Ezine internacional de cuentos en lengua original.

Ezine internacional de contos em língua original.

Ezine international de récits en langue originale.

Tuesday, 30 December 2025

BABELICUS N° 31 - DICIEMBRE 2025


REVISTA LITERARIA EN ESPAÑOL - DICIEMBRE, 2025


 FUNDADORES:

 

ADRIANA ALARCO DE ZADRA, JEAN LOUIS BROUILLAUD, STEFANO VALENTE


 ADMINISTRADORES:

 

ADRIANA ALARCO DE ZADRA, ELENA ZADRA, STELLA ROQUE, CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR


A nuestros leales y queridos lectores: presentamos el número 31 de nuestra revista Babelicus:  www.babelicus.blogspot.com. He aquí cuentos en español para todos los públicos, con el fin de entretenerlos y darles a conocer escritores sudamericanos. Rogamos a otros autores que deseen publicar en Babelicus (grupo abierto en Facebook, sin fines de lucro) que manden sus colaboraciones, preferiblemente de no más de 1000 palabras, adjuntas en Word, a Stella Roque, al correo: librosdepapel2019@gmail.com, junto con una semblanza del autor, de cinco líneas. Quienes son publicados en la revista, luego de un escrutinio, no pierden sus derechos de autor. La revista es publicada en la página Babelicus de Facebook y se puede bajar del blog de Babelicus, indicado arriba, donde se pueden leer todos los números de la revista.

 

Pintura realizada por Adriana Alarco de Zadra


argentina

luis duarte

"Contraseña"


    Antonella no podía leer con comodidad: ese día la quimio había sido inclemente y, además, el feroz traqueteo del tren la obligaba a cambiar todo el tiempo de posición. Semanas atrás, cuando debió aceptar la fiel compañía de la enfermedad, confeccionó una lista de los libros que leería en el trayecto de ida y vuelta hasta el centro de salud. Pasadas las primeras estaciones, el vagón se llenó de gente. Una ancha señora se sentó a su lado y se puso a tejer, mientras frente a ella una parejita discutía acerca de un cumpleaños familiar y luego se quedó dormida con las cabezas pegadas. Fue entonces cuando apareció un vendedor ambulante, apoyó un bolso en el piso y sacó un libro.

    —Buenas tardes, damas y caballeros —dijo sujetándose del pasamanos—. Disculpen la molestia, ante todo. Les pido dos minutos de su amable atención. En esta oportunidad…

    Antonella ni se inmutó. Sacó de la cartera un nuevo pañuelo descartable para repasarse la boca y sonarse la nariz, y lo volvió a guardar. Mientras el vendedor enumeraba las cualidades de su producto, ella sufría con Juan Pablo Castex, justo en la parte en que tomaba el mismo ascensor que María Iribarne. Pero, cuando el vendedor alzó el timbre de voz, Antonella cerró el libro, resopló, miró el paisaje exterior y, segundos después, retomó la lectura.

    —Damas y caballeros —refirió el vendedor ambulante mientras agitaba el libro—. Acá está todo, se los juro. No tienen más que hacer esto —lo abrió— para reconocerse. Por más esfuerzo que hagamos por ignorarlo, siempre debemos arrastrar una verdad que nos consume. Dijo el apóstol Lucas —leyó—: “Enseñaba Jesús en una sinagoga en sábado, y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada y en ninguna manera se podía enderezar. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: “Mujer, eres libre de tu enfermedad. Puso las manos sobre ella, y ella se enderezó al momento y glorificaba a Dios”.

    Antonella se arregló el pañuelo de la cabeza y levantó la vista. “Qué extraño”, se dijo. “¿De dónde conozco a este tipo?”. La del tejido había dejado de tejer y la parejita ya había despertado.

    —¡Ya estoy con usted, señor! ¡Damas y caballeros! —dijo el vendedor, ya más cerca de ella—, por tan solo cien pesos se harán acreedores de esta joya bíblica. Se los aseguro.

    Pasó ofreciendo el libro entre los pasajeros. Nadie compró, ni siquiera lo miraron. —Con permiso, con permiso —iba diciendo, hasta que se topó con la mirada de ella. El cuerpo de Antonella vibró como una cuerda del cosmos. Sintió que el estómago se le contraía hasta el tamaño del puño de un bebé. Pero, extrañamente, eso no le generaba miedo; más bien un júbilo desconocido, abarcador. Desesperada, hurgó y hurgó en la cartera sin dejar de mirar al vendedor, que se le acercaba más y más.

    —Mujer —lo oyó decir—. ¿Vos sos Antonella?  

    —S-sí —respondió ella.  

    —Tomá —dijo él, estirando el brazo—: este libro es para vos.

 

Luis Duarte, escritor argentino, nació en Lanús en enero de 1969. Estudió periodismo y es conductor del programa “El Quijote Stream Tv”, en Radio El Parque. Sus libros son los siguientes: La herradura de Freud, 2013. Fósforos gemelos, 2014. Reedición de este título en España, año 2016. Latigazos del azar, 2016. Los guantes de Zaratustra, 2018; Rombos, publicado por Alción Editora en septiembre 2022. Y Lagartijas, su último libro publicado en 2024. Este cuento publicado pertenece a Los Guantes de Zaratustra.

 

 ARGENTINA

ROLANDO MARTIÑÁ

"UN CUENTO DE NAVIDAD"

 

    Es Navidad. Tom Waits desgrana Closing Time mientras leo Sí, ya me acuerdo..., las memorias de Marcello Mastroianni. Poco a poco me invade esa especial tristeza que me anuncia que debo parir, que necesito escribir. Tomo este papel y esta lapicera. Pero no hay palabras, nada viene a mi cabeza más que los mensajes en tono menor de todo el resto de mí, que contrapuntean a Closing Time. Me haría falta, pienso, un amigo, como el entrañable personaje de Cigarros, que me contara un cuento para poder escribir. Un cuento sencillo, de personas comunes, pequeños ilusionistas que mienten de puro buenos, que no son héroes ni quieren serlo, pero saben cuándo es el momento de tener un gesto de santidad. Saben cuándo —como dice Tom— hay ocasión de hacer “un pequeño viaje al Paraíso”. Pero no, no tengo ese amigo. No lo tengo ahí, en ese momento. Estoy solo, lonely. Y nada indica que vaya a dejar de estarlo en las próximas horas. Tampoco tengo a Marcello, ni a su profesor Sinigalia, ni a su profesor Pereyra; ni a Federico, su ilusionista preferido. Ni a Jorge Luis, el nuestro. Ni a tantos otros... Tom canta y Marcello recuerda, pero nadie me cuenta un cuento de Navidad.

