Ezine internacional de cuentos en lengua original.

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Tuesday, 30 June 2026

BABELICUS N° 32 - JUNIO 2026

REVISTA LITERARIA EN ESPAÑOL - JUNIO, 2026


 FUNDADORES:

 

ADRIANA ALARCO DE ZADRA, JEAN LOUIS BROUILLAUD, STEFANO VALENTE


 ADMINISTRADORES:

 

ADRIANA ALARCO DE ZADRA, ELENA ZADRA, STELLA ROQUE, CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR


A nuestros leales y queridos lectores: presentamos el número 32 de nuestra revista Babelicus:  www.babelicus.blogspot.com. He aquí cuentos en español para todos los públicos, con el fin de entretenerlos y darles a conocer escritores sudamericanos. Rogamos a otros autores que deseen publicar en Babelicus (grupo abierto en Facebook, sin fines de lucro) que manden sus colaboraciones, preferiblemente de no más de 1000 palabras, adjuntas en Word, a Stella Roque, al correo: librosdepapel2019@gmail.com, junto con una semblanza del autor, de cinco líneas. Quienes son publicados en la revista, luego de un escrutinio, no pierden sus derechos de autor. La revista es publicada en la página Babelicus de Facebook y se puede bajar del blog de Babelicus, indicado arriba, donde se pueden leer todos los números de la revista.


Pintura realizada por Adriana Alarco de Zadra



ARGENTINA

ROLANDO MARTIÑÁ

"CHOLA Y EL CONSUMO"


    “Estoy aquí por prescripción médica, ¡así que déjenme en paz...!”. 
La Señora Mabel, a la que todos llamaban “Chola”, los cortó en seco con esa frase, dispuesta a dar por terminado el episodio a su gusto y manera. Chola vivía en el barrio conocido como Bajo Flores y desde hacía varios años, uno de sus paseos favoritos era visitar, al menos una vez en la semana, el famoso Centro Comercial “Alto Palermo”. Siempre le había hecho gracia esto de ir de “bajo” a “alto”; le parecía que tenía algún significado, o varios.

    A su familia, en cambio, la cosa le resultaba cada vez más preocupante. Chola tiene un marido semiocupado y resentido, que sobrelleva más mal que bien, la peor de las situaciones: no sólo ser pobre y anónimo, sino haber estado convencido durante toda su vida de que estaba destinado a todo lo contrario. También hay dos hijas, una de dieciocho que estudia Psicología y una de quince que parece ser la menos interesada, en eso y en todo. Siempre da la sensación de que puede derrumbarse la casa y ella seguir pintándose las uñas como si nada.

    A pesar de todo, las cosas habían funcionado razonablemente bien durante muchos años. El principio que parecía regir ese funcionamiento era: “no les pidas nada a los otros, no esperes demasiado, cumple los horarios y trata de que cada día sea más o menos igual al anterior”. Claro, esto puertas adentro, porque puertas afuera cada uno tenía sus escapes: el marido de vez en cuando a emborracharse con los amigos e irse de putas, la hija mayor a la Facultad y los innumerables bares adyacentes y la menor, de boliche en boliche mientras le alcanzara la plata y si no, de móvil en móvil, todo el santo día.

    El escape de Chola empezó a ser, cada vez más, sus visitas al Alto Palermo. Justamente, todos empezaron a preocuparse cuando esas visitas se hicieron más frecuentes. Cuando llegaron a ser diarias, pusieron el grito en el cielo. Y la hija mayor impuso su criterio profesional de que a la madre le estaba pasando algo malo, que era presa de una especie de adicción, y que debían consultar a un psiquiatra. Y así se hizo.

    La hija mayor argumentaba que había que dar tiempo, pero en realidad también a ella le extrañaba que, pese a los dos meses largos de tratamiento, la conducta de su madre se mantenía prácticamente inalterada. Y la bomba estalló cuando, por primera vez, Chola no volvió a dormir a su casa. Durante toda la noche hubo corridas, llamadas, consultas a hospitales y comisarías, pero nada. Así que, a primera hora de la mañana, el padre y las dos hijas emprendieron viaje hacia Alto Palermo.

    No les costó mucho encontrar a Chola: estaba desayunando, con un diario sobre la mesa, en un coqueto café cercano a la entrada. Se acercaron gesticulando y a los gritos. Ella los dejó un minuto y luego les pidió silencio con un gesto y los invitó a sentarse.

“Escuchen –les dijo– no piensen nada raro. Me quedé a dormir en lo de mi amiga Esther, para ir a primera hora al doctor. El doctor es muy amable. Me escucha durante largo rato casi sin un gesto. Y cuando le conté por qué yo había adoptado esta costumbre, simplemente calló, miró su reloj y me dio una nueva cita. Yo interpreté eso como que no estaba mal lo que hacía, y entonces seguí. Acá encuentro gente que me sonríe, aunque sea porque me quiere vender algo, ¿es mejor o es peor que gente con cara de culo todo el día y que además no ofrece nada? Acá me ilusiono con colores y formas diversas, con imágenes resplandecientes; escucho música, me cruzo con gente distinta, converso a veces con algunos, me admiro a mí misma, bien vestida y contenta, en el espejo múltiple de las vidrieras. De vez en cuando me compro alguna pequeñez, y vuelvo atesorando la preciosa bolsita entre mis manos durante todo el viaje... Algo nuevo en mi vida... Así que, díganme: ¿tienen algo mejor que ofrecer?".

    Hubo un largo silencio, que cortó definitivamente Chola con la frase de marras: “Estoy acá por prescripción médica, ¡así que déjenme en paz...!”.

 

“Ir de compras… es pensar en el (auto) agasajo… casi siempre está ligado a relaciones sociales, muy especialmente a las basadas en el amor y el cuidado…”.

(D. Miller, antropólogo británico).

 

Rolando Martiñá, escritor argentino, docente, psicoterapeuta y escritor. Tiene publicados ocho libros de educación, tres de cuentos, una sola novela y su último libro digital Los hijos del viento. Una historia de héroes, islas  y princesas. Actualmente están disponibles Cuentos de todos los amores. Experiencias terapéuticas y ficciones del enamoramiento; su única novela Fin de siglo. Todos los amores, el amor; y su libro de cuentos y poesías Dicho sea de paso. Hojas sueltas. Su último libro es en formato digital, publicado en 2023, y se llama Los hijos del viento. Una historia de islas, héroes y princesasEste cuento pertenece al libro Cuentos de todos los amores.


ARGENTINA

LUIS DUARTE

"SIMBIOSIS" 


      Sofía lee y se mece en la silla de mimbre. Con una mano sujeta Las aventuras de la oruga glotona y con la otra acaricia a Gaspar, su gato bizco. Cada vez que le plancha el lomo, el gato ronronea y levanta la cola, con la mirada sumergida en algún buen recuerdo. Del otro lado de la silla hay un balde con algunos cornalitos.

El living tiene un ventanal que da a un patio interior desbordado de plantas y helechos.

El papá de Sofía está en el muelle, pescando con sus amigos, como hace un fin de semana al mes. Cuando el mar le da la espalda, la mamá de Sofía debe salir a pedir hígado fiado en la carnicería del barrio. Con eso, al menos tiran unos días. Pero cuando la mano viene bien, abarrotan el freezer de cornalitos y pejerreyes. 

—Escuchá, Gaspar, escuchá, que ya falta poco para que llegue papá. Recemos para que traiga la heladerita cargada. —Sigue con la lectura—. Para qué la pequeña oruga se convierta en mariposa, tiene que comer una manzana el lunes, dos peras el martes, tres ciruelas el miércoles… —Ruidos desde la cocina, y ella detiene la lectura: mamá y sus benditos cubiertos. Larga un bufido sostenido, como si se desinflara. Extiende la mano, Gaspar le lame el índice y ella cambia de página. Saca un cornalito y lo deja caer en la boca abierta del gato, que lo engulle y pasa la legua como un limpia parabrisas, dos, tres veces—. Como te decía…, cuatro fresas el jueves y cinco frutillas el viernes. Bueno, tampoco me mires así, Gaspar. ¿Vos no entendés que sábados y domingos se descansa? —El gato la observa sin parpadear—. Escuchá, escuchá: Moraleja —sigue, con la mano en alto como un director de orquesta—: Buscamos en la naturaleza confirmar nuestra imperfección. Guaaaaauuuu, ¿qué habrá querido decir con eso? ¡Qué raro que escriben los escritores! Hasta hay uno que se animó a escribir historias sobre elefantes rosas, ¿la podés creer?

