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Wednesday, 19 March 2025

BABELICUS No 28

 

BABELICUS nº28

REVISTA LITERARIA EN ESPAÑOL. MARZO, 2025

ADMINISTRADORES:

ADRIANA ALARCO, ELENA ZADRA, STEFANO VALENTE, CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR



A nuestros fieles y amados lectores: Presentamos el número 28 de https://babelicus.blogspot.com/

Contiene relatos en español para entretener a la familia y dar a conocer escritores hispanos de varias latitudes. Ruego a otros escritores interesados en publicar en Babelicus (grupo abierto en Facebook sin fines de lucro) que envíen sus colaboraciones, preferiblemente de no más de 1000 palabras, adjuntas en Word, a los administradores de la edición en español de la revista virtual, al correo: babelicus2021@gmail.com, junto con una semblanza del autor de cinco líneas. Quienes son publicados en la revista, luego de un escrutinio, no pierden sus derechos de autor. La revista es publicada en la página Babelicus de Facebook y se puede bajar del blog de Babelicus, indicado más arriba, donde se pueden encontrar todos los números de la revista.

 

Portada: Dama con Paraguas, óleo de Adriana Alarco de Zadra, marzo del 2025


 

ARGENTINA

ROLANDO MARTIÑÁ

HANS Y GRETA

 

Greta, “la de los ojos azules”, llegó como todas las tardes a su “estudio privado en espacio público”, como llamaba a esa mesa en el rincón, junto a la ventana, en el tradicional café de Belgrano. Como siempre, desplegó sus papeles y libretas, extrajo cuidadosamente un bolígrafo de entre los muchos que atesoraba, se calzó los lentes y se dispuso a iniciar su jornada literaria. Pero, como nunca, el simpático mozo que habitualmente la atendía, se demoró bastante en acercarse. Cuando lo hizo, y, ante la indicación “lo de siempre”, vaciló un tanto, se puso serio y sacando un papel del bolsillo dijo: “Hoy hay algo más…” Murmuró algo como “lo siento” y se retiró.

Greta desdobló el papel lentamente, y, con cierta aprensión, lo puso ante sus ojos… Su rostro se transformó entonces, musitó un “no”, cerró los ojos y, apretando su puño contra el pecho, pareció volar hacia algún otro lugar… O hacia otro tiempo, el tiempo en que en una tarde soleada de otoño conoció a Hans… Ella lo había visto pasar varias veces, paseando a su perrito por la vereda; a pesar de sus años, era un hombre apuesto, con un andar seguro y un gesto amable que hacían reparar en él. E iba siempre con unos auriculares, que no parecían hacer juego con la edad y lo mostraban un tanto ausente. Ella había escrito esa vez: “Un hombre… bello… nunca creí volver a decir esto… y con ese aire de estar en otro mundo que hace que una quiera ir a ver cómo es…”.

Una tarde particularmente fría de mayo, el hombre entró al bar. Se sentó en una mesa cercana, se sacó los audífonos y pidió un café mientras observaba alrededor. Greta sintió su vista en el perfil y no pudo evitar mirarlo, él sonrió, ella también y nada más.

Nada menos, en verdad, porque a partir de ahí, cada tarde, más o menos a la misma hora, Hans repetía el ritual. Hasta que una vez se acercó a ella, la saludó con cortesía y le preguntó si era escritora. Ella esbozó una sonrisa modesta y preguntó a su vez qué escuchaba. Mahler, dijo él. ¡Ah!, dijo ella, como quién dice “qué sofisticado”.

Ya no se separaron. Durante los meses más fríos del año, cada tarde, se encontraban allí y charlaban de muchas cosas, al abrigo de lluvias y vientos y del alboroto de las calles. Greta había escrito: “…nos hicimos un mundo aparte, él supo que yo era huérfana desde niña y que vivía con una acompañante en un pequeño departamento cercano. Yo supe que él era viudo, y había tenido dos hijas, una de las cuales lo visitaba cada tanto en el geriátrico. Y que ambos habíamos nacido en Alemania”.