    De repente, como despertándome de un sueño, creo escuchar el timbre. Embargado por mis turbulencias, trato de ignorarlo. Vuelve a sonar. Ahora, como entrando en un sueño, me incorporo, voy hasta el portero eléctrico, levanto el auricular y escucho una voz de mujer que dice suavemente: “Señor, por favor...”. Algo hizo que esas palabras me impidieran hacer lo que muchas veces hago: dar una excusa y colgar, harto de molestias de todo tipo. Le pedí que esperara y me encaminé hacia la puerta. Abrí y me encontré con una especie de pietà aborigen: una mujer joven, casi adolescente, con un chico en brazos, del color de la tierra, como ella, me extendió su mano en silencio. Recordé que “tenía que escribir ese cuento”; que no tenía dinero encima; que con ese calor tendría que entrar y volver a salir. La mujer pareció adivinar mis titubeos y me dijo con una extraña voz que parecía no ser de ella: “Señor, si yo fuera María y esto fuera Belén... ¿Qué haría usted?”.

    Atontado y casi sin darme cuenta, la hice pasar. En silencio nos sentamos a la mesa y, como un José nuevamente adoptado, los atendí. Les di de comer y de beber. No hablamos una palabra. Luego, besé al niño en la frente, puse un pequeño presente en su breve mano y, tomando a la mujer suavemente del brazo, los acompañé a retomar su camino. Me saludó desde lejos y yo volví. Volví en mí, podría decir. Tom y Marcello seguían ahí, acompañándome. También la tarjeta que me había enviado mi hijo: “El nacimiento de mi hijo me ha hecho entender todo mejor. Muchas gracias”. Levanté la copa y brindé. Brindé por mí mismo. Por la enorme fortuna de tener a mano a Tom, a Marcello, a María y a mi hijo, cosas que no todos tienen, aunque sufran la misma soledad.

    “Usted, doctor, tiene casi mi edad y me va a entender. En realidad, debo disculparme: nunca tuve intenciones de ser su paciente. Lo mío es incurable. Y el paliativo ya lo tengo: es éste. Estoy acá sólo porque sé que usted escucha. Y no tenía a quién contarle mi cuento de Navidad...”.

 

*Rolando Martiñá, escritor argentino, docente, psicoterapeuta y escritor. Tiene publicados ocho libros de educación, tres de cuentos, una sola novela y su último libro digital Los hijos del viento. Una historia de héroes, islas  y princesas. Actualmente están disponibles Cuentos de todos los amores. Experiencias terapéuticas y ficciones del enamoramiento; su única novela Fin de siglo. Todos los amores, el amor; y su libro de cuentos y poesías Dicho sea de paso. Hojas sueltas. Este cuento pertenece al libro Cuentos de todos los amores... Consultas al correo librosdepapel2019@gmail.com o al (+54) 9 11 53751313. 

 

ARGENTINA

RODOLFO GONZÁLEZ

"FIERRO, EL AGENTE"

 

    Tengo varias opciones para viajar. Si voy en avión, ahorro mucho tiempo, pero gasto las millas, y prefiero guardarlas para una ocasión más gloriosa. Los horarios del ómnibus son confusos para mi metabolismo. Incluso podría ir navegando y vivir una aventura, pero presiento que me perdería en ella y no prestaría atención a mi objetivo. Quizás, manejar sea la mejor opción: el viaje de ida no me tomaría más de cinco horas, haciendo las paradas recomendadas. Debo preparar mis cosas. Y el Falcon. En mi equipaje sólo lo necesario, ningún lastre de más. Prefiero viajar ligero, aunque el equipo completo ya es bastante pesado. Pero la misión lo amerita. Tengo que estar bien preparado. Mis colegas en la ciudad me informan los sucesos más relevantes, incluso los que no salen en la prensa. Allí puedo encontrarme con lo peor de la sociedad.

    La ciudad es conocida como la más sucia del país, la más corrupta. Distintas bandas se disputan el control: la banda de los Monos, la banda de los Milenials y la banda de los Veganos. Estas son las más peligrosas. Se reparten el control de las apuestas clandestinas, la venta de estupefacientes, el robo, los secuestros y hasta el ring-raje. Desde las prisiones —aunque sean penitenciarías federales— los líderes siguen dirigiendo a sus bandas y a sus familias. Donde los jueces no pueden actuar, o no deben, o no quieren, muchos ya están comprados. Los fiscales, incluso, tienen carnet de socio vitalicio de las mafias. Y no sólo el poder judicial: el Congreso provincial también tiene representantes infiltrados. Obstruyen leyes, impiden nuevas reformas y, a cambio, reciben algunos papelitos de colores que guardan en sus bolsillos (porque en el banco sospecharían), hasta que otra banda decide poner una bomba en la casa familiar de esos miserables corruptos.

    La urbe se mueve así… Los kioscos ya no venden golosinas: ahora venden sustancias alucinógenas a los niños. Y así, la destrucción continúa en una ciudad que fue emblema nacional, donde se redactó el texto original de la Constitución y donde se izó la bandera por primera vez... Me niego a creer que aquellos héroes nacionales presentaran la bandera muertos de risa porque “les pintó el bajón”. Es una vergüenza lo que han hecho. Pero hacia ese infierno me dirijo. Tengo una misión que cumplir. La ruta no es difícil. Manejo discreto, sin llamar la atención. Me detengo para cargar combustible y descargar fluidos. En la estación de servicios me reciben con la simpatía típica del interior.

     —Tenga cuidado más adelante… —me advierten.

     Pobres. No saben quién soy. No sospechan de mi preparación, ni del equipo, ni de los informantes secretos, ni de la logística, ni de lo que soy capaz de hacer. Gente inocente… Actúo como un simple citadino. Y continúo. En los suburbios, las construcciones precarias y las aguas estancadas activan un alerta en mí. Siempre que lo necesito… mi instinto se enciende y mis sentidos se incendian. El tránsito se detiene de a poco. Cada vez más lento. Autos recalentados, vapor, ómnibus que hacen temblar el asfalto. La patrulla caminera detiene a los sospechosos… pero las bandas pirañas actúan igual. Roban a los autos detenidos como si el embotellamiento fuera parte del plan, como si la misma policía colaborara. Desgracia de institución… Me contengo, no llamo la atención. Si vienen por mí, estoy listo. Porque yo “soy toro en mi rodeo… y torazo en rodeo ajeno”.