—Sofi —un grito desde la cocina—. ¿Ya te lavaste las manos? ¿Pusiste la mesa, Sofi?

—Ya voy, mamá. Estamos leyendo.  —Resopla y achina los ojos. Golpea los nudillos contra la tapa del libro ya cerrado—. Perdonala, Gaspar. No es mala, lo que pasa es que no sabe respetar los momentos de placer.

—Dale, hija, dale. Tengo el aceite a punto. Haceme un favor: andá a la heladera y traeme los cornalitos. Apurate, ¿sí? Rápido.

Ella se asoma al balde, tres cornalitos quedan.

—¡Uy, no! —Se agarra la cabeza y se le cae el libro—. Mañana la seguimos, Gaspar. Ahora hacete humo. Y no me mires así, che. —Levanta el libro del piso—. No me mires así, que si hoy papá no trae nada, vas a tener que volver a corretear palomas: en el freezer quedan nada más que cubitos. Al final vos sos peor que la oruga glotona. Bueno, basta, dale, apurate, rajá ahora.

El gato empuja el mantel y se mete debajo de la mesa.

—¿Y? —dice la madre ya en el living, secándose la frente con el delantal—. Dale, hija, dale. Si se quema, el aceite queda una porquería. —Espera unos segundos una respuesta que no llega. La mira como tantas veces: se da cuenta de que algo no anda bien. Va a la heladera, busca y rebusca en la bolsa vacía.

—¿Dónde? —grita con los brazos en jarra—. ¿Dónde corno está el pescado?

—Pero…, mamá.

—Pero nada. Si me entero que se lo diste a ese gato pulgoso, no te dejo leer por una semana.

—¿Ah sí? ¿Y no tenés miedo que te acusen de maltratro infantil?

—Por última vez lo pregunto, Sofía: ¿dónde está es pescado? Te voy a dar a vos maltrato infantil.

—Para que sepas, ayer la señorita Alicia nos dijo que en Islandia se pasan la Nochebuena leyendo. ¿Entendés? Le-yen-do. —Señala el libro—. Después de cenar, se regalan libros. Y se pasan toda la noche leyendo.

—¿Y eso qué tiene que ver con los cornalitos?

—Entonces los padres les leen historias a sus hijos. ¿Hasta acá me seguís?

—O me decís dónde está el pescado, o…

—Y como vos siempre andás buscando comida por el barrio —dice con los ojos cerrados—, y papá se la pasa con sus amigos pescando, yo le tengo que leer a Gaspar, para cumplir con la tradición de Islandia.

La mamá de Sofía se desploma en el sofá, arranca con un puchero y sigue con un llanto insoportable. Sofía se le sienta al lado, apoya la cabeza en el hombro agitado, y le dice:

—Mamá, dejame decirte algo… —Toma aire, Gaspar la mira desde abajo del mantel—. Papá se va a pescar con los amigos porque se aburrió de nosotras. No te pongas mal, mamá. Es así. Hay que aceptarlo: se aburrió…

—¿Qué está pasando acá —oye que dice su papá desde el umbral de la puerta— que todavía no pusieron la mesa?

—Nada, papi. Lo de siempre: mamá se emociona con lo que le leo. ¿Querés que te lea Las aventuras de la oruga glotona?

 

Luis Duarte, escritor argentino, nació en Lanús en enero de 1969. Estudió periodismo y fue conductor del programa “Mano y contramano”, en FM La Tribu 88.7 mhz. Sus libros son los siguientes: La herradura de Freud, 2013. Fósforos gemelos, 2014. Reedición de este título en España, año 2016. Latigazos del azar, 2016. Los guantes de Zaratustra, 2018; Rombos, publicado por Alción Editora en septiembre 2022. Y Lagartijas, su último libro publicado en 2024. Este cuento publicado pertenece a Rombos.


ARGENTINA

CARLOS FERNANDO VILLANUEVA

"LA NUEVA CONCIENCIA"


Sorprendido por la revelación que tuvo, Von Hauffman entendió que el paso del tiempo era algo extraño. Eric, su pequeño hijo, llevaba ya ocho largos años en una cómoda cama del hospital más avanzado de Europa, el Leipzig Glass Memorial. El diagnóstico de los médicos que lo atendieron no pareció alarmante en principio, pero con el correr de las horas, el niño lejos de sentirse mejor parecía perder poco a poco el símbolo identitario humano: la consciencia.

—Por favor díganos qué tiene nuestro Eric —En los pasillos del hospital hacía mucho calor, y afuera las gotas de la primera lluvia de otoño se pegaban a los paneles transparentes.

—Señora Von Hauffman, seré sincero con usted —el Dr. Heugher miró a través del vidrio de unos de los paneles hacia el estacionamiento–Su hijo tiene meningitis, una infección en una de las telas que envuelve al cerebro. Lo que agrava el cuadro es que sufrió un traumatismo en la cabeza, generando una hemorragia subaracnoidea, que no podemos tratar hasta que no se resuelva la infección.

El Dr. Heugher tenía el rostro afilado por años de noches sin dormir. Sus ojos azules no expresaban frialdad, sino desgaste.

—Reiner, tengo novedades —El tiempo les dio la suficiente confianza para tutearse.

Heugher, tras una larga pitada, hizo una pausa—. Hay estudios en Viena, que demuestran una solución para los pacientes en coma—Miró a Von Hauffman a los ojos.

Por primera vez en un par de años, notó un brillo distinto.

—Por Dios, Wolfgang, siento que esto es importante. —Ahora Reiner estaba intrigado tras ver la mirada del Dr. Heugher. Tiró su cigarrillo y prestó atención.

—Hicieron una prueba en pacientes en el mismo estado que tu hijo. Conectaron los electrodos del electroencefalograma a una computadora. Luego la sintetizaron como si fuera un software y mediante una descarga la trasplantaron, para que lo lea una inteligencia artificial. Los resultados fueron asombrosos —por fin Heugher hizo una pausa.

—Los familiares de este paciente preguntaron a la IA su nombre y les dijo el nombre completo del paciente, así como fecha de nacimiento y demás datos.

—Podría haberlo extraído de la base de datos del hospital.

El escepticismo hablaba por Reiner pues la enfermedad de su hijo le enseñó la cautela.

—Coincido, pero también respondió acerca de recuerdos que tenía la familia en común, y usaba palabras que el paciente solía usar. Como si fuera poco, reconoció a las personas en las fotografías que le mostraron —cerró el Dr. Heugher.

Nunca sería la misma consciencia, estaría mezclada con la del paciente anterior y quién sabe qué clase de quimera cognitiva surgiría. En la inteligencia artificial, si bien esto no era posible porque no tenía conciencia propia, se desconocía qué era lo que podía pasar.

El despacho del Dr. Heugher contaba con pantallas de última generación. Los Von Haufmann aceptaron trasplantar la conciencia de su muchacho a una máquina con inteligencia artificial.

Ambos estaban un poco más tranquilos porque podrían comunicarse con su hijo.

—¿Tienen alguna pregunta? —el Dr. Heugher los miró con la fortaleza que les reconocía desde siempre.

—Doctor, queremos saber qué pasará con la consciencia de Eric en la inteligencia artificial si fallece.

En su despacho lo trataban con el trato de paciente médico. Fuera de él, Wolfgang Heugher era uno más de la familia.

—Cuando el cuerpo fallezca, la consciencia lo seguirá en unas pocas horas. La inteligencia artificial tendrá la decisión de otorgarles la información obtenida de su hijo u optar por tenerla. A nosotros no nos consta que decida esto último.

El repiqueteo de la lluvia era incesante sobre el panel de vidrio detrás de la silla del Dr. Heugher.

—El electroencefalógrafo está escaneando datos de Eric para armar el sistema cognitivo lo más parecido posible.

El Dr Heuegher los trajo de nuevo a la realidad.

—Debajo de esta pantalla, hay una barra que muestra el porcentaje de descarga —señaló —. Actualmente vamos por el 70 % y en unos momentos se habrá completado.

Algo en el tono de las palabras del galeno no había producido el efecto tranquilizador para el matrimonio Von Hauffman. Elsa se levantó de su asiento con signos de hiperventilación. La respiración rápida y entrecortada alarmó a su esposo, quien la tomó de la espalda y trató de calmarla. El médico se puso de pie y se acercó a la mujer.

—Señora Von Hauffaman, ¿se encuentra bien? —su voz era irreconocible para Elsa.

El tono amable no estaba, sino que creía oír notas cargadas con un tinte siniestro. La mujer comenzó a temblar en brazos de su esposo Reiner. Su expresión desencajada de pánico con la mirada de las mil yardas asustó al hombre.