Hubo días de euforia, en los que hasta fantasearon con casarse, con ceremonia y todo, quizá en la Iglesia del barrio que se conocía como “La Redonda”, y rieron con ganas al caer en la cuenta de que ella era judía. También hubo momentos de honda tristeza, en los que cada uno volvía sobre sus sombras y la tarde caía así. Pero el momento culminante fue cuando, divagando con lo del casamiento, repararon en un detalle de sus vidas que los estremeció: “… descubrimos que podríamos haber sido enemigos… Y más aún, ironías de la vida: él, que no era judío, había padecido un año en Dachau, y yo, que sí lo era, había quedado huérfana durante el bombardeo aliado a Dresde”.

Esa tarde fue una de las más intensas. Pasaron de la risa al llanto varias veces, ida y vuelta. Eso sí, siempre con decoro, sin escándalo, sin molestar a los demás, como los habían educado. Nadie que los hubiera observado, hubiera descubierto sus tremendas turbulencias interiores. Salvo, quizá, quien hubiera visto cuando él levantó la manga de su chaleco, arremangó su camisa y le mostró su antebrazo. Ella se tapó los ojos con la mano, agachó su cabeza y permanecieron en silencio el resto del tiempo.

Nunca más hablaron de eso. Ahora, Greta, con el pudor de siempre, miró al mozo que la observaba desde lejos y movió su cabeza varias veces en señal de gratitud. Luego, tomó su bolígrafo preferido, abrió uno de sus cuadernos y comenzó a escribir:

“Querido Hans: en este momento, prefiero recordar uno de los comentarios más amables que me hicieron en la vida. Fue cuando me dijiste que ya no traías los auriculares, porque preferías escucharme a mí, a mis relatos, a mis cuidadas palabras… Que eran como una caricia. Nosotros, querido Hans, invertimos la fórmula: la muerte nos separó, pero estábamos destinados a encontrarnos. Y convertimos nuestro invierno en una breve pero espléndida primavera. Un milagro de los que rara vez ocurren. Regocijémonos por eso y por poder despedirnos así. Hasta pronto”.

Greta, la de los ojos azules.

Luego, tras inclinarse y besar la página, guardó cuidadosamente sus cosas, se incorporó, abandonó el lugar y se fue, tranquila, por la vereda del sol.

“El amor es a veces un des(a)tino, a menudo un trabajo, por momentos un bálsamo. Pero siempre, siempre es un misterio”. (R.M).

 

*Rolando Martiñá. Escritor argentino, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Tiene publicados ocho libros de educación, dos de cuentos, una sola novela y su último libro de cuentos, que está disponible para la venta: “Cuentos de todos los amores. Visitá a Rolando Martiñá en Facebook: @rolando martiñá escritor. Escribile por wasap al +54 011 115 375 1313. O al correo librosdepapel2019@gmail.com y te lo enviamos dentro y fuera de Argentina.

 

ARGENTINA

FERNANDO SORRENTINO

LA BIBLIOTECA DE MABEL

 

1

Aquejado de cierta manía clasificatoria, desde adolescente me di a catalogar los libros de mi biblioteca.

En el momento de cursar el quinto año del secundario, ya contaba con una razonable —para mi edad— cantidad de volúmenes: me estaba acercando a los seiscientos.

Poseía un sello de goma con la siguiente leyenda:

Biblioteca de Fernando Sorrentino

Volumen n.º ______

Fecha de alta: ______

Apenas entraba un nuevo libro, le aplicaba el sello —con tinta siempre negra— en la primera página, lo numeraba correlativamente y consignaba —con tinta siempre azul— la fecha de adquisición. Luego, a imitación del antiguo catálogo de la Biblioteca Nacional, asentaba sus datos en una ficha de cartulina, que archivaba en orden alfabético.

Mis fuentes para adquirir información literaria eran los catálogos editoriales y el Pequeño Larousse Ilustrado. Un ejemplo cualquiera: en unas cuantas colecciones de diversas editoriales se hallaba Atala. René. El último abencerraje. Instigado por esa profusión y porque Chateaubriand parecía, en las páginas del Larousse, revestir mucha importancia, adquirí el libro en la edición de la Colección Austral, de Espasa-Calpe. A pesar de estas precauciones, esas tres historias me resultaron tan insoportables como evanescentes.

Como contrapartes de estos fracasos hubo rotundos éxitos: en la colección Robin Hood fui fascinado por David Copperfield y, en la Biblioteca Mundial Sopena, por Crimen y castigo.