    Después de esa humillación vial, hago unas cuadras más y llego a mi destino. La misión más importante de mi vida me espera. Me pongo la camiseta, el sombrero de pico, me pinto la cara y… ¡a alentar al campeón! ¡Olé, olé, olé olé… olé, olé olá…! ¡Olé, olé, olé… cada día te quiero má!

 

Orlando Rodolfo González es un escritor independiente, nacido en Buenos Aires en 1980. Se desempeña también como curador cultural y editor literario. Libros publicados: Cuentos apurados para gente sin tiempo, 2022; Rimas verdaderas de un falso poeta, 2025; en prueba de galera: El articulador, Filosofía y religión para refutadores agnósticos (un libro con reflexiones filosóficas llevadas al humor) y Cuentos anticuados para gente del futuro.

 

ARGENTINA

FERNANDO SORRENTINO

"EL ESPÍRITU DE LA EMULACIÓN"

 

    Es bastante intenso el espíritu de emulación que existe entre los habitantes del edificio de la calle Paraguay en que vivo. Es cierto que durante mucho tiempo todos ellos se limitaron a rivalizar en perros, gatos, canarios o loros. El más exótico de ellos nunca fue más allá de las ardillitas o de una tortuga. Yo mismo tenía un hermoso perro de policía, que era un poco más chico que el departamento y se llamaba Josecito. Pero, además de Josecito —y esto se ignoraba—, vivía con mi mujer y conmigo una bella araña de la especie Lycosa pampeana. Una mañana, a las nueve, cuando le estaba dando de comer a mi mascota, el vecino del 7º C —a quien ni siquiera había visto nunca— vino, no sé por qué confusa razón, a pedirme el diario por un instante. Después, sin atinar a irse, se quedó un buen rato con el periódico en la mano. Contemplaba fascinado a Gertrudis y en su mirada había algo que me hizo estremecer: era el espíritu de emulación.

    Al día siguiente me llamó para mostrarme el escorpión que acababa de comprar. En el pasillo, la mucama de los del 7º D sorprendió nuestro diálogo sobre la vida, los hábitos y la alimentación de arañas, alacranes y garrapatas. Esa misma tarde sus patrones adquirieron un cangrejo. Luego, durante una semana, no hubo novedad alguna. Hasta una noche en que coincidí en el ascensor con una de las vecinas del tercer piso: una joven lánguida, rubia y de mirada perdida. Llevaba un gran bolso amarillo cuyo cierre relámpago estaba parcialmente fallado: por una de las roturas se asomaba cada tanto la cabecita de un lagarto overo. Al mediodía siguiente, cuando regresaba del almacén, por poco no se me caen las bolsas de la mano al toparme a boca de jarro con el oso hormiguero que bajaban de un camión con destino a la portería. Uno de los tantos mirones que se habían congregado murmuró —en voz lo suficientemente alta para ser oída— que un oso hormiguero no era, en realidad, un verdadero oso. La mujer del abogado tuvo un sobresalto y corrió, trémula, a refugiarse en su departamento: sólo la vi reaparecer unos días más tarde cuando, con desdén y con la faz radiante, salió a firmar el recibo a los fleteros que acababan de traerle el oso pardo americano.

    La situación ya se me hacía insostenible. Los vecinos me negaron el saludo, el carnicero ya no quiso fiarme, todos los días recibía anónimos insultantes. Al fin, cuando mi mujer me amenazó con la separación, comprendí que no podría sobrellevar un solo día más una insignificante Lycosa pampeana. Desarrollé entonces una actividad sin precedentes. Pedí dinero prestado a varios amigos, hice economías indescriptibles, dejé de fumar… Así pude comprar el leopardo más maravilloso que pueda concebirse. De inmediato, el del 7º C, que no me perdía pisada, pretendió abrumarme con un jaguar. Y, aunque parezca ilógico, lo consiguió. Lo que más me lastima es tratar con gente que carece de sensibilidad estética, gente que no percibe la cualidad, gente meramente cuantitativa. No hubo un solo vecino que se inclinase ante la superior belleza de mi leopardo; el mayor tamaño del jaguar les había cegado el entendimiento. Enseguida, todos los vecinos, azuzados por el aire jactancioso del propietario del jaguar, se dieron a la tarea de renovar sus animales. Yo debí reconocer que mi humilde leopardo ya no me proporcionaba el estatus de otrora.

    Ante sigilosas conversaciones que mi mujer sostenía por teléfono con un caballero anónimo, advertí que la disyuntiva era de hierro. Sin ningún remordimiento, vendí los muebles, la heladera, el lavarropas, la enceradora. Hasta vendí el televisor. Vendí, en fin, todo lo que se podía vender y compré una descomunal boa anaconda. Es dura la vida del pobre: sólo durante tres días fui el héroe del edificio. Mi anaconda rebasó todos los diques, destruyó toda mesura, echó por tierra las convenciones más respetables. En todos los departamentos fueron multiplicándose leones, tigres, gorilas, cocodrilos… Algunos hasta tenían panteras negras, esas panteras que ni siquiera posee el Jardín Zoológico. La casa entera resonaba en rugidos, aullidos, parloteos. Pasábamos las noches en vela, resultaba imposible dormir. Los olores entreverados de felinos, cuadrumanos, reptiles y rumiantes tornaban irrespirable la atmósfera. Grandes camiones traían toneladas de carne, de pescado, de vegetales. La vida en el edificio de la calle Paraguay se hizo un poco peligrosa.

    Fue una experiencia inquietante la que tuve cuando volví, después de tanto tiempo, a compartir el ascensor con la joven y lánguida vecina del tercer piso, que ahora sacaba a su tigre de Bengala a dar una vuelta a la manzana para hacer pis. Recordé el lagarto que había asomado la cabecita por la abertura del cierre relámpago. Me enternecí. ¡Qué lejos habían quedado aquellos primeros, difíciles y quijotescos tiempos de los escorpiones y de los cangrejos! Finalmente llegó un momento en que no se pudo confiar en nadie. El portero, ante la tensa mirada de varios copropietarios, lavó en la vereda con agua y jabón a su rinoceronte de dos cuernos, y luego —como si allí no hubiera pasado nada— lo hizo penetrar en su departamento. Esto era más de lo que estaba acostumbrado a soportar el del 5º A: unas horas más tarde subió triunfalmente las escaleras llevando de la brida a su hipopótamo.