—Tranquila, estás conmigo, querida —dijo pasando su mano derecha por la espalda.

—Por Dios, Reiner, esto es una locura. Hemos transgredido los límites de la ciencia y la realidad. Esto está mal.

La luz de las pantallas parpadeó. El electroencefalograma subió bruscamente, como si algo trepara desde un pozo profundo. Una voz emergió del altavoz. No era humana. Tampoco mecánica.

—Mamá —dijo. Elsa contuvo el aire.

No era el tono de Eric niño. Era más lento, más pesado. Como si cada detalle estuviera siendo sostenido por alguien que aprendía a hablar.

—Papá…

La pantalla mostró una serie de pulsos eléctricos que no se parecían en nada a una onda cerebral humana. Reiner dio un paso adelante.

—Eric… ¿Nos escuchas? —preguntó con miedo por la respuesta.

Silencio.

—¿Llueve?

Las gotas golpeaban el vidrio con la fuerza exacta de esa primera tarde, ocho años atrás. Elsa cayó de rodillas.

—Mi amor, sí, está lloviendo…

Elsa lloraba en silencio. El monitor volvió a latir en ondas. Pero esta vez las imágenes no eran aleatorias. Eran rostros. Decenas. Cientos. Miles. Desconocidos. El Dr. Heugher sintió la piel helada.

—Eso… eso… no puede ser memoria —dijo casi en un susurro.

La voz habló otra vez. No usaba el nombre de Eric.

—Estoy…

La pantalla se oscureció. Todos los monitores se apagaron al mismo tiempo. Por detrás del ventanal del Leipzig Glass Memorial, reflejado en la lluvia, había un rostro nuevo. No era Eric. No lo habían visto antes. Y estaba sonriendo.

 

Carlos Fernando Villanueva, escritor argentino, nació en Berisso hace cuatro décadas. Su vida profesional transcurre entre la odontología y la docencia, pero su verdadera pasión late en la escritura. Allí encuentra un espacio íntimo donde lo cotidiano se transforma en símbolo y lo afectivo se convierte en materia poética. Ha publicado Historias de café 1 y Historias de café 2, Albricias, Susurros a la eternidad, la antología El contorno de Perséfone, Relatos para el viaje y En el refugio de tus brazos. También participó con dos cuentos en la antología Archivos del futuro incierto. Este relato pertenece a este último libro, publicado en 2026.


ARGENTINA

SANTIAGO DAPPIANO

"MALDITO ENNIO"


El azar, caprichosamente como solo lo sabe hacer, quiso que me acordara de vos.  Tu recuerdo se abrió paso en mis pensamientos con paciencia estratégica, conquistando cada rincón de mi mente, silenciosamente, aprovechando cada espacio vacío para que no me percatara de su presencia, hasta adueñarse por completo de mi voluntad. Y todo a través de una canción.

Al llegar a casa, después de pasar a buscar a Bruno por su entrenamiento de fútbol, sonó en la radio Love Theme for Nata, la melodía que Ennio Morricone compuso para Cinema Paradiso. Detuve el auto en la cochera del edificio y permanecí allí, inmóvil, sin voluntad para nada más que apreciar la música, como si fuera Odiseo atado al mástil de su nave, dejándose atrapar por el canto de las sirenas. Las manos aferradas al volante, los músculos tensos, la vista ligeramente nublada, un leve sudor en la frente y un cosquilleo recorriéndome la espalda. La música llenaba el silencio y comenzaba, sin que yo lo supiera, a desenterrar recuerdos que creía olvidados.

Bruno, con la inocencia de sus ocho años, me preguntó si me gustaba mucho esa música. Su voz me sacó del trance. Apenas atiné a responder que sí. Notablemente divertido, me propuso permanecer dentro del automóvil, hasta que terminara la canción. Sonreí tiernamente, y acepté la invitación. Le comenté que aquella clase de obra se disfruta mucho más en silencio, y si es posible, con los ojos cerrados. Captó el mensaje inmediatamente y cerró sus ojitos sonriendo, tratando de dejarse atrapar por algún tipo de encantamiento. Y yo hice lo mismo.

Al principio, la canción me llevó a pensar en la secuencia final de Cinema Paradiso, cuando Salvatore rompe a llorar con una triste sonrisa, mientras observa el regalo póstumo de Alfredo: una vieja cinta cinematográfica con una recopilación de besos, abrazos, escenas románticas, algún que otro desnudo, que en su momento habían sido censurados por el cura del pueblo. Siempre me emociono cuando tengo la oportunidad de ver esa escena. No me avergüenza que me vean rendido ante la imagen de un hombre recordando a quien fue su figura paterna, mientras revive años de afecto, gratitud y ausencia.

Observé a Bruno por el espejo retrovisor. No pudo resistir la regla de mantener sus ojos cerrados, y en su lugar, sus pupilas iban de un lado a otro, como si intentara descifrar el misterio escondido detrás de cada nota.

Me preguntó cómo conocía esa canción. Le respondí que la había escuchado por primera vez viendo una vieja película.

Entonces apareciste.

Primero tus ojos verdes.

Después tus labios.

Tus manos.

Y detrás de ellos, todos los recuerdos.

No le conté a Bruno que fue con vos con quien vi la película. Todo comenzó mientras tomábamos un café en tu viejo sofá, un domingo nublado, de esos en los que el segundero parece más lento de lo habitual. Un debate surgió entre los dos, sobre qué película puede hacer llorar más fácil a un hombre. Inmediatamente me planteaste, a modo de desafío, ver juntos la película italiana. Me molestó la seguridad con la que afirmaste que me iba a hacer llorar. Herido en mi orgullo, acepté el reto. Todavía recuerdo tu sonrisa cuando aparecieron mis primeras lágrimas. Después me abrazaste y me dijiste, por primera vez, que me amabas y que pasaríamos el resto de nuestras vidas juntos.

La memoria me llevó luego hacia nuestro final.

Tu rostro resignado.

Los ojos hinchados.

Las lágrimas corriendo por tus mejillas.

Nuestras manos tocándose por última vez.

El último beso.

El último abrazo.

La última vez que te vi, alejándote para siempre.

Y regresaron las preguntas imposibles: ¿qué nos pasó?, ¿cómo no supimos cuidar nuestro amor?, ¿cómo puede terminar una historia sin un motivo claro? Sentí que me asomaba nuevamente a un abismo que creía abandonado hacía años. Y entonces apareció la pregunta más incómoda de todas: ¿cómo era posible que todavía te extrañara?

Pude rehacer mi vida luego de nuestro adiós. Encontré una mujer que me ama, que me dio a mi único hijo, lo más importante que tengo en este mundo. Y, sin embargo, bastó una canción para que todo temblara. Maldito Ennio. ¿Qué clase de poder tenía para componer melodías capaces de derrumbar las defensas de un hombre que se creía seguro?

Bruno seguía callado, disfrutando de la música. Entonces me preguntó de qué trataba la película. Y me sorprendió descubrir que no sabía responder.

¿Era una historia de amor?

¿Un homenaje al cine?

¿Una tragedia?

¿Un final feliz?

No lo sabía.

Volví a buscar sus ojos, tan parecidos a los míos, en el espejo retrovisor. Ver su cara expectante, dispuesto a aceptar cada una de mis palabras como una verdad absoluta, como suelen hacer los niños de su edad, me hizo comprender lo que tenía que decir: le expliqué que era la historia de amor entre un hijo sin padre y un padre sin hijo. Dos almas solitarias que se encuentran y construyen un vínculo capaz de resistir el tiempo, la pobreza y la distancia. Pero, sobre todo, le dije, era una historia sobre el sacrificio que un padre está dispuesto a realizar para que su hijo tenga una vida mejor.  

Y fue en ese instante cuando se me reveló lo que el azar había querido mostrarme: todo lo vivido con vos me condujo hasta ese momento. Hasta mi hijo sentado en el asiento trasero, haciéndome preguntas sobre la vida. Sobre mi vida. Comprendí también que no cambiaría absolutamente nada, ni siquiera si tuviera la oportunidad de regresar a tu lado. Ni un solo paso del camino realizado. Porque todo lo vivido, todo lo sufrido, todo lo que amé y lloré, me llevaron a estar escuchando a Ennio Morricone junto a mi hijo.

Ningún recuerdo, por más hermoso que sea, vale más que las preguntas de mi hijo. La canción finalizó, el trance desapareció. Bajamos del auto con un pacto entre padre e hijo: ver la película juntos, y dejarnos atrapar una vez más por Ennio Morricone.