En la acera de los números pares de la avenida Santa Fe, y poco antes de llegar a la calle Emilio Ravignani, se arrinconaba la Librería Muñoz: oscura, profunda, húmeda y mohosa, con pisos de listones de madera que crujían un poco. Su dueño era un español de unos sesenta años, muy serio y algo macilento.

Solía atenderme el único dependiente: joven, calvo, erróneo y sin mayor conocimiento de los libros que se le pedían ni de su ubicación. Se llamaba Horacio.

En el momento de esa tarde en que yo acababa de entrar en el local, Horacio se encontraba hurgueteando por diversos estantes, en busca de vaya a saber qué título. Según pude inferir, se lo había solicitado una chica, alta y flaca, que, mientras tanto, paseaba su mirada por la amplia mesa donde se exponían volúmenes de segunda mano.

Desde las honduras del comercio llegó la voz del propietario:

—¿Qué buscas ahora, Horacio…?

El adverbio ahora indicaba cierto mal humor.

—No encuentro Don Segundo Sombra, don Antonio. En los estantes de Emecé no está.

—Es libro de Losada, no de Emecé. Fíjate en el estante de la Contemporánea.

Cambió Horacio el lugar de sus búsquedas y, tras extensa exploración, se volvió hacia la muchacha y le dijo:

—No, lo siento, no queda ningún Don Segundo.

La chica se lamentó, dijo que lo necesitaba para el colegio, preguntó dónde podría conseguirlo.

Horacio, azorado ante un enigma insondable, abrió grandes los ojos y levantó las cejas.

Por suerte, don Antonio había oído la pregunta:

—Por aquí —contestó—, difícil. No hay buenas librerías. Tendrías que ir al centro, a El Ateneo, o a alguna otra de Florida o de Corrientes. O, si no, cerca de Cabildo y Juramento.

La decepción turbó el rostro de la muchacha.

—Disculpame que me meta —le dije—. Si me prometés tratarlo con cuidado y devolvérmelo, yo puedo prestarte Don Segundo Sombra.

Sentí que me ruborizaba, como si hubiera incurrido en una audacia inconcebible. Y, simultáneamente, experimenté disgusto contra mí mismo por haberme dejado llevar por un impulso que se oponía a mi verdadero sentir: amo a mis libros y aborrezco prestarlos.

No sé exactamente qué respondió la muchacha, pero —tras algunos remilgos— terminó por aceptar el ofrecimiento.

—Necesito leerlo en seguida para el colegio —dijo, como justificándose.

Luego supe que cursaba el tercer año en el colegio para mujeres de la calle Carranza. Le propuse que me acompañara hasta mi casa para entregarle el libro en cuestión. Le dije mi nombre y apellido, y ella me dio los suyos: Mabel Mogaburu.

Pero antes de ponernos en marcha cumplí con el objetivo que me había llevado a la Librería Muñoz: compré Los crímenes de la rue Morgue. Yo ya había leído las Historias extraordinarias y, encantado, decidí reincidir en las ficciones de Edgar Allan Poe.

—No me gusta nada —dijo Mabel—. Es truculento y efectista. Siempre con esas historias de asesinatos, de muertos, de ataúdes… No me atraen los cadáveres.

Mientras caminábamos por Carranza hacia la calle Costa Rica, Mabel habló, con entusiasmo y sinceridad, de su afición (o, más bien, pasión) por la literatura. En ese punto había honda afinidad conmigo, pero, desde luego, mencionaba autores convergentes y divergentes de nuestros respectivos amores literarios. Aunque yo le llevaba dos años de edad, me pareció que Mabel había leído una cantidad bastante mayor que la mía.

Era morena, más alta y más delgada que lo que me había parecido en la librería. La adornaba cierta elegancia difusa. El matiz aceitunado del rostro parecía atenuar alguna palidez más profunda. Los ojos oscuros se clavaban rectamente en los míos, y me costaba sostener la intensidad de esa mirada inmóvil.

Llegamos a la puerta de mi casa de la calle Costa Rica.

—Esperame en la vereda un minuto, que en seguida te traigo el libro.