    El edificio se halla ahora inundado y semidestruido. Me encuentro redactando este informe en la azotea, en condiciones desfavorables. Cada tanto me sobresaltan los plañideros barritos del elefante que vive con los del 7º A. Escribo con el reloj a la vista, pues, a intervalos de ocho minutos, debo guarecerme entre las ruinas de la escalera para que no estropee estas páginas el chorro de vapor que lanza la ballena azul del 7º C. Y escribo con cierta inquietud, estando, como estoy, bajo la suplicante mirada de la jirafa del 7º D, que, asomando la cabeza por sobre la tapia, no cesa ni por un segundo de pedirme galletitas.

 

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires el 8 de noviembre de 1942. Es profesor de Lengua y Literatura. Desde 1969 hasta la actualidad ha publicado alrededor de noventa libros (cuentos, novela, ensayo, entrevistas, antologías). Muchos de sus relatos han aparecido en diversas lenguas de Europa y de Asia. Uno de sus últimos libros de cuentos es El crimen de san Alberto, que, junto con El forajido sentimental (ensayos sobre Borges), Las entrevistas de Siete conversaciones con Jorge Luis Borges y Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares, se hallan publicados, en Buenos Aires, por la Editorial Losada. Este cuento publicado pertenece al libro Imperios y servidumbres, Barcelona, Editorial Seix Barral, 1972.

  

ARGENTINA

MÓNICA SILVIA RETA

"EMOCIONES EN TIEMPOS LÍQUIDOS"

 

    La alarma del celular de Julián sonó, como todas las mañanas, a las cinco y media. Un poco temprano, o más bien mucho para su gusto, pero era la hora en la cual necesitaba levantarse de la cama si quería llegar temprano a la oficina. Sin pensarlo, ese día repitió el ritual: apagó la alarma, fue a la cocina a poner agua al fuego para hacer su té y, más dormido que despierto, se deslizó hasta el baño para lavarse la cara y vestirse. Recién encendió la luz luego de secarse el rostro con la toalla y se miró al espejo. Fue allí que dos cosas extrañas parecieron combinarse: de pronto, la luz potente que le daba en la cara... y esa cara, ¡no era la suya! Por Dios, ¿cómo podía ser que, ese sujeto que estaba allí, en su mismísimo espejo, en donde por fracciones de segundos buscó encontrarse a sí mismo, como era lógico, le devolviera otra? ¿¡La de su jefe!? Sí, era él: un sujeto canoso, de ojeras regulares, nariz regordeta y labios apretados que nunca permitían entrever qué estaría por decir, si es que algo iba a decir, pero ese era su jefe, no él.

    Julián se preguntó unas cien veces si estaría soñando. Pero no, una cosa era tener mucho sueño y otra seguir en él después de haberse parado de la cama. Y estaba levantado, tan de pie, que volvió otra docena de veces al baño para ver si no estaba confundido mientras su té terminaba de ponerse a punto en la cocina. Y todo lo que le devolvía el espejo era la misma cara de su jefe. Ese sujeto, con el que apenas hablaba todos los días, ¿cómo se atrevía a meterse en su espejo? Atónito, Julián se vistió, tomó el té y salió de la casa sin animarse a darle el beso de buenos días a su esposa ni a sus hijos, como lo hacía cada mañana, acercándose a sus camas. ¡Tenía miedo de que descubrieran que parecía estar en el cuerpo del otro! Un otro con el que Julián había discutido en los últimos tiempos, un jefe que consideraba injusto por su incapacidad de respaldarlo y ayudarlo en algunas situaciones, alguien a quien nunca podía pedirle algo, con la confianza de que sería capaz de otorgárselo.

    Al llegar al trabajo, tuvo miedo de encontrarse con sus compañeros. ¿Creerían que le había robado la cara a su jefe? Y lo peor: ¿estaría este hombre ya en su lugar de trabajo? Dudó unos instantes antes de entrar, pero después de todo “trabajo es trabajo”, se dijo, y abrió la puerta principal con un temeroso: "Buenos días". Por si ya el asombro no lo hubiera desbordado esa mañana, el ver a sus compañeros saludarlo como todos los días, como si nada ocurriera y él siguiera siendo el mismo Julián de siempre, directamente lo precipitó al abismo más oscuro de la incertidumbre. Y de pronto, en el pasillo apareció él, el jefe, por supuesto. Casi helado, Julián sólo atinó a extenderle la mano para saludarlo, cuál si fuera la primera vez en su vida que lo veía.

    —Buenos días, Julián —contestó el hombre, apretando su mano con naturalidad y sin reparar mucho en ello.

    Con la boca entreabierta, Julián contemplaba aún el rostro de su jefe, tratando de recordar si las mismas canas y la exacta redondez de esa nariz, eran lo que había visto en su espejo, hora y media antes. 

    Un mes después, esa misma cara de sorpresa extraña fue la que vio, ahora sí, en su jefe. Sobre la mesa, descansaba su renuncia indeclinable. Su superior, sin entender ni haber previsto motivo alguno para esta decisión, deslizó un comentario:

     —¿Por qué lo hacés, Julián? Teniendo un excelente sueldo, una buena posición, una carrera exitosa por delante en la compañía, ¿por qué querés irte? —le preguntó.

     —No es por vos, es por mí —respondió Julián con contundencia.

                                                       ***

    Son las cinco y media de la mañana en Buenos Aires, Argentina. Estamos en pleno mes de julio y, por supuesto, vivir en la parte más austral del mundo nos trae olas de frío increíble, al menos cada tanto. Llueve tenuemente. La humedad, en general, hace que el frío se sienta hasta en los huesos y hoy no es la excepción. Será quizás el privilegio de vivir al lado del Río de la Plata. En la puerta de uno de los tantísimos edificios de Palermo, Julián espera, sosteniendo su paraguas, a uno de sus empleados. Sí, y otra vez se repite a sí mismo que las cinco y media de la mañana es un horario demasiado temprano para estar en pie. Hoy tiene un pequeño negocio de diseño gráfico y multimedia para empresas, en uno de los barrios porteños que más ha crecido últimamente, en emprendimientos creativos, moda y arte en general. Tras su renuncia a la empresa en la que trabajaba, movido por el temor genuino de convertirse algún día en ese personaje malhumorado, tóxico y falto de la empatía más básica hacia sus colaboradores, ¡su jefe!, y tras haber comprendido que él, al trabajar en ese ambiente, pronto terminaría contagiado de lo mismo y seguramente muy identificado, a su pesar, con él, Julián decidió emprender un proyecto laboral propio. Un emprendimiento de servicios profesionales que era su pasión, aquello para lo que se había preparado en la universidad y había postergado durante años, al cambiarlo por un trabajo con un sueldo seguro al final de cada mes. 