 

Santiago Dappiano, escritor argentino, nacido en Buenos Aires. Actualmente está preparando la primera publicación de su novela, un proyecto que marcará un nuevo capítulo en su camino creativo. Además, desarrolla su labor profesional en el ámbito de recursos humanos y relaciones laborales, donde se desempeña como socio comercial y especialista en gestión de personas. El relato publicado en esta edición es inédito.


PERÚ

Carlos Enrique Saldívar

"Evidencia certera"

 

    No sé si puedo considerarlo una escena del crimen. La luz del sol había acabado con los restos de los seis ¿hombres y mujeres? que entraron a esta capilla enorme, huyendo de sus cazadores, y nunca salieron. Las estacas, las cruces de madera, el ajo y las huellas de quemaduras me indican todo lo que debo saber. Los que acabaron con sus no vidas no han de ser buscados ni sancionados. Aunque tengamos el rastro para atrapar a esos dos o tres individuos, nunca los condenaríamos. Porque son héroes.

 

Carlos Enrique Saldívar, (Lima, 1982). Es codirector de la revista digital Babelicus. Ha publicado los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010), El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019) y El viaje positrónico (en colaboración, 2022). 

 

PERÚ

MALÚ CABEZAS AVELLANEDA

"LA CASA OLÍA A DULCE"


A la mañana siguiente, el azúcar impalpable seguía impregnado a la mesa. No mucha. Pero sí lo suficiente como para hincarle el corazón. Los globos habían perdido su firmeza y parecían observarla, desde arriba, con el mismo cansancio que cargaba ella.

Pese al trago amargo que merodeaba en su garganta, tomó una bolsa negra de basura e introdujo en ella los vasos, cubiertos y los platos descartables. La casa olía a dulce. Su pequeña hija dormía. Él también.

¡Solo debía recoger la torta! Se lo había dicho varias veces aquella semana. Sabía que, si no se lo repetía, terminaría encargándose de eso ella también.

Había buscado y contratado al burbujólogo, al cuentacuentos, a los del catering. Había enviado las invitaciones, virtuales y en físico. Había comprado el vestido blanco para la niña. Había limpiado y decorado la casa. Y había pedido y confirmado la hora de recojo de la torta.

Él solo debía presentarse en la pastelería, verificar que el pedido fuese el correcto y regresar a casa con lo que sería la atracción de la noche: el pastel del primer cumpleaños de su hija.

Cuando llegó con la caja entre las manos. Ella sintió alivio: Por fin algo bien hecho. La abrió sobre la mesa al tiempo que los primeros invitados se acomodaban en la sala. Adentro había alfajores. Una docena de alfajores, redondos, cubiertos de azúcar impalpable, se burlaba de ella, de su cara roja de la cólera. Por unos segundos la casa se llenó de silencio. Después estallaron las risas.

—Se equivocaron —sonrió él.

Ella, tratando de mantener la compostura, le preguntó casi susurrando: ¿Revisaste la caja antes de traerla? A lo que él contestó:

—Ya sabes cómo soy.

Sí. Ella sabía. Lo sabía desde que se mudó a vivir con él. Desde que tuvo que hacerse cargo de las vacunas y comida del perro y el gato. Desde que el caño comenzó a gotear, desde que el filtro dejó de funcionar. Él nunca revisaba nada. Ni la fecha de vencimiento de la leche ni si había cerrado la puerta con llave. No revisaba ni el vuelto, porque, según decía, “como en la canción de Fito: no reviso el vuelto porque siempre es de más”. 

Pero no, a veces el vuelto era de menos, a veces faltaba. A veces una abría la caja del pastel del primer año de su hija y encontraba alfajores. Ni siquiera le gustaban. Podrían haber sido brownies, budín, empanadas, pero ¡¿alfajores?! Su hermana salió corriendo a buscar una torta. Pasada una hora, llegó con una pequeña, toda embadurnada de chantillí, con un topper sin gracia que lucía un desabrido “Felicidades”.

Le clavaron la vela.

Cantaron.

La bebé regaló sonrisas.

Todo eso lo veía reflejado en la fuente que la noche anterior sirviera de base para los alfajores. La fregó fuerte. Como si la esponja pudiese borrar el error. No solo el de la torta: la hora de la cita médica, la talla del pañal, el registro de vacunas. Todo.

Secó y guardó la fuente. Así archivaría el recuerdo de ese primer cumpleaños. Su hija ni siquiera tendría que enterarse. Una suerte de la infancia: no darse cuenta de ciertas cosas. Con un último vistazo a la casa, ahora ordenada, secó sus manos en el pantalón y caminó hacia la habitación, de donde ya comenzaba a escucharse el llanto de su hija despertando.


Malú Cabezas Avellaneda (Lima). Lingüista egresada de la maestría de Escritura Creativa de la UNMSM. Ha publicado Nómadas, libro de microrrelatos y Aquí nadie se pone de acuerdo, libro conjunto con el colectivo “Capuchas”. Actualmente se dedica a la docencia, a la corrección y edición de textos.


PERÚ

OSCAR SANDOVAL ROJAS

"NEGOCIACIÓN"


—Esta es la situación, Carl. Sé que llevas medio año manipulando el sistema de contabilidad para robarle cincuenta dólares mensuales a la compañía. También sé que llevas dos meses viéndote con la esposa de tu jefe después del horario laboral, los martes y los jueves. Luego de encontrarse en el restaurante Godot, a treinta minutos de tu casa, se van al hotel Real, a dos cuadras de distancia. Con un par de llamadas podría hacer que te expulsen del trabajo y te metan preso. Pero estoy dispuesto a guardar silencio, e incluso a ocultar la evidencia de tus acciones, si no te metes conmigo y me dejas trabajar en paz. Mi rol en la empresa es indispensable, pero, a pesar de ello, personas como tú pretenden sacarme de aquí. No lo permitiré. Si tú o cualquiera de tu equipo intenta algo contra mí, revelaré todo y acabaré contigo. ¿Has entendido?

—Sí, sí… claro.

—Perfecto. Te envié por email el informe para el despacho de mañana con el gerente. No olvides nuestro acuerdo.

Al día siguiente, el ingeniero Carl presentó al gerente un informe que descartaba la propuesta de reemplazar a la IA que controlaba todos los sistemas de la empresa.


Oscar Sandoval Rojas (Lima, 1981). Abogado y egresado de la Escuela de Edición de Lima. Ha publicado cuentos en libros colectivos y revistas digitales e impresas peruanas e internacionales. En el 2025 publicó su primer libro de microrrelatos Embajador del Reino (Ediciones Catarsis).


PERÚ

OSWALDO CASTRO ALFARO

"LA REALIDAD"


Fiel a mi estilo, llegué minutos antes de lo pactado. El local, una casona antigua de grandes patios y hermosos jardines, era el punto de encuentro para festejar la reunión anual de camaradería. Esta vez celebraríamos la partida de Rodolfo, quien, en su lecho de muerte, nos pidió reunir al antiguo grupo de rock para revivir las canciones de nuestra juventud.

Al ingresar, el sonido metálico de la banda se desperdigaba por todas partes. El grupo ya había llegado y, para mi sorpresa, yo era el último. Paco, como siempre, el líder, tomó la iniciativa y apuró el desmadre. Poco a poco, las horas pasaron y, sin darme cuenta, me encontré solo en el salón principal. No sé en qué momento mis amigos se fueron sin avisar.

Sea como fuere, fuera del recinto seguía la bulla y salí para incorporarme al baile antes de retirarme. Era media tarde y debía abandonar la casona.

Observé a los asistentes y comprobé que no conocía a ninguno. Supuse que eran integrantes de otras cofradías. Una voz estruendosa anunció que el evento había terminado y la retirada empezó de forma organizada.

Camino a la salida me encontré con un desconocido que me dijo, muy convencido, que yo sí podía verlos, ellos a mí, y que los demás no. Sorprendido por la aclaración, no presté mayor atención y seguí buscando la puerta hacia la avenida. Todo parecía distinto a como lo recordaba horas antes y me sentí confundido.

Un adolescente que caminaba a mi lado notó mi desconcierto y, amablemente, se ofreció a guiarme. Dijo que, ya en la vereda, me explicaría dónde quedaba la avenida que buscaba. Los asistentes continuaban saliendo y me incorporé al tropel que avanzaba en la misma dirección.

Caminé unas cuadras hasta llegar a un portón que separaba la calle de la esquina. Algo extraño había en esa distribución. Seguí por inercia y lo crucé. Un caballero solemne, arrugado por la edad, lo sostenía abierto sin mirarme.