Y, en efecto, lo encontré al instante, pues, por una cuestión de homogeneidad, tenía (y sigo teniendo) los libros agrupados por colección. De manera que Don Segundo Sombra (Biblioteca Contemporánea, Editorial Losada) se hallaba entre La metamorfosis de Kafka y El candor del padre Brown de Chesterton.

Al volver a la calle, advertí —aunque nada conozco de ropas— que Mabel vestía de una manera, digamos, algo anticuada, con blusa grisácea y pollera negra.

—Como ves —le dije—, este libro está flamante, como si lo hubiera comprado hace un segundo en la librería de don Antonio. Por favor, cuidalo, forralo, no dobles las páginas como señalador y, sobre todo, no se te ocurra escribir una sola coma en él.

Tomó el libro —largas y bellas manos— con lo que me pareció cierto respeto burlón. El volumen, con su anaranjado impecable, parecía recién salido de la imprenta. Lo hojeó un poco.

—Pero veo que vos sí escribís en el libro —dijo.

—Por supuesto, pero lo hago con lápiz, con letra pequeña y muy prolija: son notas y observaciones útiles para enriquecer mi lectura. Además —agregué, un poco irritado—, el libro es mío y le doy el uso que me da la gana.

En seguida me arrepentí del desplante, pues vi mortificación en el rostro de Mabel.

—Bueno —dijo—, si no confiás en mí, prefiero que no me lo prestes.

Y me lo extendió.

—No, no. De ninguna manera. Simplemente, cuidalo: confío en tu prudencia.

—Oh —miraba la primera página—. ¿Tenés catalogados los libros…?

Y leyó en voz alta, sin ánimo jocoso:

—“Biblioteca de Fernando Sorrentino. Volumen número 232. Fecha de alta: 23/04/1957”.

—Así es: lo compré cuando estaba en segundo año. Lo pidió el profesor para trabajarlo en las clases de castellano.

—Los pocos cuentos de Güiraldes que he leído me parecieron bastante malos… Por eso nunca se me ocurrió comprar Don Segundo.

—Yo creo que te va a gustar: al menos no hay ataúdes ni casas malditas ni enterrados vivos… ¿Cuándo calculás que me lo devolverías?

—Antes de quince días lo tenés de vuelta, tan esplendoroso —subrayó— como me lo das ahora. Y, para que te quedes tranquilo, voy a anotarte mi dirección y mi teléfono.

—No hace falta —dije, por decoro.

De la cartera extrajo un bolígrafo y un cuaderno escolar, y escribió algo en la última página; la arrancó y yo la acepté. Para más seguridad, también le di mi número de teléfono.

—Bueno, en fin… Muy agradecida. Me voy a casa.

Me estrechó la mano (en esa época no se estilaban los besos de ahora) y se alejó hacia la esquina de Bonpland.

Me quedé con alguna inquietud. ¿No habría cometido un error al prestar un libro querido a una persona de la que nada sabía…? Los datos que me había brindado ¿no serían apócrifos…?

La hoja del cuaderno era cuadriculada; la tinta, verde. Busqué en la guía telefónica el apellido Mogaburu. Suspiré con alivio: un tal Mogaburu, Honorio figuraba en el domicilio anotado por Mabel.

Entre La metamorfosis y El candor del padre Brown coloqué una ficha con esta leyenda: Falta Don Segundo Sombra, prestado a Mabel Mogaburu el día martes 7 de junio de 1960. Prometió devolverlo, como última fecha, el miércoles 22 de junio. Y, debajo, agregué su dirección y su teléfono.

Luego, en la página de mi agenda correspondiente al 22 de junio, escribí: Mabel. ¡Ojo! Don Segundo.

 

2

Corrió esa semana y también se deslizó la siguiente. Desarrollé las actividades habituales —en general, no deseadas— de un alumno que cursaba el último año de la segunda enseñanza.

Estábamos en la tarde del jueves 23. Como suele ocurrirme hasta el día de hoy, hago anotaciones en mi agenda y luego olvido leerlas. Mabel no me había llamado para devolverme el libro o, si fuera el caso, para solicitarme una prórroga del préstamo.

Marqué el número de Honorio Mogaburu. Del otro lado de la línea, la campanilla sonó hasta diez veces sin que nadie atendiera. Corté y volví a llamar, muchas veces y a distintas horas, con el mismo resultado infructuoso.