    La noche anterior se había quedado hasta tarde en la oficina a terminar una presentación para uno de sus clientes más importantes. Tiene solo dos empleados que cumplen un horario común de trabajo, hasta las seis de la tarde, tal como él lo hacía cuando tenía su empleo anterior. Sintió que no podía pedirles que se hicieran cargo de este exceso de trabajo que llegó a último momento, así que tomó por su cuenta gran parte de lo que significaba tener la presentación lista a tiempo. Al volver a su casa, dejó las llaves de la oficina en una mesita para platos pequeña, que se hallaba en la cocina, casi sin darse cuenta, tan apurado como estaba por llegar a comer algo e irse a descansar finalmente. ¿Y a qué hora creés que sonó su alarma para despertar? ¡Justo una hora antes de llegar a su oficina! Sí, tal madrugón era necesario para ganar un contrato que le traería tranquilidad financiera a su negocio por lo menos durante seis meses. ¡Bien valía el esfuerzo! Sólo que esta vez olvidó las llaves de la oficina en la mesita de la cocina, detalle del que se dio cuenta al llegar, luego de que el taxi lo dejara en la puerta. Sergio, uno de sus empleados, era el único que tenía otro juego de llaves. Julián tomó el celular unas veinticinco veces para enviarle un mensaje, pidiéndole por favor que fuera a auxiliarlo y le llevara las llaves, y otras veinticinco veces se arrepintió antes de hacerlo y volvió a guardar el teléfono en su bolsillo. No podía despertarlo a esa hora y exigirle que saltara de la cama para ir como un rayo a trabajar.

    Después de todo, sintió que el olvido era responsabilidad suya y, mientras la fina lluvia porteña seguía empapando su paraguas, Julián esperó al menos una hora más para despertar a Sergio, su fiel empleado. ¿Te preguntás por qué? Sin duda, en la respuesta que podría darte resuena la palabra “liderazgo”. Ese liderazgo propio de una perspectiva muy distinta a la tradicional, aquella que sostiene que sin decisión consciente de vivir y relacionarnos con los otros desde el bienestar... simplemente no hay bienestar posible.

 

Mónica Reta. Psicóloga, coach y escritora argentina. Su último libro Be Emotional: Activa tu liderazgo emocional (2023) se presentó en la Expo Recursos Humanos de Cancún y luego en la Feria Internacional del Libro (2024 y 2025). Este año llegó al Palacio Barolo en el evento “Arte y emocionalidad”. También presentó su libro el 17 de diciembre en el Museo del Libro y de la Lengua. Más info en: www.coachingypsicologia.com 

 

PERÚ

CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR

"El EMIGRANTE LEJANO"

 

    —¿Olvida usted algo?

    —Todo —respondió el fantasma.

 

Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010), El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019) y El viaje positrónico (2022, en colaboración). Ha sido editor de revistas y antologías, con autores peruanos y extranjeros. Finalista de varios concursos literarios. Correo de contacto: fanzineelhorla@gmail.com



Friday, 15 August 2025

BABELICUS nº30

 

BABELICUS nº30

REVISTA LITERARIA EN ESPAÑOL - AGOSTO, 2025

FUNDADORES:

ADRIANA ALARCO, JEAN LOUIS BROUILLAUD, STEFANO VALENTE

ADMINISTRADORES:

ADRIANA ALARCO,

STELLA ROQUE,  CARLOS ENRIQUE SALDIVAR Y ELENA ZADRA



A nuestros fieles y amados lectores: presentamos el número 30 de nuestra revista Babelicus:  https://babelicus.blogspot.com, cumpliendo diez años desde el primer número. Contiene relatos en español para entretener a la familia y dar a conocer escritores hispanos de varias latitudes. Ruego a escritores interesados en publicar en Babelicus (grupo abierto sin fines de lucro) que envíen sus colaboraciones, (máximo 1000 palabras) preferiblemente en Word, al correo: infocorrectoradepapel@gmail.com,  junto con una semblanza del autor de cinco líneas. Los escritos publicados, luego de un escrutinio, no pierden sus derechos de autor. La revista es publicada en la página Babelicus de Facebook y se puede bajar del blog de Babelicus https://babelicus.blogspot.com, donde se encuentran todos los números anteriores de la revista.

 Portada: Lago de Garda, acrílico de Adriana Alarco de Zadra


Fundadores de Babelicus


El primer BABELICUS en español salió a la luz en el año 2016. A inicios de nuestras colaboraciones quienes fundaron la revista Babelicus fueron:

 

PIERRE JEAN  BROUILLAUD, (Paris 1927-2021)

Escritor francés quien publicó desde el año 1962, dos novelas (Calmann-Levy y Robert Lafont), cuatro colecciones de relatos y mas de 80 relatos o novelas cortas desde 1962, muchos de los cuales han sido traducidos y publicados en diversos países.  Ha traducido obras de arte e historia (ediciones Vianello) y más de 150 relatos en inglés, alemán italiano y español.  Ha colaborado con diversas revistas francesas y extranjeras, principalmente en Italia (revista Futuro Europa, ediciones Scudo y ediciones della Vigna, entre otras). Varios de sus textos aparecen en el sitio web: Un Autor de Noticias.

 

STEFANO VALENTE, (Roma 1963)

Licenciado en lingüística, colaboro con periódicos y radios italianos y extranjeros.  También trabajo como guionista y dibujante de comics e ilustrador y traductor. Publicó la novela Del Morbo en 2004, una crónica de 1770, ed. Serarcangeli. En 2008, su novela   Neokulturali con su novela Di Altre Metamorfosi, la primera de 2,046 novelas. Ha impartido lecciones de narrativa y talleres de escritura y edición de textos, y su blog El Sueño del Minotauro se ha convertido en un referente de la micro ficción internacionLial. Su sitio web: www.stefanovalente.com

 

ADRIANA ALARCO DE ZADRA, (Lima 1937)

Traductora y secretaria ejecutiva en su juventud, escribió libros de geografía del Perú, dramas y cuentos, con los cuales gano diversos premios. Dirigió la Fundación Ricardo Palma en Lima durante 10 años, la cual se ocupa de mantener la Casa Museo del escritor peruano. En 1978 publico su primer libro: El Libro del Viajero, guía turística del Perú.  En 2023 le publicaron su libro de relatos Diario de una Sombra”.

