la bitácora y se despidió.

A las seis de la mañana, Henry encendió el televisor en el canal de noticias, y por el interfón exigió su periódico que le llevaron acompañado con un vaso de té de manzanilla y otro de avena. El enfermero en turno le hizo sus respectivos chequeos y dejó la puerta abierta.

Yo llegué justo cuando inició el turno de visitas, y estoy segura de que Henry escuchó cada paso que di con mis stilettos, porque ya miraba hacia la puerta cuando yo entré. Al verme al pie de su cama, dejó el periódico a un lado, he inclinó su cabeza para mirarme sobre el marco de sus lentes.

—Henry, te traje este libro, vine a leerte historias. Estaré cinco días contigo, después, si así lo quieres, podremos irnos juntos. —Él asintió con su mirada, no pudo ocultar su felicidad al verme.

—Creí que no te volvería a ver, y mírate, ¡aquí estás! tan delgada en ese traje sastre, te sienta muy bien el color beige, te conservas igual que cuando te conocí —me dijo, y caballeroso me invitó a sentar.

A partir de ese día, Henry me prestó toda su atención, escuchaba y se adentraba en cada historia y me platicaba sus anécdotas de infancia. Él estaba muy feliz. Durante tres días, cuarenta y cinco historias le conté, algunas historias no le gustaron, otras le hicieron sonreír, y con otras… solo musitaba. Pero hubo una, que alteró su ser y con furia se levantó de su cama. Inundado de coraje insultó a toda esa gente que él veía y les advirtió que no quería verlos más. Quise tomarlo del hombro, pero no me atreví. Sólo le susurré al oído pidiéndole que se tranquilizara, que ellos ya se habían ido, que ya no estaban allí. Volteó a verme, su mirada parecía perdida y un auxiliar lo ayudó a regresar a su cama.

—Soy como una oruga — me dijo —siento que estoy cambiando.

—Cuando seas mariposa te llevaré a volar. —le sonreí.

—Nunca entenderé porque los gobiernos mandan a sus hombres a pelear en guerras que no son suyas. —frunció su ya surcado entrecejo y me miró fijamente—. Tú sabes a lo que me refiero, en mis manos cargué con un poder que no me pertenecía y asesiné a tantos grabando en mí, el horror de sus muertes —decía enjugando sus lágrimas—.  El recuerdo de ese olor ferroso de la sangre en los cuerpos destrozados por mis propias manos es algo que nunca se olvida y te duele el vivir.

Esas fueron sus últimas palabras, porque a partir de esa noche, ya no quiso hablar. Al cuarto día, tampoco dijo nada. Su cuerpo se encogió, y yo seguí vigilante de él, seguí contándole cuentos, historias y anécdotas sin importar si los escuchaba o no. Dormido o despierto… cuarenta historias más le conté.

Al inicio del quinto día, Henry dormía plácidamente entre la tibieza de su frazada, su rostro… ya era mío. En cinco días, no quiso probar agua, en cinco días, su metamorfosis comenzó, en cinco días, todas sus historias le conté. Entonces me acerqué a él, toqué su mano y besé su frente. Cuando vio a su madre, corrió hacia ella y se olvidó de mí, ya era un bebé feliz. No hubo familiar que lo despidiera, solo hubo quién lo recibiera, siendo ese, su gran regocijo.

 

Estrella Gracia González (1979). H. Matamoros, Tamaulipas. Lic. en ciencias de la comunicación. Asiste al Taller Alquimia de Letras, Al Ateneo Literario José Arrese y al Taller de Apreciación Literaria. Participa en antologías como: No basta con cerrar los ojos en la sombra; La fantasía en todas sus formas; Súbita Convergencia y en la Antología de Homenaje a Escritores y Escritoras Contemporáneos de Tamaulipas y ha colaborado en distintas revistas digitales nacionales e internacionales.

 

PERÚ

Carlos Enrique Saldívar

lOS COLORES SURGIDOS DEL ESPACIO

 

El meteorito cayó en el centro de Lima, justo donde se había realizado hace pocos años una obra municipal fraudulenta: un baipás en una avenida importante, la cual se estaba rajando, y, con el extraño fragmento caído del cielo, terminó por desmoronarse.

Al principio, el insólito fenómeno atrajo a citadinos, provincianos y extranjeros. Los meteoritos suelen desintegrarse antes de tocar el suelo, pero este se mantenía sólido, medía seis metros de diámetro y emanaba una rara luz incandescente, de un color que nadie había visto antes; provocador e inquietante al mismo tiempo, como una sirena varada en la playa.

La roca fue estudiada un par de días, y, al cabo del tercero: un 29 de febrero de 2020, apareció el horror. Desde adentro del meteroide comenzaron a emitirse rayos energéticos en forma de ángulos, los cuales eran de una estética imposible.

De inmediato, surgieron extrañas criaturas que tenían la figura de una estrella, gordas, con una enorme boca en el centro, repleta de colmillos; rodeadas de espinas, poseían cinco puntas en cada extremo de sus cuerpos, las cuales hacían de sus extremidades.

Se movilizaban de diversas maneras, rodando, flotando, volando con mediana velocidad.

Empezaron a atacar a las personas.

Los residentes cercanos a donde se ubicaba el laboratorio fueron los primeros en morir.

Los horrendos seres tenían colores distintos, no conocidos en nuestro planeta, pero a veces adoptaban una rara tonalidad, semejante al magenta, que parecía ser su color básico.

Mordían a la gente y en cada individuo dejaban huevos que se desarrollaban con rapidez y salían violentos del interior de la víctima, esto hacía que el infortunado estallara en pedazos y sus restos se desparramaran en las calles.

Fue cuando supimos que el meteorito no era tal, sino una especie de portal dimensional que dejaba paso a esos entes para entrar a nuestro mundo y multiplicarse.

Las armas no les lastimaban. Nada lo hacía.

Llegaron a mi distrito: San Juan de Miraflores, pero yo estuve preparado, debido a las noticias que se propagaron con rapidez en la ciudad.

Huí en avión al Cusco, luego me fui a la selva; perdí el rastro de mi familia, lo cual me importaba muy poco. Tan solo quería llegar lo más lejos posible del espanto, aunque fuese navegando en una canoa por el río Amazonas, a sitios casi inaccesibles.