El proceso se repitió el atardecer del viernes.

El sábado a la mañana me dirigí a la casa de Mabel, en la calle Arévalo, entre Guatemala y Paraguay.

Antes de tocar el timbre, observé la casa desde la acera de enfrente. Típica construcción de Palermo Viejo: puerta en el medio de la fachada y una ventana a cada lado. Por una de ellas se veía luz: ¿estaría en esa habitación Mabel, entregada a la lectura…?

Abrió la puerta un hombre alto y moreno, al que imaginé abuelo de Mabel:

—¿Qué deseaba…?

—Disculpe. ¿Esta es la casa de Mabel Mogaburu?

—Sí, pero ella ahora no está. Yo soy el papá. ¿Para qué la necesitaba? ¿Es algo urgente?

—No, no es urgente ni demasiado importante. Es que yo le había prestado un libro y…, en fin, ahora lo necesitaría para… —busqué alguna causa plausible— …un examen que tengo el lunes en el colegio.

—Entre, por favor.

Tras un breve zaguán surgió una salita que me pareció pobre y antigua. Flotaba cierto olor desagradable, como de salsa de tomates fría mezclado con vapores de insecticida. Sobre una mesita estaba desplegado el diario La Prensa y había un ejemplar de la revista Mecánica Popular.

El hombre se movía con extrema lentitud. Era bastante parecido a Mabel, con su semblante aceitunado y sus ojos de mirada dura.

—¿Qué libro le prestó usted a Mabel?

—Don Segundo Sombra.

—Vayamos a la pieza de Mabel, a ver si lo encontramos.

Sentí un poco de vergüenza por incomodar a ese hombre mayor que juzgué infortunado y que vivía en una casa tan triste.

—No se moleste —le dije—. Puedo volver otro día, cuando esté Mabel. No hay apuro.

—Pero ¿no me dijo que el libro le hace falta para el lunes…?

Tenía razón. Preferí no agregar nada.

Cubría la cama de Mabel una colcha bordó, con cierto brillo atenuado.

—Estos son los libros de Mabel —me llevó hasta una diminuta biblioteca de solamente tres estantes—. Vea si está el que busca.

No creo que hubiese ni siquiera cien volúmenes. Abundaban los de la Editorial Tor, entre los que reconocí —porque también yo tenía esa edición del año 1944— El fantasma de la Ópera, con su tremebunda ilustración de tapa. E identifiqué otros títulos comunes, siempre de ediciones bastante antiguas.

Pero Don Segundo no se hallaba allí.

—Yo lo hice pasar para que se quedara tranquilo —dijo el hombre—. Pero Mabel hace muchos años que no trae libros a esta biblioteca. Ya habrá visto que estos son bastante viejos, ¿no?

—Sí, me extrañó un poco que no hubiera libros más recientes…

—Si está de acuerdo y si tiene tiempo y ganas —me clavó su mirada y me hizo bajar la mía—, ahora mismo le damos punto final a este asunto. Vayamos a buscar su libro a la biblioteca de Mabel.

Se colocó anteojos y agitó un llavero.

—En mi auto llegamos en menos de diez minutos.

El auto era un DeSoto, negro y enorme, imagino que modelo 46 o 47. En su interior me recibió un tufo de encierro y de tabaco viejo.

Mogaburu dio la vuelta a la manzana y tomó Dorrego. Pronto estuvimos en Lacroze, en Corrientes, en Guzmán, y entramos en las calles interiores del cementerio de la Chacarita.

Descendimos y echamos a andar por esos senderos adoquinados. Mi bendita o maldita curiosidad literaria me impulsaba a seguirlo, sin preguntas, ahora por la zona de las bóvedas. En una en cuyo frontispicio se leía MOGABURU abrió con una llave la puerta de hierro negro.

—Venga —me dijo—, no tenga miedo.

Aunque yo no deseaba hacerlo, obedecí, pues me molestó su alusión a mi presunto miedo. Entré en la bóveda y bajé una escalerita metálica. Había dos ataúdes.

—En este cajón —el hombre señaló el del catre inferior— descansa María Rosa, mi mujer, que murió el mismo día en que Frondizi asumía la presidencia.