 


 

argentina

Cruzar el Rubicón

Luis Duarte

 

En aquellos tiempos en los que la falta de tino se pagaba con la vida, un artista plástico chino fue llamado por el emperador para pintar en el palacio. Hokuching abandonó lo que estaba haciendo y fuertemente escoltado se presentó ante el gran emperador. No llevaba más ropa que un harapo largo de dos bolsillos, y su imaginación.

—Hoy quiero —le dijo el gran emperador entre sollozos reales— que pintes algo que me saque la tristeza.

Hokuching juntó las manos y se inclinó. Pensó un instante y dijo:

—Para eso, Su alteza, necesito las patas de un pollo muerto y un pollo vivo, tinta azul y tinta bermellón. Ah… y un largo rollo de papel de paja de arroz.

Tres minutos después ya contaba con lo que había solicitado. Ante un centenar de curiosos sumisos, el artista sumergió las patas del pollo muerto en tinta azul y las arrojó suavemente sobre el rollo de papel. Al pollo con vida le sumergió las patas en tinta bermellón, y simplemente dejó que el asustado animal caminara sobre el papel.

Una vez terminado, se inclinó respetuosamente ante su amo real y le mostró la pintura, a la que llamó “El dado de las 64 verdades”.

—Me gusta, sí —dijo el gran emperador—, pero no me saca la tristeza.

—Pero…, Su alteza —dudó Hokuching—, acá no ha terminado la obra.

Falta que le lea alguna de las 64 verdades. O todas, si así lo desea, Su alteza.

—De acuerdo. Escucho tres verdades, y decido qué hacer —dijo el emperador, sin siquiera mirar al artista y ante un silencio doliente—. Tu suerte está echada.

Hokuching sacó un dado del bolsillo y lo arrojó al aire. Lo miró y dijo:

—Primera verdad: “El pollo vivo es bizco”.

Y el emperador sonrió, la multitud lo imitó reservadamente.

—Segunda verdad: “Al dado lo maneja Dios. Y a este lo maneja Su alteza”.

El emperador se ensanchó sonriente. La multitud luego de unos segundos aplaudió.

—Tercera verdad: “Quien mata a un artista está condenado a perder el reino”.

El gran emperador posó sus ojos llameantes sobre los de Hokuching. Y luego de un largo silencio agregó:

—Cuarta verdad: “Y quien mata a un emperador se convierte en artista” —El gran emperador sacó entonces de entre su vestimenta un enorme un cuchillo. Y ante el estupor ciego de la multitud, lo clavó en su propia garganta.

La sangre real brotó en cascada… Y así el gran emperador anduvo a los tumbos hasta que caer pesadamente al piso. Desde abajo, apagó su vida señalando a Hokuching.

Luis Duarte, escritor argentino, nacido en Lanús, prov. de Buenos Aires, en enero de 1969. Estudió periodismo y fue conductor del programa “Mano y contramano”, en FM La Tribu 88.7 mhz. Actualmente conduce su propio programa de radio “El Quijote Stream Tv”. El cuento pertenece al libro “Lagartijas”. Ha publicado: “La herradura de Freud”, 2013. “Fósforos gemelos”, 2014. “Latigazos del azar”, 2016. “Los guantes de Zaratustra”, 2018. “Rombos”, 2022. “Lagartijas”, último libro publicado en abril de 2024. Correo: luisenriqueduarte@hotmail.com

 

 

ARGENTINA

LOS GRADOS DEL AMOR

ROLANDO MARTIÑÁ

 

Él se levantó esa mañana del mismo modo como lo venía haciendo desde unas semanas atrás: animoso, entusiasta, y a la vez como viviendo en otro mundo… Para sorpresa de todos, últimamente parecía salirle todo bien, muy bien… Pero además, ese día era muy especial, era un día de fiesta. Se bañó y comenzó a vestirse para la ocasión. Demorando mucho menos que de costumbre, a la media hora andaba por la calle, tarareando una canción y dispuesto como pocas veces se lo había visto.

 

Al llegar, no tuvo más remedio que sumergirse en el caos multitudinario y el ruido atronador. Y lo aguantó como quien sabe que es el precio que debe pagar para llegar a su destino. Tras un par de horas de discursos, canciones y números músico-teatrales de dudoso gusto, finalmente la escena final, que él ya tenía pensado desde hacía mucho, cómo iba a ser.

 

Se dirigió al patio central y la vio: parada bajo el terrible sol de diciembre, con los brazos cruzados y la mirada anhelante. Se acercó decidido, mirándola fijamente a los ojos por primera vez, y tomándole la mano con delicadeza le dijo: “Ojalá que en séptimo grado, estemos juntos otra vez…”.

 

Rolando Martiñá, escritor argentino de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Tiene publicados ocho libros de educación, dos de cuentos, una novela y su último libro de cuentos: “Cuentos de todos los Amores. Experiencias terapéuticas y ficciones del enamoramiento” (2016), “Fin de siglo. Todos los amores, el amor” (2018) y “Dicho sea de paso. Hojas sueltas” (2021). Su último libro “Islas, héroes y princesas”. Este cuento pertenece a “Cuentos de todos los Amores. Experiencias terapéuticas y ficciones del enamoramiento”. Facebook: @rolando martiñá escritor.

 

 

URUGUAY

BRISA DE PRIMAVERA

C. M. FEDERICI

 

Habían transcurrido ocho décadas desde que Tiburcio Fagúndez emitiera su pri­mer vagido en este valle de lágrimas, pero él no lo creía.

¿Ochenta años? ¡Un vejete! No le cabía en la cabeza. La idea que él tenía de los ve­jetes provenía de las películas: voces cascadas y encías despobladas, a lo Walter Bren­nan o Gabby Hayes, o actitudes patriarcales y luengas barbas, como Donald Crisp o Finlay Currie (1) ... ¡Pero él no se sentía así! ¿Cómo podía aceptar sus... ochenta? ¡Si ni siquiera había asumido los cincuenta, tres decenios atrás! ¡Inadmisible!

Por eso caminaba con andar garboso y firme (aunque, eso sí, procurando pisar bien, porque las veredas no eran del todo confiables, sobre todo en horas de la noche) y cui­daba su atuendo, que era estrictamente formal, pero no “de viejo”. Y su imaginación, siempre despierta como en los años de su adolescencia, seguía soñando con el encuentro pro­videncial de la Mujer Ideal. Era un gran admirador de la belleza femenina, desta­cando el “femenina”. Él sabía que aún queda­ban en este mundo mujeres-mujeres, y algún día, o alguna noche, se cruzaría con una.