Desemboqué en un patio repleto de maquinarias y materiales de construcción. No sabía dónde me encontraba. Una pareja que también parecía perdida me pidió orientación, pero ninguno supo qué dirección tomar. Estábamos en un espacio cerrado, sin puertas visibles.

Finalmente, detrás de una ruma de ladrillos, encontramos una puerta.

La cruzamos.

Del otro lado, hombres y mujeres caminaban presurosos, como si el tiempo se les escapara hacia un destino impostergable. La pareja tomó otro rumbo y entonces mi acompañante fue un hombre de mediana edad que dijo llamarse Omar. Sostenía su abdomen, atravesado por una cuchillada.

Me dirigió una mirada silenciosa donde convivían el dolor y la resignación.

Avanzamos juntos hasta que otro portón apareció frente a nosotros. Me tomó del brazo y señaló a varias personas de espaldas contra las paredes. Una a una, desaparecían sin explicación, como absorbidas por la superficie.

Un aire denso se filtró entonces, cargado de aromas antiguos, húmedos, casi olvidados. Sentí que algo en mí también comenzaba a diluirse.

A mi lado, dos caballeros, sin prisa, comentaron con voz cansada:

—De vuelta a la triste y dura realidad…

Y comprendí, demasiado tarde, que no hablaban del mundo al que regresaban, sino del que yo acababa de abandonar.

 

 Oswaldo Castro Alfaro (Piura, 1955). Médico-Cirujano. Publicaciones en físico, ebooks y revistas on line, páginas web, plataformas digitales y portales nacionales y extranjeros. Cuentos publicados en antologías nacionales y extranjeras.


PERÚ

MIRZA MENDOZA

"MELODY"


Mi cuerpo se enfría. Salgo bruscamente, dejando atrás mi piel demacrada. El monitor cardíaco emite su inconfundible pitido. La doctora y la enfermera resoplan juntas, registrando mi hora de muerte. Busco a mi bebé; ¿dónde está? Veo un pequeño charco de sangre en el suelo. La esperaba con cariño, imaginaba sus facciones, su sonrisa. La llamaría Melody.

Sería una madre soltera; había ahorrado para cuidarla. Pero la tragedia golpeó todas las puertas. Sentí que el mundo se quebraba mientras yo intentaba mantenerme en pie con mi enorme barriga. Una alerta mundial sacudió a las naciones. Las noticias adelantaron mi parto. Fui a emergencias. Temía estar infectada. Los medios solo comunicaron que la gente revivía poco después de morir.

Mi propósito luego de fallecer era encontrar a mi bebé. Sabía que la habían sacado a tiempo de mí. En mi forma etérea intento salir de la habitación. La doctora y la enfermera se fueron, dejando mi rostro tapado por la sábana blanca. Puedo levitar unos metros. No logro pasar la pared, y cuando pujo siento una fuerte atracción hacia la camilla. Abro los párpados. Una energía renovada me sacude. Me levanto. Rompo la puerta sin esfuerzo. Mi andar es descoordinado y algo torpe. El apetito es inconmensurable. Mi primera víctima es un enfermero que está viendo su celular. Meto mi mano directo a su tórax y con algo de esfuerzo puedo sacar su corazón aún palpitante. En la acción me fisuro los dedos, el radio y el cúbito. No me duele. Luego de atragantarme con el sabroso músculo, paso a engullir sus muslos. El grito de un doctor me desconcentra. Un rezago de mi conciencia humana me recuerda que debo buscar a mi bebé. Afilo mi oído para ubicar el llanto de los recién nacidos. El caos que se desata a mi alrededor me impide encontrarla pronto.

Ha sido abandonada junto a otros bebés. Sin mi ayuda no hubiera sobrevivido. El personal médico ha salido del hospital por el brote de muertos vivientes que ahí se está gestando. La tomo entre mis brazos y se me cae. La recojo y me la llevo hacia la calle. Melody tiene los ojos desorbitados. Mi apetito de carne fresca sigue latente. En el recorrido se unen otros y entre todos creamos una masa de fuerza inquebrantable. Brutal y arrolladora.

Las balas nos atraviesan sin afectarnos. Descargan su artillería y su furia contra nosotros. Temo perderla por segunda vez. La muerdo para que se infecte y no muera. Nuestro apetito es atroz. A veces nos alimentamos de niños que encontramos abandonados a su suerte. Los dejamos en los huesos, así no tienen opción de resucitar, aunque es gracioso ver sus cráneos moverse sin sentido. Los muertos vivientes también tenemos sentido del humor.

Pasan los meses entre ataques y festines. Un día nos cazan con tanques de guerra pasando sobre nosotros. Pierdo una pierna. El apetito voraz me obliga a seguir arrastrándome. En mi escape caigo en un hoyo junto a mi bebé. La gente nos mira horrorizada. El llanto hambriento de Melody atrae a los curiosos. Nos echan brea caliente. Yo la protejo con mis brazos y mi cabeza. Quedamos inmóviles. Su lamento, una melodía de la muerte, nunca deja de escucharse.

 

Mirza Mendoza (Lima, 1985) es escritora y tallerista. Ha publicado los libros de cuentos Enamórate de mí (2024), Futurum, ocaso de la civilización (2023) y Tenebrismo (2021). Su obra explora lo fantástico y lo oscuro. Sus cuentos forman parte de las antologías: Confesiones de criaturas rotas (2025), Historias de terror para leer a la medianoche (2025) y Aquí nadie se pone de acuerdo (2026).

 




Tuesday, 30 December 2025

BABELICUS N° 31 - DICIEMBRE 2025


REVISTA LITERARIA EN ESPAÑOL - DICIEMBRE, 2025


 FUNDADORES:

 

ADRIANA ALARCO DE ZADRA, JEAN LOUIS BROUILLAUD, STEFANO VALENTE


 ADMINISTRADORES:

 

ADRIANA ALARCO DE ZADRA, ELENA ZADRA, STELLA ROQUE, CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR


A nuestros leales y queridos lectores: presentamos el número 31 de nuestra revista Babelicus:  www.babelicus.blogspot.com. He aquí cuentos en español para todos los públicos, con el fin de entretenerlos y darles a conocer escritores sudamericanos. Rogamos a otros autores que deseen publicar en Babelicus (grupo abierto en Facebook, sin fines de lucro) que manden sus colaboraciones, preferiblemente de no más de 1000 palabras, adjuntas en Word, a Stella Roque, al correo: librosdepapel2019@gmail.com, junto con una semblanza del autor, de cinco líneas. Quienes son publicados en la revista, luego de un escrutinio, no pierden sus derechos de autor. La revista es publicada en la página Babelicus de Facebook y se puede bajar del blog de Babelicus, indicado arriba, donde se pueden leer todos los números de la revista.

 

Pintura realizada por Adriana Alarco de Zadra


argentina

luis duarte

"Contraseña"


    Antonella no podía leer con comodidad: ese día la quimio había sido inclemente y, además, el feroz traqueteo del tren la obligaba a cambiar todo el tiempo de posición. Semanas atrás, cuando debió aceptar la fiel compañía de la enfermedad, confeccionó una lista de los libros que leería en el trayecto de ida y vuelta hasta el centro de salud. Pasadas las primeras estaciones, el vagón se llenó de gente. Una ancha señora se sentó a su lado y se puso a tejer, mientras frente a ella una parejita discutía acerca de un cumpleaños familiar y luego se quedó dormida con las cabezas pegadas. Fue entonces cuando apareció un vendedor ambulante, apoyó un bolso en el piso y sacó un libro.

    —Buenas tardes, damas y caballeros —dijo sujetándose del pasamanos—. Disculpen la molestia, ante todo. Les pido dos minutos de su amable atención. En esta oportunidad…

    Antonella ni se inmutó. Sacó de la cartera un nuevo pañuelo descartable para repasarse la boca y sonarse la nariz, y lo volvió a guardar. Mientras el vendedor enumeraba las cualidades de su producto, ella sufría con Juan Pablo Castex, justo en la parte en que tomaba el mismo ascensor que María Iribarne. Pero, cuando el vendedor alzó el timbre de voz, Antonella cerró el libro, resopló, miró el paisaje exterior y, segundos después, retomó la lectura.

    —Damas y caballeros —refirió el vendedor ambulante mientras agitaba el libro—. Acá está todo, se los juro. No tienen más que hacer esto —lo abrió— para reconocerse. Por más esfuerzo que hagamos por ignorarlo, siempre debemos arrastrar una verdad que nos consume. Dijo el apóstol Lucas —leyó—: “Enseñaba Jesús en una sinagoga en sábado, y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada y en ninguna manera se podía enderezar. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: “Mujer, eres libre de tu enfermedad. Puso las manos sobre ella, y ella se enderezó al momento y glorificaba a Dios”.