He quedado solo y me he refugiado en Iquitos, con una tribu que me acogió con gran amabilidad y están enterados del terror ignominioso. Los aldeanos son expertos en colores, viven en (y de) la naturaleza; realizan diversos rituales, nunca he sido creyente de la magia, no obstante, ahora venero lo que sea. Espero que estas ceremonias con cánticos funcionen

No puedo emigrar a otro país, muchos lo han intentado estos días, pero fallaron, las fronteras están cerradas, hay permiso de fuerza letal. Hay soldados idiotas que optaron por quedarse a matar a los suyos. El mal se extiende como un cáncer terminal, los engendros ya llegaron a la ceja de selva, incluso se han adentrado en el mar, ni los animales ni las plantas se están salvando de su ansía terrible por desgarrar con sus dientes afilados y reproducirse.

¿Por qué? ¿Qué sucederá cuando exterminen a la humanidad en su totalidad? ¿Por qué quieren ser tantos? A lo mejor desean habitar aquí, por eso aniquilan todo lo que les estorba.

Anochece. Ruidos viscerales por ahí, por allá. No se trata de seres humanos. Los estuve buscando y no los hallé, ni siquiera al gran brujo en su roca de meditación. Mucho menos son animales, en la semana que pasé aquí aprendí a distinguir a la fauna de la zona. ¡No puedo creerlo! ¡La vegetación está desapareciendo ante mí como devorada por un fuego invisible! No quiero gritar para llamar al resto, no haré ruido, intuyo que sería inútil. Los demás ya cayeron. Eso es un hecho. Nadie me salvará, además, ellos conocen mi posición.

Los colores de la muerte. Abominaciones puntiagudas que irradian una amplia variedad de matices, los cuales dañan ligeramente mis ojos; casi no puedo verlas, no logro describir sus tonos. Con torpeza pienso que esas tonalidades son bonitas. Han venido por mí, y no se irán hasta que acaben con este lugar, el último de Perú con seres vivos, excepto yo, que, por más que intento, no consigo cerrar los ojos, pues es tanta la preciosura atacándome, insertándose en mi ser, la cual por fin me muestra lo que vinieron a buscar aquí: un hogar.

 

Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018, 2021), Muestra de literatura peruana (2018), Constelación: muestra de cuentos peruanos de ciencia ficción (2021) y Vislumbra: muestra de cuentos peruanos de fantasía (2021).

 

 

Monday, 7 March 2022

BABELICUS N° 17

 BABELICUS N° 17

REVISTA LITERARIA EN ESPAÑOL – Marzo 2022

ADMINISTRADORES: ADRIANA ALARCO, STEFANO VALENTE, DANIEL ANTOKOLETZ, CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR, ELENA ZADRA.

Estimados amigos: 

Les presentamos el número 17 de BABELICUS EN ESPAÑOL, el segundo del año 2022: https://babelicus.blogspot.com/HYPERLINK "https://babelicus.blogspot.com/%A0%A0HYPERLINK%20%22https://www.facebook.com/Babelicus/%22%A0"  HYPERLINK "https://babelicus.blogspot.com/%A0%A0HYPERLINK%20%22https://www.facebook.com/Babelicus/%22%A0" (grupo abierto de Facebook), con relatos de autores hispanos, con el fin de entretenerlos.

Les deseamos una feliz recuperación de la vida a la normalidad durante este año, luego de que el covid ha desangrado el mundo tanto física y económicamente.

Ruego a los escritores de lengua española interesados en publicar en Babelicus, que envíen sus colaboraciones de no más de 1000 palabras, adjuntas en Word, a los administradores de la edición en español de la revista virtual, al correo: babelicus2021@gmail.com

Los autores no pierden sus derechos de autor. Quien desee comentar sobre sus autores preferidos lo puede hacer en la página Babelicus de Facebook. Pueden encontrar los números anteriores en el blog de Babelicus.

 

Adriana Alarco de Zadra

Portada: de Adriana Alarco de Zadra.

 

ESPAÑA

DOMINGO ALBERTO MARTÍNEZ

CRIATURAS

 

Pasábamos mucha, muchísima hambre. No quedaba pan ni forraje, y las culebras desaparecieron con las primeras nieves.  En el viejo molino vivía una viuda: tropezó al bajar al arroyo y se partió la nuca. Era todo pellejo, cartílago y hueso, pero peor es no comer nada.  Cortamos lo que sobró en trozos pequeños para traerlos a casa.

Lo de la bruja y la casa de chocolate se le ocurrió a Grétel.

 

Domingo Alberto Martínez (Zaragoza, España, 1977). Filólogo de formación y apasionado de la palabra escrita, es autor de dos novelas: Las ruinas blancas (premio «Santa Isabel de Aragón, reina de Portugal», convocado por la Diputación de Zaragoza) y Trovas de fierro (premio «Alfonso Sancho Sáez» del Ayuntamiento de Jaén). Colaborador habitual de revistas digitales, sus cuentos han sido premiados en más de sesenta certámenes literarios.

 

ARGENTINA

DANIEL FRINI

LOS ÚLTIMOS MINUTOS DE BÉRENGER DE LACROISILLE

 

Fray Bérenguer de Lacroisille ha sido torturado.

Hoy es sábado, once antes de las calendas de noviembre del año de Gracia del Señor de mil trescientos siete.

Hasta hace diez días, Fray Bérenger era Turcoplier de los Pauperes Commilitones Christi Templique Solomonici, la Orden de los Caballeros Templarios; y ahora está en la Tour Grosse de la que fuera la Fortaleza del Temple en París, y en manos de los verdugos que dirige Guillaume Imbert, Inquisidor General de la Fe en Francia y confesor de Felipe IV, el Hermoso.

Fray Bérenger ha sido sometido al strappardo; le ataron dos grandes campanillas de bronce a sus testículos, a modo de burla; y también pasó por la squassation, con lo que le han dislocado hombros y brazos, y quebrado las piernas en varias partes. Ha sido fustigado y le han arrancado tiras de piel y carne con garras de gato. Le han sacado las uñas de los dedos y en su lugar han colocado clavos candentes; y le han quemado las plantas de los pies con planchas de metal al rojo.

Fray Bérenger ya se reconoció sacrílego, hereje, apóstata, idólatra, sodomita y simoníaco. Ha declarado que él y sus hermanos del Temple escupieron sobre la Santa Cruz, renegaron e insultaron a Cristo, rindieron culto a dioses paganos, veneraron a vírgenes negras, adoraron al Bafometo y practicaron ritos obscenos, incluso el Osculum Infame.