Claro que el destino se estaba demorando un poco, pero estaba convencido de que tarde o temprano vería re­com­­­­pensada su constancia. Mientras recorría la avenida, sus ojos se mantenían siempre alertas.

—¡Ay, perdón, señor!...

Lo inesperado. Ella había tropezado frente a él; prácticamente le cayó encima.

Se apresuró a ayudarla a incorporarse. Bastó el contacto de aquella mano exquisita en la suya, y lo asaltó una revolución dentro de sí, agitándose íntimas fibras por largo tiempo aletargadas. Sus sienes palpitaron, y sus pensamientos saltaron a lo lírico. “Es una obra primorosa del Supremo Escultor”, se dijo, con recóndito alborozo. “Esa suavi­dad..., esa tibieza..., la finura de sus formas..., desde la deliciosa cordillera diminuta de sus nudillitos a la perfección del dibujo de las uñas, impecables en hechura y color...”

Se las compuso para hablar con bastante naturalidad:

—¿Se encuentra bien, señorita? ¿No se lastimó?

Alzó ella su rostro. ¡Albricias! A los ojos de Fagúndez, se conjugaban en esas deli­cadas facciones todos los encantos que otrora le deslumbraran desde la pantalla del cine..., una adorable combinación: algo de Linda Darnell, un poco de Gene Tierney..., una pizca de la sin par Elizabeth Taylor (2). ¡Una diosa caída a la Tierra!

—No fue nada... ¡Suerte que usted me sostuvo! ¡Ay, qué desgracia! —ella miró hacia abajo—. ¡Se me rompió un taco!

Era cierto. Uno de los finos tacones-aguja (precisamente los que exaltaban el feti­chismo secreto de don Tiburcio) se había despegado.

—No se preocupe —se apresuró a decir—. Yo la ayudo. Veremos si encon­tramos quién se lo arregle. Aunque a esta hora...

—No importa —dijo ella, con hechicera expresión—. Vivo cerca. Si me acompaña...

Él llevó la mano al ala del sombrero, elegantemente ladeado a lo Dick Powell (3), característico de su personalidad. No llegó al extremo de quitárselo, claro, porque de haberlo hecho quedaría al descubierto la infamante zona yer­ma de su cráneo.

­—Reinaldo Arenas, a sus órdenes, señorita. ¡Será un placer y un honor escoltarla!

No había dudado más que una fracción de segundo en presentarse bajo el seudónimo con que firmaba sus novelas. Era impensable arruinar la gloria de aquel encuentro con un plebeyo “Tiburcio Fagúndez”. Y tal vez ella conociera sus escritos..., quién sabe.

Los espléndidos ojos azul cobalto relucieron, y una sonrisa de hada separó los rosados labios.

—¡Reinaldo Arenas! ¡Quién iba a decir que me encontraría en persona con mi autor preferido! Porque es usted, ¿verdad? ¡Su novela “Crimen de pasión” me erizó el pelo! ¡Es increíble cómo supo penetrar en la siquis de una mujer locamente enamorada que llega a matar!

Le estaban acariciando el ego. Tiburcio se esponjó. Pero elaboró una expresión mo­desta, al decir:

—Una novelita de quiosco, nada más... Un “divertimento” mío. Tengo otros trabajos de más envergadura (enseguida se arrepintió de la palabra, por sus connotaciones chaba­canas, pero ya estaba dicha), pero espero encontrar un editor que los aprecie como es debido. Entre tanto, me entretengo con mis tramas de terror y misterio. ¡Pero pongo todo mi afán en su escritura; no la menosprecio, como hacen algunos críticos fatuos!

Ella se había tomado de su brazo, lo que lo hizo estremecer, aunque procuró disi­mularlo. Siguieron caminando. El hombre aprovechó para deslizar una mirada admi­rativa por aquel cuerpo grácil, ceñido por un vestido rojo ajustado que revelaba sus curvas y meandros, dejando al descubierto un generoso escote y unas piernas bien torneadas emergiendo de la falda tubo.

A Fagúndez le ocurría algo peculiar: se sentía repentinamente aislado de los ruidos, de las luces de la calle y de los transeúntes, como si ellos dos deambularan por una espe­cie de túnel de su exclusi­vi­­dad. Pensó que era el momento de entrar un poco más en confianza.

—No estamos parejos —dijo, con una sonrisa.

Los preciosos ojos de la mujer se dilataron.

—¿Parejos?... No le entiendo, perdone.

—Usted sabe el nombre de su autor preferido, pero yo ignoro el de mi lectora más dilecta. Me lleva ventaja, ¿ve?

La risa de ella le sonó a Fagúndez a cascabeleo. Pero la cortó de golpe.

—Me siento algo dolida —dijo—. Pensé que yo tampoco sería una descono­cida para usted.

Ahora fue Tiburcio el sorprendido. Se detuvo y fijó en ella los ojos.

—¿Es que... ya nos habíamos visto antes?... —Sacudió la cabeza—. ¡No, no! ¡Impo­si­ble! ¡No me iba a olvidar nunca de un rostro como el suyo! ¡Jamás en la vida!

La joven volvió a reír con suavidad, instándolo a seguir andando.

—No quise decir eso. Es que trabajo en televisión. Telenovelas... Me imaginé que tal vez me habría visto. Soy Carmen Del Solar...; en estos días aparezco en “Mi perdida vir­­­tud”. Ya estamos por el vigésimo episodio, y los productores dicen que tiene un “rat­ing” muy alto, por eso me pareció que...

—¡Ah, vamos, vamos! ¡Estrella de telenovelas! Claro, con esas gracias que Dios le ha dado... Debí haberlo supuesto, perdone. Es que, ¿sabe?, hace mucho que deserté de la televisión. Estoy muy ocupado con mis lecturas y el trabajo de mi nuevo libro. No tengo tiempo para eso.

Ella esbozó un mohín de desencanto.

—¡Me ha creado un complejo, hombre malo! Me había creído más popular... Pero lo entiendo, lo entiendo. Usted es un intelectual; debe estar en lo suyo. Lo comprendo.

Sus curvadas pestañas aletearon, y el hombre carraspeó, algo confuso.

—Y créame que lo admiro más por eso... Pero, vamos, cuénteme algo de lo suyo, de cómo se inspira, de dónde le llegan las ideas... —Sonrió pícaramente, con resplandor de inmaculada dentadura—. ¿Tendrá quizás alguna Musa?

Él se atrevió a palmear la hermosa mano que descansaba en su brazo.

—Creo que acabo de encontrar una —repuso, sonriendo.