Con los nudillos dio unos golpecitos en la tapa.

—Y este otro pertenece a mi hija Mabel. Murió, la pobrecita, tan joven. Sólo tenía quince años cuando se la llevó Dios, en mayo de 1945. El mes pasado se cumplieron quince años de su muerte: ahora tendría treinta.

Se inclinó un poco sobre el ataúd y sonrió, como quien comparte una confidencia amable:

—La injusta muerte no logró apartarla de su gran pasión: la literatura. Continuó, incansablemente, leyendo libro tras libro. ¿Ve? Aquí está la otra biblioteca de Mabel, más completa y actualizada que la que está en casa.

En efecto, una pared de la bóveda estaba cubierta, desde el suelo hasta el techo, por centenares de libros, casi todos —por falta de espacio, deduje— horizontales y en doble fila.

—Ella, como es muy metódica, fue llenando los estantes desde arriba hacia abajo, y de izquierda a derecha. Por lo tanto, su libro, como es de préstamo reciente, debe estar en el estante a medio llenar de la derecha.

Una fuerza desconocida me llevó al anaquel señalado. Allí estaba mi Don Segundo.

—En general —continuó Mogaburu—, no se han presentado demasiadas personas a reclamar los libros prestados. Se ve que usted los quiere mucho.

Yo tenía la mirada fija en la primera página de Don Segundo. Una enorme equis verde tachaba mi sello y mi anotación. Debajo, con el mismo color y cuidadosa letra de imprenta, se leían tres líneas:

 

Biblioteca de Mabel Mogaburu

Volumen 5328

7 de junio de 1960

“Hija de puta”, pensé. “Y tanto que le recomendé que no fuera a escribir ni una coma”.

—Bueno, en fin, así son las cosas —decía el papá—. ¿Va a llevarse el libro o lo deja en donación para la biblioteca de Mabel?

Con rabia y con gesto hosco, repliqué:

—Por supuesto que me lo voy a llevar. No me gusta desprenderme de mis libros.

—Hace bien —contestó, mientras subíamos la escalera—. De cualquier manera, a Mabel le será muy fácil conseguir en seguida otro ejemplar.

 

 

 

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires en la primavera de 1942. Sus más recientes libros de cuentos son El crimen de san Alberto (Buenos Aires, Editorial Losada), El centro de la telaraña (Buenos Aires, Editorial Longseller), ambos del año 2008, Paraguas, supersticiones y cocodrilos (Veracruz, Instituto Literario de Veracruz, 2013), Problema resuelto / Problem gelöst (2014), edición bilingüe español/alemán (Düsseldorf, Düsseldorf University Press, 2014) y Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (Madrid, Apache Libros, 2015).

 

ARGENTINA

LUIS DUARTE

EL BARCO

 

Ya alejados de la euforia de gritos y llantos y forcejeos, aliviados por haber alcanzado ese único bote salvavidas, y mientras el viejo barco se hundía en medio del océano, nueve hombres y una mujer se aferraban cada uno a su alma. Ninguno había formado parte de la tripulación. Aduciendo creer profundamente en los valores de la democracia, un tipo con pinta de director de empresa propuso votar para que alguien asumiera el mando. Otro, parecido a Woody Allen, se levantó, haciendo equilibrio se acomodó los anteojos, chasqueó la lengua y dijo que en ese caso la democracia servía tanto como una botella vacía en el desierto.

—Señores —agregó—, disiento. No debe tomar el mando el más votado, sino el mejor, el más capacitado. Propongo que cada uno de nosotros cuente qué tipo de conocimiento tiene sobre las inclemencias del océano. Así entre todos podremos elegir al capitán que nos lleve a tierra firme.

La diminuta mujer, que, acurrucada en el piso, ni se había movido desde que pisó el bote, levantó la mano. De a uno, fueron girando para observarla.

—Caballeros, mi nombre es Aurora. Comprendan una cosa. —Se levantó apenas, se unió al asiento de los demás, y ahí se inclinó hasta poder estrujar el agua de su pelo afuera del bote—. Comparto la idea de que alguien debe comandar, pero no importa si tiene o no conocimientos previos, sino que creamos en lo que nos proponga.