Fray Bérenger no sabe de las intenciones del rey Felipe, de su canciller Nogaret y de su chambelán Portier de Marigny, ni de la indecisión del Papa Clemente V.

Está solo y desnudo en una celda sin, siquiera, el confort de un poco de paja sobre la fría piedra del piso. Desconoce que su Gran Maestre Jacques de Molay ha caído, también, en desgracia y está prisionero a unos cuantos pasos de él.

Supone, sí, que no es el único cautivo. Cree haber escuchado a los verdugos cuando nombraban a sus amigos Fray Robert de Plessiez y Fray Reinald de Milly; y entre idas y venidas de los continuos desmayos, le parece haber escuchado las súplicas de su Senescal, André de Périgord, que venían desde una celda no muy lejana.

Sin embargo, el dolor que siente en algún lugar de su pecho es infinitamente más fuerte que aquel que le provoca la tortura. Fray Bérenger respondió afirmativamente a todas y cada una de las aseveraciones de sus inquisidores; no por temor al tormento, sino como resguardo para no delatar a la única persona que le importa: Cécile de Monssac.

Dijo que sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos participaron en orgías en las que no había mujeres, mientras pensaba en los destellos de los hermosos y grandes ojos negros de Cécile.

Dijo que sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos reverenciaban al demonio encarnado en un gato, mientras recordaba una radiante y franca sonrisa dorada.

Dijo que sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos quemaban niños y bebían sus cenizas mezcladas con vino consagrado, durante la celebración de la Santa Misa, mientras evocaba unas trenzas azabache, que brillaban como el ébano de Santa Helena a la luz del sol.

Dijo que si cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos afirmaban que Cristo había sido un falso profeta, y que no había padecido en la cruz para la redención del género humano, mientras rememoraba la tersura de una piel blanquísima y el rubor del decoro de su amada. Pero Fray Bérenger de Lacroisille jamás vio a Cécil de Monssac. Ni siquiera sabe si existe. Hace más de diez años, en uno de sus tantos viajes por el Rousillon, oyó la cansó que trovaba Amanieu de Sescars, y se extasió ante aquella declaración de amor que imaginó suya:

La belleza y el bien que hay en mi dama

me tienen gentilmente atado y preso.

 Y Bérenger imagina que no es la Inquisición quien lo tortura. Sueña que es Cécil quien maneja la fusta o arranca sus uñas, y delira que ella le canta, aunque las palabras sólo suenan en su mente afiebrada.

                               No está curada la llaga que me hiciste, amor,

cuando me heriste con tu cruel espada.

No le importa el Temple, ni su Maestre, ni su Senescal, ni sus compañeros. Está dispuesto a firmar cualquier confesión, y hasta renegar de la gracia del perdón ofrecido por los domínicos, si se lo ofrendasen. Está dispuesto, incluso, a inventar cuanta maldad le insinúen y ponerla en boca hasta del mismísimo Papa, si se lo ordenasen.

No sabe por qué, pero espera de manera ardiente la sesión de tortura venidera en la que le arranquen la lengua con tenazas para asegurarse de que ni en el delirio de la fiebre que lo abrasa va a nombrarla.

Yo ardo sin ser quemado en vivas llamas de amor.

Fray Bérenger soporta todo sin desmayarse porque teme pronunciar su nombre y que sus jueces se interesen en ella, y la busquen. Le espanta la idea de que Cécil exista, y los verdugos de la inquisición la encuentren y la sometan al espanto por el puro placer de apagar su hermosura.

 

Daniel Frini. Escritor y poeta argentino. (Berrotarán-Córdoba, Argentina, 1963). De profesión Ingeniero, fue redactor y columnista en varias revistas, colabora en varios blogs y e-zines (Químicamente Impuro; Ráfagas, Parpadeos; Breves no tan Breves; La Oveja Negra; Axxón; Micrópolis; miNatura; Plesiosaurio: Insolito e fantástico; Pegasus). Publicó (Ed. Libros en Red, Buenos Aires); y tiene dos libros de cuentos inéditos: “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” y “Manual de autoayuda para fantasmas”. Sus obras fueron galardonadas con varios premios y traducidas a varios idiomas. Participó como jurado en varios concursos. Es integrante del Grupo Literario “Heliconia” y coordinador del Taller Literario Virtual “Máquinas y Monos” de la revista digital “Axxón”.

 

PERÚ

Carlos Enrique Saldívar

la rapidez de las fiestas

 

Mi socio y yo decidimos lanzar un nuevo producto digital para las navidades. Trabajamos en ello los primeros meses de 2021 y supimos que había tiempo de ofrecerlo a los posibles compradores para diciembre. A inicios de noviembre ya estaba lista nuestra aplicación para celulares y conseguimos aliarnos con una empresa para vender esta nueva tecnología. Yo veía los anuncios en radio y televisión por aquellos días donde se promovía la Navidad, obviamente con un objetivo comercial y me daba cólera, pensaba: «Tarados, recién estamos 4 de noviembre». No solo eso, me gustaba leer y vi cómo se hacían lanzamientos literarios navideños: Regale un libro, jo, jo, jo. Opté por dedicar ese mes al Noviembre Negro, evento que tenía su origen en España, y en el cual se disfrutaban de novelas y cuentos de género negro. Lo cierto es que en noviembre leí varios géneros, desde ciencia ficción hasta terror, para imbuirme en las notables letras peruanas. Hubo ferias de libro. Reuniones con amigos, con las medidas de salubridad, por la pandemia. Llegó diciembre, mi socio y yo no nos preocupamos demasiado, hasta que en cierto momento mi camarada me dijo dónde pasaría la Nochebuena y le mencioné que en mi casa, con mi familia. No obstante, de tanto charlar sobre damas y licores, me junté con él y con un grupo de amistades de nuestro club de lectura «Bisonte de papel». Cenamos, bebimos, miramos «El Grinch» y «Krampus» en una plataforma streaming y dormí con apacibilidad. Al despertar, me di cuenta de que no habíamos ofertado nuestro producto. Tras coordinar con la empresa, nos tocaba a nosotros realizar la campaña de promoción y no lo hicimos. ¿Qué pasó? El tiempo voló sin que nos percatáramos. Nos perdimos la época navideña, empero, aún podíamos aprovechar el Año Nuevo. A ello nos abocamos, ya teníamos todo diseñado, solo era cuestión de prender la computadora y darle clic al inicio de la publicidad. Mi socio me consultó dónde celebraría el Año Nuevo, le dije que esta vez sí lo haría en mi hogar, mis hermanos acordaron no salir de casa, por la nueva variante del virus. Ya nos habíamos vacunado, sin embargo, debíamos ser precavidos. No había sido un «gran» año este 2021, pero, a comparación del 2020, todo mejoró bastante. Igual necesitábamos el dinero, para enfrentar el 2022. Y en esos diálogos nos hallábamos cuando dieron las doce de la medianoche y tronaron los cohetes en la calle. Mi camarada me saludó: «Feliz 2022». Comimos, bebimos, vimos un par de cintas sobre el fin del mundo una, de superhéroes la otra, en Netflix, y me quedé a dormir en la casa de mi amigo. Cuando abrí los ojos, supe que sería difícil vender mi aplicación porque solo era útil para la etapa de fiestas. Cavilé en tanto abrían las playas, retornaban las ferias de libro, mis lecturas se redujeron porque tenía que sobrevivir con mi trabajo como empleado de una botica. Enero, febrero, marzo, abril… y cuando abrí los ojos una mañana, descubrí que la nueva aplicación para celulares que se me había ocurrido podría servir para Fiestas Patrias, no obstante, cuando me comuniqué con mi socio, él me comentó: «¿Qué dices, payaso? si ya estamos domingo 31 de julio, mejor ve a descansar. Mejor actualicemos y relancemos la nueva tecnología la Navidad que viene. Este año ha sido mejor, la gente saldrá más, habrá menos restricciones, la gente será más feliz, la economía se está reacomodando, piénsalo, trabajemos con cuidado, este año sí la hacemos». Me sentí desilusionado porque cuando me fui a descansar, ya era agosto y cuando me levanté ya era septiembre. Supe de este modo que no lograríamos comerciar nuestro producto nunca, porque el tiempo pasa cual suspiro.