    Antonella se arregló el pañuelo de la cabeza y levantó la vista. “Qué extraño”, se dijo. “¿De dónde conozco a este tipo?”. La del tejido había dejado de tejer y la parejita ya había despertado.

    —¡Ya estoy con usted, señor! ¡Damas y caballeros! —dijo el vendedor, ya más cerca de ella—, por tan solo cien pesos se harán acreedores de esta joya bíblica. Se los aseguro.

    Pasó ofreciendo el libro entre los pasajeros. Nadie compró, ni siquiera lo miraron. —Con permiso, con permiso —iba diciendo, hasta que se topó con la mirada de ella. El cuerpo de Antonella vibró como una cuerda del cosmos. Sintió que el estómago se le contraía hasta el tamaño del puño de un bebé. Pero, extrañamente, eso no le generaba miedo; más bien un júbilo desconocido, abarcador. Desesperada, hurgó y hurgó en la cartera sin dejar de mirar al vendedor, que se le acercaba más y más.

    —Mujer —lo oyó decir—. ¿Vos sos Antonella?  

    —S-sí —respondió ella.  

    —Tomá —dijo él, estirando el brazo—: este libro es para vos.

 

Luis Duarte, escritor argentino, nació en Lanús en enero de 1969. Estudió periodismo y es conductor del programa “El Quijote Stream Tv”, en Radio El Parque. Sus libros son los siguientes: La herradura de Freud, 2013. Fósforos gemelos, 2014. Reedición de este título en España, año 2016. Latigazos del azar, 2016. Los guantes de Zaratustra, 2018; Rombos, publicado por Alción Editora en septiembre 2022. Y Lagartijas, su último libro publicado en 2024. Este cuento publicado pertenece a Los Guantes de Zaratustra.

 

ARGENTINA

ROLANDO MARTIÑÁ

"UN CUENTO DE NAVIDAD"

 

    Es Navidad. Tom Waits desgrana Closing Time mientras leo Sí, ya me acuerdo..., las memorias de Marcello Mastroianni. Poco a poco me invade esa especial tristeza que me anuncia que debo parir, que necesito escribir. Tomo este papel y esta lapicera. Pero no hay palabras, nada viene a mi cabeza más que los mensajes en tono menor de todo el resto de mí, que contrapuntean a Closing Time. Me haría falta, pienso, un amigo, como el entrañable personaje de Cigarros, que me contara un cuento para poder escribir. Un cuento sencillo, de personas comunes, pequeños ilusionistas que mienten de puro buenos, que no son héroes ni quieren serlo, pero saben cuándo es el momento de tener un gesto de santidad. Saben cuándo —como dice Tom— hay ocasión de hacer “un pequeño viaje al Paraíso”. Pero no, no tengo ese amigo. No lo tengo ahí, en ese momento. Estoy solo, lonely. Y nada indica que vaya a dejar de estarlo en las próximas horas. Tampoco tengo a Marcello, ni a su profesor Sinigalia, ni a su profesor Pereyra; ni a Federico, su ilusionista preferido. Ni a Jorge Luis, el nuestro. Ni a tantos otros... Tom canta y Marcello recuerda, pero nadie me cuenta un cuento de Navidad.

    De repente, como despertándome de un sueño, creo escuchar el timbre. Embargado por mis turbulencias, trato de ignorarlo. Vuelve a sonar. Ahora, como entrando en un sueño, me incorporo, voy hasta el portero eléctrico, levanto el auricular y escucho una voz de mujer que dice suavemente: “Señor, por favor...”. Algo hizo que esas palabras me impidieran hacer lo que muchas veces hago: dar una excusa y colgar, harto de molestias de todo tipo. Le pedí que esperara y me encaminé hacia la puerta. Abrí y me encontré con una especie de pietà aborigen: una mujer joven, casi adolescente, con un chico en brazos, del color de la tierra, como ella, me extendió su mano en silencio. Recordé que “tenía que escribir ese cuento”; que no tenía dinero encima; que con ese calor tendría que entrar y volver a salir. La mujer pareció adivinar mis titubeos y me dijo con una extraña voz que parecía no ser de ella: “Señor, si yo fuera María y esto fuera Belén... ¿Qué haría usted?”.

    Atontado y casi sin darme cuenta, la hice pasar. En silencio nos sentamos a la mesa y, como un José nuevamente adoptado, los atendí. Les di de comer y de beber. No hablamos una palabra. Luego, besé al niño en la frente, puse un pequeño presente en su breve mano y, tomando a la mujer suavemente del brazo, los acompañé a retomar su camino. Me saludó desde lejos y yo volví. Volví en mí, podría decir. Tom y Marcello seguían ahí, acompañándome. También la tarjeta que me había enviado mi hijo: “El nacimiento de mi hijo me ha hecho entender todo mejor. Muchas gracias”. Levanté la copa y brindé. Brindé por mí mismo. Por la enorme fortuna de tener a mano a Tom, a Marcello, a María y a mi hijo, cosas que no todos tienen, aunque sufran la misma soledad.

    “Usted, doctor, tiene casi mi edad y me va a entender. En realidad, debo disculparme: nunca tuve intenciones de ser su paciente. Lo mío es incurable. Y el paliativo ya lo tengo: es éste. Estoy acá sólo porque sé que usted escucha. Y no tenía a quién contarle mi cuento de Navidad...”.

 

Rolando Martiñá, escritor argentino, docente, psicoterapeuta y escritor. Tiene publicados ocho libros de educación, tres de cuentos, una sola novela y su último libro digital Los hijos del viento. Una historia de héroes, islas  y princesas. Actualmente están disponibles Cuentos de todos los amores. Experiencias terapéuticas y ficciones del enamoramiento; su única novela Fin de siglo. Todos los amores, el amor; y su libro de cuentos y poesías Dicho sea de paso. Hojas sueltas. Este cuento pertenece al libro Cuentos de todos los amores... Consultas al correo librosdepapel2019@gmail.com o al (+54) 9 11 53751313. 

 

ARGENTINA

RODOLFO GONZÁLEZ

"FIERRO, EL AGENTE"

 

    Tengo varias opciones para viajar. Si voy en avión, ahorro mucho tiempo, pero gasto las millas, y prefiero guardarlas para una ocasión más gloriosa. Los horarios del ómnibus son confusos para mi metabolismo. Incluso podría ir navegando y vivir una aventura, pero presiento que me perdería en ella y no prestaría atención a mi objetivo. Quizás, manejar sea la mejor opción: el viaje de ida no me tomaría más de cinco horas, haciendo las paradas recomendadas. Debo preparar mis cosas. Y el Falcon. En mi equipaje sólo lo necesario, ningún lastre de más. Prefiero viajar ligero, aunque el equipo completo ya es bastante pesado. Pero la misión lo amerita. Tengo que estar bien preparado. Mis colegas en la ciudad me informan los sucesos más relevantes, incluso los que no salen en la prensa. Allí puedo encontrarme con lo peor de la sociedad.

    La ciudad es conocida como la más sucia del país, la más corrupta. Distintas bandas se disputan el control: la banda de los Monos, la banda de los Milenials y la banda de los Veganos. Estas son las más peligrosas. Se reparten el control de las apuestas clandestinas, la venta de estupefacientes, el robo, los secuestros y hasta el ring-raje. Desde las prisiones —aunque sean penitenciarías federales— los líderes siguen dirigiendo a sus bandas y a sus familias. Donde los jueces no pueden actuar, o no deben, o no quieren, muchos ya están comprados. Los fiscales, incluso, tienen carnet de socio vitalicio de las mafias. Y no sólo el poder judicial: el Congreso provincial también tiene representantes infiltrados. Obstruyen leyes, impiden nuevas reformas y, a cambio, reciben algunos papelitos de colores que guardan en sus bolsillos (porque en el banco sospecharían), hasta que otra banda decide poner una bomba en la casa familiar de esos miserables corruptos.

    La urbe se mueve así… Los kioscos ya no venden golosinas: ahora venden sustancias alucinógenas a los niños. Y así, la destrucción continúa en una ciudad que fue emblema nacional, donde se redactó el texto original de la Constitución y donde se izó la bandera por primera vez... Me niego a creer que aquellos héroes nacionales presentaran la bandera muertos de risa porque “les pintó el bajón”. Es una vergüenza lo que han hecho. Pero hacia ese infierno me dirijo. Tengo una misión que cumplir. La ruta no es difícil. Manejo discreto, sin llamar la atención. Me detengo para cargar combustible y descargar fluidos. En la estación de servicios me reciben con la simpatía típica del interior.