—Ah —dijo Woody—, entonces asumo que usted está de acuerdo conmigo.

—La salida no está en el más votado, ni en el más capacitado. En este caso todo eso es inútil. La salida está en quien sea capaz de convencernos de su propuesta. Y hacia allí iremos todos juntos. ¿Qué me dicen?

—Que estás demente —vociferó uno de los que remaba—. ¿Qué conocimiento tenés vos para venir a plantear semejante boludez?

—Si no se toma la medida acertada, morirán en pocos minutos. Y si logran continuar con vida, la sed los matará en días... o el hambre en semanas. Pero si aun así tenemos la dicha de permanecer respirando dentro de este bote, moriremos de la peor forma posible, de miedo.

Quienes remaban habían dejado de hacerlo. Solo el agua rebotando.

—¿De dónde sacó usted esas pavadas, mujer? —dijo uno, ya entrando en el anochecer.

—Sepan esto —dijo ella con voz conciliadora—. Sobrevivir depende de tres factores: conocimiento, equipo y entrenamiento. Y como verán… no contamos con nada de eso. Miren a su alrededor, el tiempo se ha detenido. Sientan, huelan, perciban el arrullo del agua. Y disfruten, señores, disfruten, estamos dentro del gran útero del planeta. ¿Vieron que los dramas aparecen por alimentar ilusiones en los periodos de abundancia? En este bote se comparte un mismo destino. Si no lo ven así, solo nos queda naufragar. ¿Por qué me miran de esa manera?

—Pero… —dijo el director de empresa—. ¿Y si el elegido se equivoca? ¿Y si nos hundimos por sus malas decisiones?

Woody asintió en apoyo.

—Si se equivoca —dijo ella—, no pasa nada, moriremos sin más. Que…, visto y considerando, es nuestro destino probable. Para salvarse es imperioso estar convencidos de lograrlo. Y yo lo estoy, sé cómo hacerlo, se los aseguro.

—A ver —la cortó Woody—, cuál sería su propuesta. Largue de una vez.

—Debemos leer las señales que brindan las estrellas, el sol y la luna. —Miró a los ojos a cada uno—. Si están de acuerdo, yo seré la capitana.

Y ahí estaban todos: los hombres mirándose, el vaivén del oleaje, el silencio, un resignado menear de cabezas.

Finalmente aceptaron la propuesta de aquella mujer, que de inmediato, con una férrea voz de mando, expresó:

—Es por allá, por el oeste. —Aurora señaló una gota del firmamento. Y le obedecieron.

Cuando uno, tras largas horas de naufragio, gritó ¡Tierra, Tierra!, Aurora les agradeció por haber creído en ella, se refrescó la nuca con agua del océano y desapareció. La diminuta mujer volvió a acuclillarse en el suelo del bote donde permaneció justificada. De sus labios germinó una sonrisa.

 

Luis Duarte, escritor argentino, nacido en Lanús, provincia de Buenos Aires, en enero de 1969. Estudió periodismo y fue conductor del programa “Mano y contramano”, en FM La Tribu 88.7 mhz. Actualmente conduce su propio programa de radio “El Quijote En el parque”. El cuento que compartimos pertenece al libro “Latigazos del azar”. Sus otros libros son los siguientes: “La herradura de Freud”, 2013. “Fósforos gemelos”, 2014. “Latigazos del azar”, 2016. “Los guantes de Zaratustra”, 2018. “Rombos”, 2022. “Lagartijas”, último libro publicado en abril de 2024. ¿Cómo contactar al autor? Spotify: Luis Duarte. Youtube: Luis Duarte escritor. Facebook: Luis Duarte. Fan page de Facebook: Luis Duarte escritor. Correo: luisenriqueduarte@hotmail.com o por WhatsApp al -54011 53751313.

 

 

PERÚ

CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR

LECTURA EN EL AÑO 2053

 

¡Es maravilloso! Al fin puedo leer un cuento: «El dinosaurio» de Augusto Monterroso. Tiene nueve palabras, incluyendo el título. Estoy leyendo una por semana. Lo terminaré para Año Nuevo.

 

Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Codirige la revista El Muqui. Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010), El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019) y El viaje positrónico (2022, en colaboración). Correo electrónico: fanzineelhorla@gmail.com

 



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