 

Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018, 2021), Muestra de literatura peruana (2018), Constelación: muestra de cuentos peruanos de ciencia ficción (2021) y Vislumbra: muestra de cuentos peruanos de fantasía (2021).

ESPAÑA

JOSÉ LUIS GUERRERO CARNICERO

EL BAÚL

 

Juan y su hermano esperaban impacientes al empleado de la funeraria que les iba a hacer entrega de los objetos de la madre de ambos. Ella había fallecido de forma repentina el día anterior, y a ninguno de los dos se les ocurrió hacerse con la llave del desván que llevó colgada de su cuello, con una cadena de plata, durante más de veinte años.

Cuando el circunspecto empleado apareció portando en su mano la pequeña bolsa de plástico que contenía los objetos, Juan casi se la arrebató, aunque un instante después sonrió avergonzado y agradeció al desconcertado empleado sus servicios.

Ninguno dijo nada, pero los dos pensaron lo mismo, por fin podrían comprobar, como siempre sospecharon, que allí guardaba su madre las cartas que nunca recibieron de su padre. Él les había abandonado hacía más de dos décadas. Según les contó su madre, se había enamorado de una mujer más joven y se fugaron juntos una aciaga noche de principios de un verano, que fue el peor de la existencia de Juan y su hermano pequeño.

Cuando abrieron la puerta del viejo desván, un fuerte olor, característico de los lugares cerrados durante mucho tiempo, les hizo arrugar la nariz. Entraron y sintieron una extraña mezcla de aprensión, inquietud e impaciencia. Estaban a punto de salir de una duda que siempre tuvieron. Los dos hermanos, especialmente Juan, que era el mayor, recordaban a un padre cariñoso y entrañable. No podían creer que se hubiese olvidado de ellos, sin más, tal vez se hubiera ido a vivir a otra ciudad, o a otro país, lo que explicaría que no le hubiesen vuelto a ver, pero tenían la razonable sospecha de que les hubiera mandado cartas y que su madre les hubiese privado de ellas. Podría haberlas roto según llegaban, pero el hecho de que les prohibiera entrar en el desván durante todos estos años, les hacía pensar que, tal vez, guardase allí las cartas. Cuando su vista se adaptó a la escasa luz del habitáculo, comenzaron a escrutar con la mirada cada rincón del desván, hasta que los dos se fijaron en un enorme baúl que Juan recordaba haber visto en la casa cuando era muy pequeño. Comprobaron que estaba cerrado con un candado. Instintivamente, Juan miró el colgante que llevó la madre, pero de sobra sabía que solo había una llave y era la de la entrada. Buscaron por los alrededores, pero no tenía mucho sentido cerrar algo y dejar la llave a la vista. Bajaron a la vivienda y se organizaron para buscar minuciosamente en los cajones de toda la casa, pero especialmente en la que fue la habitación de su madre durante los últimos años. La búsqueda fue infructuosa, pero eso no les iba a disuadir, en absoluto, de despejar aquella duda que se había convertido en una obsesión para ambos. Juan correspondió a la sonrisa de su hermano cuando enarboló un gran martillo que encontró en uno de los cajones.

Bastó un par de golpes secos para que el candado cayera destrozado al suelo. La tapa chirrió tenebrosamente al ser abierta y los dos hermanos comprobaron que no había ninguna carta, pero entendieron en ese mismo momento la razón de que no existieran, así como la explicación al persistente mal olor que sufrieron en la vivienda durante una gran temporada, tras la desaparición de su padre.

 

José Luis Guerrero Carnicero (Madrid, 1959). Comenzó su actividad literaria creativa con relatos cortos y poemas presentados a diferentes concursos y certámenes en los que obtuvo numerosos premios y reconocimientos, algunos de los cuales fueron recogidos en antologías editadas por los organizadores. Debutó en la novela con “ Alter Ego” a la que siguieron otros títulos como: “Niño, no molestes a la vivos” “La prisionera de Vincennes” “Duende” “Bastet” “Locus Mauriacus”.