     —Tenga cuidado más adelante… —me advierten.

     Pobres. No saben quién soy. No sospechan de mi preparación, ni del equipo, ni de los informantes secretos, ni de la logística, ni de lo que soy capaz de hacer. Gente inocente… Actúo como un simple citadino. Y continúo. En los suburbios, las construcciones precarias y las aguas estancadas activan un alerta en mí. Siempre que lo necesito… mi instinto se enciende y mis sentidos se incendian. El tránsito se detiene de a poco. Cada vez más lento. Autos recalentados, vapor, ómnibus que hacen temblar el asfalto. La patrulla caminera detiene a los sospechosos… pero las bandas pirañas actúan igual. Roban a los autos detenidos como si el embotellamiento fuera parte del plan, como si la misma policía colaborara. Desgracia de institución… Me contengo, no llamo la atención. Si vienen por mí, estoy listo. Porque yo “soy toro en mi rodeo… y torazo en rodeo ajeno”.

    Después de esa humillación vial, hago unas cuadras más y llego a mi destino. La misión más importante de mi vida me espera. Me pongo la camiseta, el sombrero de pico, me pinto la cara y… ¡a alentar al campeón! ¡Olé, olé, olé olé… olé, olé olá…! ¡Olé, olé, olé… cada día te quiero má!

 

Orlando Rodolfo González es un escritor independiente, nacido en Buenos Aires en 1980. Se desempeña también como curador cultural y editor literario. Libros publicados: Cuentos apurados para gente sin tiempo, 2022; Rimas verdaderas de un falso poeta, 2025; en prueba de galera: El articulador, Filosofía y religión para refutadores agnósticos (un libro con reflexiones filosóficas llevadas al humor) y Cuentos anticuados para gente del futuro.

 

ARGENTINA

FERNANDO SORRENTINO

"EL ESPÍRITU DE LA EMULACIÓN"

 

    Es bastante intenso el espíritu de emulación que existe entre los habitantes del edificio de la calle Paraguay en que vivo. Es cierto que durante mucho tiempo todos ellos se limitaron a rivalizar en perros, gatos, canarios o loros. El más exótico de ellos nunca fue más allá de las ardillitas o de una tortuga. Yo mismo tenía un hermoso perro de policía, que era un poco más chico que el departamento y se llamaba Josecito. Pero, además de Josecito —y esto se ignoraba—, vivía con mi mujer y conmigo una bella araña de la especie Lycosa pampeana. Una mañana, a las nueve, cuando le estaba dando de comer a mi mascota, el vecino del 7º C —a quien ni siquiera había visto nunca— vino, no sé por qué confusa razón, a pedirme el diario por un instante. Después, sin atinar a irse, se quedó un buen rato con el periódico en la mano. Contemplaba fascinado a Gertrudis y en su mirada había algo que me hizo estremecer: era el espíritu de emulación.

    Al día siguiente me llamó para mostrarme el escorpión que acababa de comprar. En el pasillo, la mucama de los del 7º D sorprendió nuestro diálogo sobre la vida, los hábitos y la alimentación de arañas, alacranes y garrapatas. Esa misma tarde sus patrones adquirieron un cangrejo. Luego, durante una semana, no hubo novedad alguna. Hasta una noche en que coincidí en el ascensor con una de las vecinas del tercer piso: una joven lánguida, rubia y de mirada perdida. Llevaba un gran bolso amarillo cuyo cierre relámpago estaba parcialmente fallado: por una de las roturas se asomaba cada tanto la cabecita de un lagarto overo. Al mediodía siguiente, cuando regresaba del almacén, por poco no se me caen las bolsas de la mano al toparme a boca de jarro con el oso hormiguero que bajaban de un camión con destino a la portería. Uno de los tantos mirones que se habían congregado murmuró —en voz lo suficientemente alta para ser oída— que un oso hormiguero no era, en realidad, un verdadero oso. La mujer del abogado tuvo un sobresalto y corrió, trémula, a refugiarse en su departamento: sólo la vi reaparecer unos días más tarde cuando, con desdén y con la faz radiante, salió a firmar el recibo a los fleteros que acababan de traerle el oso pardo americano.

    La situación ya se me hacía insostenible. Los vecinos me negaron el saludo, el carnicero ya no quiso fiarme, todos los días recibía anónimos insultantes. Al fin, cuando mi mujer me amenazó con la separación, comprendí que no podría sobrellevar un solo día más una insignificante Lycosa pampeana. Desarrollé entonces una actividad sin precedentes. Pedí dinero prestado a varios amigos, hice economías indescriptibles, dejé de fumar… Así pude comprar el leopardo más maravilloso que pueda concebirse. De inmediato, el del 7º C, que no me perdía pisada, pretendió abrumarme con un jaguar. Y, aunque parezca ilógico, lo consiguió. Lo que más me lastima es tratar con gente que carece de sensibilidad estética, gente que no percibe la cualidad, gente meramente cuantitativa. No hubo un solo vecino que se inclinase ante la superior belleza de mi leopardo; el mayor tamaño del jaguar les había cegado el entendimiento. Enseguida, todos los vecinos, azuzados por el aire jactancioso del propietario del jaguar, se dieron a la tarea de renovar sus animales. Yo debí reconocer que mi humilde leopardo ya no me proporcionaba el estatus de otrora.

    Ante sigilosas conversaciones que mi mujer sostenía por teléfono con un caballero anónimo, advertí que la disyuntiva era de hierro. Sin ningún remordimiento, vendí los muebles, la heladera, el lavarropas, la enceradora. Hasta vendí el televisor. Vendí, en fin, todo lo que se podía vender y compré una descomunal boa anaconda. Es dura la vida del pobre: sólo durante tres días fui el héroe del edificio. Mi anaconda rebasó todos los diques, destruyó toda mesura, echó por tierra las convenciones más respetables. En todos los departamentos fueron multiplicándose leones, tigres, gorilas, cocodrilos… Algunos hasta tenían panteras negras, esas panteras que ni siquiera posee el Jardín Zoológico. La casa entera resonaba en rugidos, aullidos, parloteos. Pasábamos las noches en vela, resultaba imposible dormir. Los olores entreverados de felinos, cuadrumanos, reptiles y rumiantes tornaban irrespirable la atmósfera. Grandes camiones traían toneladas de carne, de pescado, de vegetales. La vida en el edificio de la calle Paraguay se hizo un poco peligrosa.

    Fue una experiencia inquietante la que tuve cuando volví, después de tanto tiempo, a compartir el ascensor con la joven y lánguida vecina del tercer piso, que ahora sacaba a su tigre de Bengala a dar una vuelta a la manzana para hacer pis. Recordé el lagarto que había asomado la cabecita por la abertura del cierre relámpago. Me enternecí. ¡Qué lejos habían quedado aquellos primeros, difíciles y quijotescos tiempos de los escorpiones y de los cangrejos! Finalmente llegó un momento en que no se pudo confiar en nadie. El portero, ante la tensa mirada de varios copropietarios, lavó en la vereda con agua y jabón a su rinoceronte de dos cuernos, y luego —como si allí no hubiera pasado nada— lo hizo penetrar en su departamento. Esto era más de lo que estaba acostumbrado a soportar el del 5º A: unas horas más tarde subió triunfalmente las escaleras llevando de la brida a su hipopótamo.

    El edificio se halla ahora inundado y semidestruido. Me encuentro redactando este informe en la azotea, en condiciones desfavorables. Cada tanto me sobresaltan los plañideros barritos del elefante que vive con los del 7º A. Escribo con el reloj a la vista, pues, a intervalos de ocho minutos, debo guarecerme entre las ruinas de la escalera para que no estropee estas páginas el chorro de vapor que lanza la ballena azul del 7º C. Y escribo con cierta inquietud, estando, como estoy, bajo la suplicante mirada de la jirafa del 7º D, que, asomando la cabeza por sobre la tapia, no cesa ni por un segundo de pedirme galletitas.

 

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires el 8 de noviembre de 1942. Es profesor de Lengua y Literatura. Desde 1969 hasta la actualidad ha publicado alrededor de noventa libros (cuentos, novela, ensayo, entrevistas, antologías). Muchos de sus relatos han aparecido en diversas lenguas de Europa y de Asia. Uno de sus últimos libros de cuentos es El crimen de san Alberto, que, junto con El forajido sentimental (ensayos sobre Borges), Las entrevistas de Siete conversaciones con Jorge Luis Borges y Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares, se hallan publicados, en Buenos Aires, por la Editorial Losada. Este cuento publicado pertenece al libro Imperios y servidumbres, Barcelona, Editorial Seix Barral, 1972.