 

MÉXICO

ASTRID G. RESENDIZ

TRAS TU VENTANA

 

Te mira tras la ventana. Te asecha desde lejos, esperando el momento idóneo. Ese, en que todos se van a dormir y permaneces despierto. Siempre sale a deambular por las calles luego de las diez y media, abre bien tus ojos y escucha muy bien, te contaré por qué. Posee características que le proveen cualidades especiales para acechar a sus presas. De dia, es un pobre espíritu sin fuerza. Luego de que el ultimo rayo de luz deje de filtrarse por las rendijas del ventanal, empieza su metamorfosis. Le salen filosas garras y colmillos; su cuerpo se ennegrece como la noche y adquiere un aspecto humeante; a pesar de esto, su gélido cuerpo congela todo a su paso, dejando detrás de sí, aquel rocío que caracteriza a la noche. De esa forma sabrás que se encuentra cerca, acechándote. Conforme las tinieblas se van aprovechando de la despedida del sol, adquiere otras habilidades; se comienza a multiplicar lo que le permite abarcar otras regiones. Su visión nocturna se vuelve aguda y su olfato se potencializa; pudiendo oler a miles de kilómetros a un pequeño apestoso que no se quiso bañar; así, saborea mejor a los pequeños desobedientes. La ropa sucia se engancha con mayor facilidad entre sus garras. Es sutil y silencioso, se escurrirá debajo de tu puerta; humeante traspasará tus ventanas, entrará por tus narices y como oleada irá recorriendo cada parte de tu ser, hasta envolverte con su cuerpo, posará sus garras en tu espalda, sujetándote para que no puedas escapar y con sus colmillos devorará desde la cabeza hasta tus pies cualquier rastro de tu alma, así hasta consumirte. Muchas personas insensatas, no lo creen y no previenen a sus hijos. Por las mañanas los encuentran dormidos, sin saber que no volverán a despertar porque se los ha devorado por dentro. Por eso te ruego que te prepares para dormir, intenta cerrar tus ojos, suspira y arrópate entre tus cobijas, las cuales serán tu escudo por si el coco entra a confirmar si ya estás dormido. El ultimo rayo de luz está filtrándose por la ventana, ha llegado su despertar. Lávate las manos, acaba de cenar, tiende tu cama pequeño mío. Apúrate, te pido, que solo te queda poco tiempo antes de que el coco busque famélico a quienes devorar. Me despido con un beso, tu madre está por llegar, recuerda lo que te he contado, es hora de volver a mi morada. Pero, no tengas miedo, mi niño, tú sabes que te amo, por eso te lo he contado, no quiero que mueras como lo hizo mi hermano.

 

Astrid G. Resendiz (1995, Tamaulipas, México). Miembro de "el Taller Alquimia de Palabras". Ha participado en diversas compilaciones como "La sonrisa del abismo", "Zona de cuentos" y "Cuentos cortos para noches largas". Ha colaborado en diversas revistas y blogs digitales como: De la tripa, narrativa y algo más, Fóbica fest, El perro negro de la calle, El Narratorio edición #53, #55 y #63; Revista Literaria Raíces, entre otros.

 

PERÚ

LUIS ARBAIZA

PEQUEÑO TRATADO DE MATERIALISMO DIALÉCTICO ZOMBIE O LA HISTORIA DEL ZORRITO

 

Regreso lánguido a Chiclayo, antes enseñaba allá una disciplina ya inútil: marketing, han pasado tantos años, todo es tan distinto. El bus viajaba por la noche, atravesando minúsculo la oscuridad, a mi lado estaba un viejo muy curioso, ropa anticuadamente elegante, gestos artificiales de intelectual de otra época, un bigotito casi nazi. El pintoresco señor leía un librito gastado con mucha solemnidad.

Había olvidado mi smartphone y empezaba a desesperar de aburrimiento, necesitaba algo para que mi mente no esté hueca. Miré de reojo el librito del señor buscando entretenimiento:

 

…primera ley dialéctica, todo encierra su contrario, los opuestos son uno, esto lo ignora la lógica burguesa…

 

Fingía dormir con mi cabeza ladeada hacia el libro, leía de reojo, no entendía nada, pero hacía ruido en el insoportable silencio de mi mente:

…lucha lo viejo contra lo nuevo… lo vivo contra lo muerto, lo que muere contra lo que nace...

Levanté la mirada del libro al señor, era un viejo comunista, una raza ya inofensiva, una extravagancia, ya nadie creía en esos cuentos, ahora creíamos otros, y luego de la hecatombe zombi, ya dada.

Cansado de no entender ni divertirme con ese librito, giré a la ventana, a la noche sin Luna, al desierto incesante. Se veía cada tantos kilómetros figuras en la negrura, pasos quebradizos, ropas rasgadas, famélicos, sin mente. Caminaban por años por las arenas de las costas del Perú, pero no morían, muertos pero inmortales… uhm.

A veces el bus se sacudía, alguno había sido atropellado. A años de la invasión de la capital, no me sorprendía, así éramos los limeños, soportamos cualquier cosa. También eso me aburrió, giré de nuevo a espiar. Pero ahora el señor me sonreía.

-Tenga amigo –dijo amistoso–, puede leer hasta que lleguemos.

Sonreí aceptando y me presenté. Me contó que regresaba a su tierra Chiclayo, luego de no sé qué tareas en Lima. Leí aliviado de poder llenar mi mente hueca:

 

... no hay que temer las contradicciones, son el meollo del ser, hay que superarlas mediante la lucha…

 

No era divertido leer sin espiar. Quería cerrar ya ese aburrido folletín. Para no parecerle al señor un milenian caprichoso, decidí conversarle.

-¿Qué tal Lima?

-Un horror, sinceramente. El sueño de la burguesía se hizo realidad, gente sometida a su voluntad, sin alma… casi cosas.

-¿Nosotros?

-No, los zombis, felizmente mi Chiclayo está libre, ¿y usted para qué viene?

-Para buscar a alguien –dije y le conté la vieja historia del zorrito:

-Fue antes de la epidemia, trabajaba como coach en Chiclayo. No tenía mucho que hacer y tenía urgentemente que llenar el vacío…

-Su generación no se dedica a otra cosa, y nunca logran llenarlo…- susurro. Yo continué.

…paseos, museos, piscina en el Paseo de las Musas y gimnasio en el Coliseo Cerrado, cerca al Mercado Modelo, ahí lo… la conocí.

Benigno levantó una ceja, pero no entendió, yo debía cambiar de género para que el viejecito me entendiera.

-Ella… y su primo lo regenteaban, me impactó, lo admito, su cuerpo, cada semana la veía más bella, ni me miraba, pero cuando no estaba su “primo” inmediatamente me hablaba, no había nada que decirnos, pero se esforzaba, ahora comprendo que yo le gustaba.

El viejo pícaro sonreía complacido de mi historia. Contar una historia es hacer vivir al otro lo que uno vivió, sentir lo que uno sintió. ¡Si supiera!

-Su cuerpo era monumental, naturalmente hermoso como solo los climas calientes saben criar, sus cejas eran negras y salvajes, como un águila levantando el vuelo, sus largas pestañas tenían el salvajismo de estos desiertos calcinados y la ferocidad de esas cumbres pedregosas y frías… tenía una noche y un universo en los ojos… me atreví una vez a decírselo.

-¡Caramba! ¡Veo que se enamoró de esa dama! -dijo el señor Benigno emocionado.

-Sí, platónicamente, pero en mi mente nuestra relación se hacía más fuerte e íntima…

-Pero nada pasó… -dijo adivinando mi carácter torpe.

-Pues no.

-¿La señorita estaba casada? ¡Hay muchacho! -dijo asombrándose de tanta tontería en mí, sospeché en el pasado de Benigno una fogosa juventud, finalmente era norteño y de sangre muy caliente. Me miró como a un hijo torpe, pero querido.

-Mi rutina cambió de pronto, me plantearon quedarme en Chiclayo definitivamente, la epidemia zombi empezaba a descalabrar la capital, yo no acepté, vivir fuera de Lima para mí era como vivir fuera del agua para un pez, solo estaba el problema de no verla, me decidí, contra toda esperanza debía declararme ya, acaso me rechazaría… pero…

-Le iba decir que sí hijo… -comenté ya convencido de lo tonto que era.

-Creo que sí. Era mi último día. Salí a las 2 p. m., pero ella llegaría al gimnasio recién hasta las 6, así que decidí andar, caminé tanto que salí de la zona urbana, campos costeros, sembríos, acequias. Respiraba ese aire sano. Avancé cauto por un maizal y ahí paseando vi algo. Se detuvo y me detuve. Era un hermoso zorrito que me miraba con esos ojos inteligentes y negros. Su cuerpo era flexible como el de un gato y su piel hermosa. Naranja como en los libros de cuentos. Me miró un segundo y luego su imagen salto entre el verde y desapareció. Quedé maravillado. El zorro es un brujo para antiguos mochicas. Es decir, un emisario de lo infinito al plano mundo de los hombres, jugué con la fantasía de ha sido mirado por la eternidad. Ya era las 5 y debía volver, caminé feliz de mi experiencia. De regreso me crucé con varios campesinos, me saludaban sin conocerme como es costumbre de esa amable gente.

-Buenas tardes, señorito –me dijo una señora.

Le contesté sonriente:

-¡Señora, vi un zorro entre el maíz! -y con los ojos le comuniqué mi emoción.

-¿Y el zorro le miró a usted?

-Sí -le dije.

-Entonces nunca volverás a Chiclayo… - dijo y se fue.

Me asombró lo poco cortés de la profecía. Volví a ser un citadino y no le contesté, supersticiones sin sentido, no necesitaba volver, ella se iría conmigo y si no, podría volver muchas veces… hasta convencerla.

Ya estaba en el centro, debía juntar valor, pero debía ser natural, no esconder mi miedo. Caminé hasta el gimnasio por la Av. Balta, entre por la puerta de latón con cuidado de no golpearme, me latía el corazón, ¿cómo declararse?, pensaba ser directo:

Le pido permiso para cortejarla… Venga conmigo a Lima… no hay nada acá para usted.… Mi vida será feliz si la tengo cerca y yo haré todo por hacer feliz la suya…

-No estaba... -dijo Benigno.

-Sí, me dijeron algo de una gripe, que mañana… etc. ¡Justo hoy!, ¿Cómo buscarla? No sabía dónde vivía, solo su nombre.

-¿Y cuál era? -dijo el señor Benigno. Pasé saliva.

-No importa, salí del gimnasio y empecé a caminar, quizás en mi camino ella apareciera. Cuánta belleza camina por esta cuidad señor Benigno, algo en esta tierra formaba esos cuerpos, la belleza nos arrebata no por frivolidad, sino por una razón científica -Benigno levantó otra vez la ceja asombrado de mi vida interior-, la belleza es la vida misma, la muerte es fea, pues es desorden, descomposición, incompletitud, como los zombis, la vida es orden, proporción… parado en una esquina de Balta vi esa oleada de belleza que era esa muchedumbre de gente que venía hasta mí y luego me abandonaba, pero la belleza en su estado más puro era ella y no estaba. Pasé la plaza lentamente, “la Romana” donde nunca la llevé a comer. ¡Qué tacaño fui! Subí al bus a Lima resignado. Mientras este corría en el atardecer, mi mirada atravesaba las ventanas y los paisajes pensando en que la próxima semana volvería.

-Y nunca volvió… -dijo él viejo.

-¿Cómo lo sabe?, Pasaron ya cinco años, nunca volví, esa es la historia del zorrito y de su maldición.

-Vea -dijo Benigno-, esa historia es vieja, los limeños dejen plantadas a las pobres muchachas provincianas, a veces descaradamente, otras con justificaciones…

-Nunca la toqué o hice daño a su dignidad.

-Quizá debió… yo en su lugar… bueno, si antes no volvió es porque no quería.

-Sí quería.

-Quería y no quería, hijo, dialéctica… Y ahora quiere llevarla a vivir a una ciudad de muertos. Quizás ustedes puedan vivir ahí, pero eso no es vida... están muertos, sin alma, con hambre permanente, sin libertad ni identidad… -dijo aburrido del desenlace de mi historia, quizás espera algo más erótico. Se durmió, nunca por completo como es usual en los viejos, y no supe si hablaba de limeños o de zombis.

Miré las lejanas luces del camino, a veces una casita en medio de una nada de angustia. Vacié mi mente y me dormí, el bus se hundió en el sueño colectivo adentrándose en la cavernosa noche.

***

El señor Benigno despertó primero. Ya estaba muy acicalado y perfumado.

-Aún estamos en el pueblito de Reque. Si hay una maldición sobre usted, mejor sería que se baje o nos descarrilemos por su culpa –bromeó.

Yo, desvelado, sonreí. En la estación nos despedimos, era un señor muy agradable, pero no había necesidad de verse de nuevo. Mi generación no sabe lo que es la amistad ni el amor duradero. Todo acaba ni bien empieza… dialéctica, supongo.