  

ARGENTINA

MÓNICA SILVIA RETA

"EMOCIONES EN TIEMPOS LÍQUIDOS"

 

    La alarma del celular de Julián sonó, como todas las mañanas, a las cinco y media. Un poco temprano, o más bien mucho para su gusto, pero era la hora en la cual necesitaba levantarse de la cama si quería llegar temprano a la oficina. Sin pensarlo, ese día repitió el ritual: apagó la alarma, fue a la cocina a poner agua al fuego para hacer su té y, más dormido que despierto, se deslizó hasta el baño para lavarse la cara y vestirse. Recién encendió la luz luego de secarse el rostro con la toalla y se miró al espejo. Fue allí que dos cosas extrañas parecieron combinarse: de pronto, la luz potente que le daba en la cara... y esa cara, ¡no era la suya! Por Dios, ¿cómo podía ser que, ese sujeto que estaba allí, en su mismísimo espejo, en donde por fracciones de segundos buscó encontrarse a sí mismo, como era lógico, le devolviera otra? ¿¡La de su jefe!? Sí, era él: un sujeto canoso, de ojeras regulares, nariz regordeta y labios apretados que nunca permitían entrever qué estaría por decir, si es que algo iba a decir, pero ese era su jefe, no él.

    Julián se preguntó unas cien veces si estaría soñando. Pero no, una cosa era tener mucho sueño y otra seguir en él después de haberse parado de la cama. Y estaba levantado, tan de pie, que volvió otra docena de veces al baño para ver si no estaba confundido mientras su té terminaba de ponerse a punto en la cocina. Y todo lo que le devolvía el espejo era la misma cara de su jefe. Ese sujeto, con el que apenas hablaba todos los días, ¿cómo se atrevía a meterse en su espejo? Atónito, Julián se vistió, tomó el té y salió de la casa sin animarse a darle el beso de buenos días a su esposa ni a sus hijos, como lo hacía cada mañana, acercándose a sus camas. ¡Tenía miedo de que descubrieran que parecía estar en el cuerpo del otro! Un otro con el que Julián había discutido en los últimos tiempos, un jefe que consideraba injusto por su incapacidad de respaldarlo y ayudarlo en algunas situaciones, alguien a quien nunca podía pedirle algo, con la confianza de que sería capaz de otorgárselo.

    Al llegar al trabajo, tuvo miedo de encontrarse con sus compañeros. ¿Creerían que le había robado la cara a su jefe? Y lo peor: ¿estaría este hombre ya en su lugar de trabajo? Dudó unos instantes antes de entrar, pero después de todo “trabajo es trabajo”, se dijo, y abrió la puerta principal con un temeroso: "Buenos días". Por si ya el asombro no lo hubiera desbordado esa mañana, el ver a sus compañeros saludarlo como todos los días, como si nada ocurriera y él siguiera siendo el mismo Julián de siempre, directamente lo precipitó al abismo más oscuro de la incertidumbre. Y de pronto, en el pasillo apareció él, el jefe, por supuesto. Casi helado, Julián sólo atinó a extenderle la mano para saludarlo, cuál si fuera la primera vez en su vida que lo veía.

    —Buenos días, Julián —contestó el hombre, apretando su mano con naturalidad y sin reparar mucho en ello.

    Con la boca entreabierta, Julián contemplaba aún el rostro de su jefe, tratando de recordar si las mismas canas y la exacta redondez de esa nariz, eran lo que había visto en su espejo, hora y media antes. 

    Un mes después, esa misma cara de sorpresa extraña fue la que vio, ahora sí, en su jefe. Sobre la mesa, descansaba su renuncia indeclinable. Su superior, sin entender ni haber previsto motivo alguno para esta decisión, deslizó un comentario:

     —¿Por qué lo hacés, Julián? Teniendo un excelente sueldo, una buena posición, una carrera exitosa por delante en la compañía, ¿por qué querés irte? —le preguntó.

     —No es por vos, es por mí —respondió Julián con contundencia.

                                                       ***

    Son las cinco y media de la mañana en Buenos Aires, Argentina. Estamos en pleno mes de julio y, por supuesto, vivir en la parte más austral del mundo nos trae olas de frío increíble, al menos cada tanto. Llueve tenuemente. La humedad, en general, hace que el frío se sienta hasta en los huesos y hoy no es la excepción. Será quizás el privilegio de vivir al lado del Río de la Plata. En la puerta de uno de los tantísimos edificios de Palermo, Julián espera, sosteniendo su paraguas, a uno de sus empleados. Sí, y otra vez se repite a sí mismo que las cinco y media de la mañana es un horario demasiado temprano para estar en pie. Hoy tiene un pequeño negocio de diseño gráfico y multimedia para empresas, en uno de los barrios porteños que más ha crecido últimamente, en emprendimientos creativos, moda y arte en general. Tras su renuncia a la empresa en la que trabajaba, movido por el temor genuino de convertirse algún día en ese personaje malhumorado, tóxico y falto de la empatía más básica hacia sus colaboradores, ¡su jefe!, y tras haber comprendido que él, al trabajar en ese ambiente, pronto terminaría contagiado de lo mismo y seguramente muy identificado, a su pesar, con él, Julián decidió emprender un proyecto laboral propio. Un emprendimiento de servicios profesionales que era su pasión, aquello para lo que se había preparado en la universidad y había postergado durante años, al cambiarlo por un trabajo con un sueldo seguro al final de cada mes. 

    La noche anterior se había quedado hasta tarde en la oficina a terminar una presentación para uno de sus clientes más importantes. Tiene solo dos empleados que cumplen un horario común de trabajo, hasta las seis de la tarde, tal como él lo hacía cuando tenía su empleo anterior. Sintió que no podía pedirles que se hicieran cargo de este exceso de trabajo que llegó a último momento, así que tomó por su cuenta gran parte de lo que significaba tener la presentación lista a tiempo. Al volver a su casa, dejó las llaves de la oficina en una mesita para platos pequeña, que se hallaba en la cocina, casi sin darse cuenta, tan apurado como estaba por llegar a comer algo e irse a descansar finalmente. ¿Y a qué hora creés que sonó su alarma para despertar? ¡Justo una hora antes de llegar a su oficina! Sí, tal madrugón era necesario para ganar un contrato que le traería tranquilidad financiera a su negocio por lo menos durante seis meses. ¡Bien valía el esfuerzo! Sólo que esta vez olvidó las llaves de la oficina en la mesita de la cocina, detalle del que se dio cuenta al llegar, luego de que el taxi lo dejara en la puerta. Sergio, uno de sus empleados, era el único que tenía otro juego de llaves. Julián tomó el celular unas veinticinco veces para enviarle un mensaje, pidiéndole por favor que fuera a auxiliarlo y le llevara las llaves, y otras veinticinco veces se arrepintió antes de hacerlo y volvió a guardar el teléfono en su bolsillo. No podía despertarlo a esa hora y exigirle que saltara de la cama para ir como un rayo a trabajar.

    Después de todo, sintió que el olvido era responsabilidad suya y, mientras la fina lluvia porteña seguía empapando su paraguas, Julián esperó al menos una hora más para despertar a Sergio, su fiel empleado. ¿Te preguntás por qué? Sin duda, en la respuesta que podría darte resuena la palabra “liderazgo”. Ese liderazgo propio de una perspectiva muy distinta a la tradicional, aquella que sostiene que sin decisión consciente de vivir y relacionarnos con los otros desde el bienestar... simplemente no hay bienestar posible.

 

Mónica Reta. Psicóloga, coach y escritora argentina. Su último libro Be Emotional: Activa tu liderazgo emocional (2023) se presentó en la Expo Recursos Humanos de Cancún y luego en la Feria Internacional del Libro (2024 y 2025). Este año llegó al Palacio Barolo en el evento “Arte y emocionalidad”. También presentó su libro el 17 de diciembre en el Museo del Libro y de la Lengua. Más info en: www.coachingypsicologia.com 

 

PERÚ

CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR

"El EMIGRANTE LEJANO"

 

    —¿Olvida usted algo?

    —Todo —respondió el fantasma.

 

Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010), El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019) y El viaje positrónico (2022, en colaboración). Ha sido editor de revistas y antologías, con autores peruanos y extranjeros. Finalista de varios concursos literarios. Correo de contacto: fanzineelhorla@gmail.com