Desayuné en “La Romana” impaciente por la calma que tienen los chiclayanos para preparar un desayuno, media hora y nada, las puertas de fierro estaban bajas, solo una pequeña abierta, me comentaron de un zombi deambulando, ya pronto pasaría el peligro, hasta mostraban cierto orgullo de que su ciudad fuera tan moderna como para tener siquiera un zombi. Detrás de rejas, cámaras, alarmas y carros con altavoces, la vida continuaba. Comí apurado, ¿por qué le pondrían cebiche incluso a las cosas dulces? De repente descubrí al lado de los cubiertos que el librito de dialéctica estaba aún conmigo, ¡qué vergüenza!

Dejé a medias el desayuno y caminé al gimnasio, Chiclayo se desplegaba todo igual, los mozos en su mismo puesto, el lustrabotas Vladimir en la misma esquina, el mendigo de la iglesia delante de la misma iglesia, a veces el único zombi local caminaba por las calles y estas mutaban, la ciudad entera se iba, y al rato todos regresaban a montar de nuevo una copia exacta de la cuidad que dejé. Lima, en cambio, es como el mar, nunca lo encuentras igual a sí mismo. Qué bueno. Llegué al gimnasio: no había nadie conocido. El encargado, un fornido descendiente moche me miró mal. Salí abochornado de las preguntas que le hice, pero otra vez eludí golpearme con la puerta de latón.

Me acerqué al lustrabotas, a Vladimir, le pregunté disimuladamente por… y me dijo que había otro gimnasio, ahí estaba su primo, también me advirtió que el zombi estaba por avenida B Leguía.

-Los limeños estamos acostumbrados, en Lima hay cientos de miles, incluso han tomado las instituciones de gobierno, los programas de televisión...

Fui y nada, algo me dijo el “primo” que estaba en el campo de jornalero o en Piura de chofer en un mototaxi, le dejé un mensaje escrito en un cuaderno del gym, me sentí burlado. El primo me mentía. Al salir, me golpeé con la puerta de latón, fingí que no me dolía, pero todos me miraban. Busqué todo el día. Al final deambulaba sin rumbo y sin vida interior con las ropas llenas de polvo.

***

De noche llegué al hotel, la chica del mostrador gritó al verme, creyó que entraba el zombi: desencajado, sucio y manchado todo de sangre seca (la puerta de latón). Sobre la cama de mi cuarto vi el libro y lo abrí:

 

Segunda ley dialéctica, cambio de lo cuantitativo en cualitativo. El agua se calienta, (cambio cuantitativo) y de pronto se vuelve vapor (cambio cualitativo), así todo cambio en cantidad se vuelve de calidad: así las revoluciones son precedidas por un lento desarrollo cuantitativo y luego viene una brusca mutación

 

Entre las páginas habían numerosos papelitos y direcciones, la red del señor Benigno, ya sabía dónde devolverlo, salí.

La calle Balta estaba muy exaltada, enrumbé a la dirección, no había gente, puertas cerradas, mala señal, ahí debía estar el único zombi local, no era problema.

-¡Caballero, entre! -gritó una señora desde una ventanita. No era necesario, exageración provinciana. Error. Ahí vi la horda, las invasiones zombis eran así, primer uno que otro y de pronto la horda invadía, no se sabía de donde salían, no tenía sentido. No podría esquivarlos, avancé por la calle, no sabía si tenía salida… ¡diablos no la tenía!

¡La pastilla!, pensé, la horda avanzaba lentamente, tenía un minuto para decidir: podría suicidarme con la pastilla (todos los limeños la llevábamos en la billetera) o dejarme morder y ser uno de ellos.

¿Ser nada o ser un ser resbaloso de vísceras podridas? La muerte era mejor, eso pensábamos todos. No temía a la muerte, anoche en el bus estuve muerto, todos los días morimos, solo soñamos la parte final de la noche, el resto estamos sin mente, inconscientes, o sea estamos muertos, ir a dormir es ir a morir un rato. No debía temer. Todos decíamos eso, pero nadie usaba la pastilla, todos se volvían zombis, si no, estos no existirían. Me apegué al fondo del callejón, temblé de miedo, pero no gritaría.

El más cercano empezó a acariciar lo que luego iba a morder. Grité.

***

De pronto un golpe seco, algo atravesaba su cara, un segundo golpe lo arrojó al piso desasiéndose, un flujo grasiento y pútrido salió de su cráneo ensuciando mis caros zapatos, casi vomito de horror, en el techo un hombre me daba señales frenéticas.

-¡Trepe las ventanas, inútil!

Era el señor Benigno estaba vestido de otro modo, correajes, aditamentos, artefactos y le daba aspecto muy ágil, subí con esfuerzo por mi sobrepeso. Él era delgado pero fuerte, me jaló toscamente.

-Este día tenía que llegar, es un salto cualitativo, la horda tomará la ciudad.

-¿No previnieron?

-Nada se puede hacer con lo inevitable, además esta gente es muy pacientosa, ¡venga!

El señor Benigno caminaba muy rápido, yo me avergonzaba de mi torpeza, Benigno había construido una red de túneles, escaleras y refugios. A eso iba a Lima, a estudiar cómo sobrevivíamos, desde las alturas vimos un Chiclayo caótico, sirenas, altavoces, gruñidos de horror, apagón, disparos…

-¡Entra acá!

En su refugio me dio de comer, miré: comida almacenada, velas, mapas, puertas aseguradas, túneles, me sentí de pronto en Lima y agradecí el ambiente familiar.

-Número uno: deje de buscarla, pocos se salvarán esta noche, ¿sabe que es irreversible, no?

-Sí, lo sé, nunca se ha sabido de que se cure una epidemia zombi, ni en libros o películas hay solución. Es inimaginable. ¿Cómo lo predijo?

-Con ese libro -dijo mirando el libro en mis manos. Me avergoncé.

-Venía a devolvérselo. ¿Cómo pudo entenderlos? La ciencia no ha podido.

-Uso algo opuesto a la ciencia: la dialéctica, ¡habrá leído!

-Sí, pero no entendí mucho -le confieso señor Benigno.

-Ustedes leen solo para entretenerse, nosotros leíamos para aprender. Se lo explicaré. Primero, la ley de la unidad y lucha de contrarios: los zombis son seres dialécticos, vivos y muertos al mismo tiempo. Además, son humanos, no hay zombis de animales, encerramos dentro el germen de nuestro antagónico.

-¿De dónde salieron?

- ¡Debió estudiar este libro!, ustedes solo leen cosas vacías, literatura para analfabetos.

-Eso es contradictorio.

-Como este mundo, hijo. A los zombis los creo el capitalismo, segunda ley dialéctica: los cambios cuantitativos dan cambios cualitativos. La gente en el capitalismo ha perdido su individualidad, su conciencia, su vida, el zombi es eso, tras un salto cualitativo. El individualismo vuelve enemigos a los hombres, les roba el alma, el salto cualitativo del proletario al zombi era inevitable, pero todos ya eran en parte zombis. La burguesía creo humanos resignados, sin alma, esclavos, pero su creación se salió de control y ahora la destruyó, ya no hay burguesía, se la comieron los zombis. Todo crea su antagónico. El capitalismo creó a su verdugo también.

 

Deliraba, pero debía haber algo de cierto en sus palabras, pues él estaba a salvo y en un refugio mientras el resto de Chiclayo moría a dentelladas.

-¿Cómo derrotarlos, señor Benigno? ¿Cómo volver a lo de antes?

-No se podrá. Tercer principio de la dialéctica: negación de la negación, a algo lo derrota su contrario, y a este su propio contrario, pero no se regresa al principio, los zombis son la antítesis de los humanos y los acabaran, si algo los puede combatir será otra cosa, opuesta a ellos, pero no hay retrocesos en la historia. Ellos han ganado, solo queda soportarlos, debe venir una tercera cosa, pero no será ni humano ni zombi…

Me consterné. Empezaba a creerle.

-Tenga fe, ningún cambio en la historia es definitivo, la historia tiene una creatividad infinita. Yo saldré, ubicaré un bus que le lleve a su tierra y volveré para embarcarle. Siempre tenga la puerta cerrada.

Se fue, quedé helado, estaba loco pero su locura era consistente… Cogí el libro:

 

Tercera ley. La dialéctica no se mueve en círculo, asciende. En la fase superior repetimos algunos rasgos de la fase inferior… pero no es un verdadero regreso...

 

No entendí mucho, pero algo capté, debía esperar, aunque pensé en… él. Esta noche moriría o se convertiría en esas cosas, solo hoy yo podía salvarlo.

-No tuve el valor de tenerte… para que me pertenezcas debo dejar de ser yo… -dije en un susurro.

Así que cuando el señor Benigno regresó, no me encontró. La gente estaría encerrada en el Coliseo, ahí debería llegar, yo estaba acostumbrado a los zombis, pero esta ciudad no, las viviendas eran muy bajas, era inevitable pelear, nunca lo había hecho, pero algo cambiaba cualitativamente en mí.

Eran lentos, los derrotaría con su contrario: la velocidad. Corrí a toda prisa entre ellos, anhelaban nuestros cerebros porque carecían de mente: entonces solo la mente los vencería. Una mente llena no una vacía como la que siempre tuve. 

Así fui avanzando, un ruidoso helicóptero venía del coliseo cerrado disparándoles, error, morían si les daban en la cabeza, la mayoría solo se desparramaba creando una masa viva-muerta amorfa…

Llegué a las galerías de ropa frente al coliseo. Las cuadras eran cercanas una a otra pero no tanto como para saltar, el cableado era seguro, pero yo estaba muy gordo, aunque el cuerpo no era la salida, ni músculos ni agilidad… me volvía otro, acaso encerraba mi opuesto y este me iba tomando… un zombi es un ser dialectico, ¿cómo vencerlo? Está muerto, no lo puedes matar, está vivo, puede matarte… Un zombi es la negación de un humano, pero la negación de un zombi no era lo humano, eran cuerpo sin alma yo sería un alma sin cuerpo… Con esa clarividencia ya estaba dentro del coliseo. No podré explicárselos, no en términos humanos, que son sus términos para entender.

Había ya poca gente ahí, hallé a Vladimir el lustrabotas.

-¿Los demás?

-Los sacó el helicóptero, regresará una última vez por nosotros.

- ¿Has visto a…? -dije agarrándolo nervioso.

-Sí, acaba de irse ... de salvarse en el helicóptero.

- ¿Sabe que volví?

-Sí.

-Gracias –le dije con ganas de llorar.

El helicóptero se fue con los últimos refugiados, la ciudad se quedó sin humanos y llenándose de muertos vivos. Yo quede en el coliseo. No huiría.

Mañana te buscaría… ahora volveré al refugio de mi maestro.

***

Lo temía, había olvidado cerrar una puerta al salir. Benigno yacía muerto, no quiso ser un zombi y tuvo el valor de tomar la pastilla, como lo lamenté, por primera vez sentía compasión por alguien más que por mí, y comprensión, Benigno vio venir a los zombis, pero no imaginó que algo más podía nacer, cogí su libro.

Los limeños habíamos perdido toda relación con el ser que éramos antes, morimos socialmente, éramos objetos de otros, estábamos “alienados”, por eso no podríamos derrotarlos, pero la humanidad también cambiaría, era inevitable. La noche zombi devoraba el día humano, lo que seguía a la noche ya no era un amanecer, sería otra cosa. Me impuse que esa cosa sería yo.

No retornaría a Lima hasta encontrarle, y de hecho, pronto tendría éxito, por ahora saldría al campo, era lo más seguro, hundido en la noche enrumbé por un camino agrario, entré a un maizal, comería choclos crudos, debía disciplinar mi cuerpo, reducirlo al mínimo, solo sería mente. La Luna dibujaba siluetas plateadas de fondo negro, abrí una mazorca y entonces pasó por ahí, a través del follaje, acariciándolo con su suave piel y haciendo un agradable ruido. El zorrito otra vez.

Me miró, yo estaba viéndolo cuando lo hizo. Se alejó de mí como si una superstición le advirtiera del peligro de ser mirado por esa nueva forma de vida que ahora era yo. Y regresó a la inmutable eternidad a la que pertenecía.

 

Mg. LUIS BERTRAND ARBAIZA ESCALANTE. Nació el 20 junio de 1973. Biólogo con mención en genética por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Magíster en filosofía con mención en epistemología por la UNMSM, ha escrito la saga de novelas de ciencia ficción dura: Thecnetos1: Los últimos días del universo,  Thecnetos 2: Las dos teologías de la Vida y Thecnetos 3: Textos apócrifos sobre el tiempo. Ha dictado cátedra de en la facultad de medicina de la UNMSM y de Odontología en la USMP. Ensayista mantiene el blog: http://luisarbaizaescalante.blogspot.com/

y divulgador científico con el canal de youtube:

https://www.youtube.com/channel/UCIsgbH3UaMTkxFOWgEzV-nA