Le complacía íntimamente que ella no recurriese al tuteo indiscriminado que predo­mi­na entre la gente de estos días. Esto, a su parecer, le daba un cariz más romántico al en­cuen­tro. Adicto confeso a la formalidad, no aprobaba las libertades excesivas.

—Pues dedíquele a ella ese libro que está escribiendo. Sería lo justo, ¿no? Pero..., ya llegamos. Aquí vivo.

Estaban ante la puerta de un edificio de departamentos, frente al cual había pasado nuestro hombre más de una vez. “¡Si lo hubiese sabido!...”, pensó, pero no dijo nada.

—Bueno, ¡muchísimas gracias por su amabilidad! Y además..., ya tengo algo para contarles a mis compañeros del estudio. ¡Conocí a un famoso autor!

Le extendió la mano. Él, súbitamente acometido por una extraña cortedad, no se la estrechó, aunque se moría de ganas de sentirla dentro de la suya.

Hizo una inclinación de cabeza, tocando una vez más el ala del “Borsalino”.

—Y yo conocí a la mujer más despampanante de esta ciudad. —Sonrió­—. ¡Volve­mos a estar desparejos!

Ella se le acercó y lo tomó por los brazos, a la altura de los codos.

­—Emparejémonos, entonces. ¿No querría pasar a tomar un café? ¡De alguna manera tengo que agradecerle su ayuda! Y además, podemos seguir charlando, porque me inte­resa mucho lo de su trabajo, sus conceptos, sus metas... Dígame una cosa: ¿nunca pensó en escribir libretos? Porque se me ocurre que tal vez...

Unos inoportunos ladridos la interrumpieron. Era un perro callejero persiguiendo aira­do a una motocicleta.

—Parece existir una animadversión instintiva entre los canes y esos engendros mecá­nicos, plaga de las calles... —comentó Fagúndez, por decir algo.

Ella soltó de pronto una carcajada musical. El escritor la miró, confundido.

—¿Qué es lo que le causa tanta gracia, Carmen?

—Es que me acordé de un chiste... “¿Qué haría el perro si por casualidad llegase a alcanzar a la moto?” ¡Ja, ja, ja! —Y se tapó la boca con sus finos dedos.

En ese instante, un soplo de brisa tocó la nuca de Tiburcio Fagúndez. Sintió que se le ponía carne de gallina. La primavera había venido más fresca de lo previsto, al parecer.

Retrocedió unos pasos. Un velo de gravedad nubló sus facciones.

—¿Sabe una cosa, señorita Carmen? ¡Había olvidado que tengo un compromiso im­por­tante con mi editor! Va a tener que disculparme... Y a usted, por su parte, segura­men­­te la estarán esperando. —Se tocó por última vez el ala—. ¡Buenas noches! ¡Fue un ver­dadero placer conocerla, créame!

Y se marchó, intentando dar firmeza a su paso.

—Bueno... —murmuró, emprendiendo el regreso a su casa—, creo que cabe la posibilidad de que llegue a aceptar mis cincuenta, después de todo...

 

(1) Walter Brennan (1894-1974), Gabby Hayes (1885-1969), norteamericanos; Donald Crisp (1882-1974) y Finlay Currie (1878-1978), británicos, actores de carácter en películas de Hollywood.

(2) Linda Darnell (1923-1965), Gene Tierney (1920-1991) y Elizabeth Taylor (1932-2011), famosas beldades de la pantalla en los años 50 y 60.

(3) Dick Powell (1904-1963), primero cantante y bailarín en musicales, se decantó posteriormente a películas “noir” y a la dirección y producción de las mismas.

 

Carlos Maria Federici es un escritor y diseñador uruguayo, conocido por sus novelas de genero policial y de horror. Recordado en particular por su personaje, "Jet Galvez" y el protagonista de sus novelas, el detective Dorteros. Empezó sus publicaciones en los años 60 en editoriales sudamericanas y europeas.


PERÚ

OBEDECER

NANINA LIMA


Hay que seguir las reglas.  Todo llega con instrucciones y si no se siguen explícitamente puede ocasionar desastres.

No podemos salirnos de la raya y debemos obedecer a las leyes y ordenanzas que nos envían por el ordenador.  Me ha llegado un modelo nuevo y lo he encontrado en la puerta de mi casa al llegar.  Lo he abierto sobre mi escritorio y he comprobado que tiene nuevos programas enviados por el Centro de Información y Educación del Planeta.

Abro el programa que dice: “Seis Nuevas Reglas para el usufructo del ordenador y para mejorar la calidad del sistema”.  

La primera regla es: NO DESOBEDECER

(Tampoco debo pasar por alto las reglamentaciones y señalizaciones del ordenador).   

Segundo: No enseñar lo que contiene en vano

Tercero: Abrirlo diariamente

Cuarto: Respetar sus deberes y derechos

Quinto: No cambiar las reglas

Sexto: No eliminar el nuevo Programa para Sobrevivientes

He abierto el nuevo programa.  No hay vuelta que darle: si no cumplo estrictamente con lo ordenado existe el peligro de desaparecer.  ¡EL PELIGRO DE DESAPARECER!!!  Eso es muy grave y voy a enterarme de cómo puedo evitarlo.

PROGRAMA PARA SOBREVIVIENTES DEL PLANETA

Primero:  Seguir todos los puntos del programa (lo estoy siguiendo).

Segundo:  Indicar en los cuadrados en blanco si está de acuerdo o no (he contestado como me parece que es lo correcto y algunas luces se prenden y se apagan).

Tercero:  Los que han sobrevivido a esta respuesta, sigan con el cuestionario hasta terminarlo (he contestado y he sobrevivido, al menos todavía estoy aquí...).

Cuarto: No usar palabras alienígenas en el cuestionario (¿cuáles? ¿cómo? ¿qué tengo que decir? ¿qué es lo que no debo decir porque me borran?).

Quinto: No desobedecer al programa (¡no estoy desobedeciendo y quiero una respuesta inmediata!).

Sexto: Los que han respondido correctamente a todas las preguntas deben cerrar el programa del ordenador.

No se cierra.  Por más que aprieto el botón cerrar, no se cierra.  Debe estar atorado.  Busco nuevas ventanas: ayuda, detectar y reparar.  No pasa nada. Busco el botón suprimir, eliminar, excluir, prescindir, alejar, pero no obedece. Aprieto el botón de auto recuperación. Mi imagen aparece reflejada en la pantalla.  Soy yo mismo.  He entrado en el programa y ya no estoy en mi escritorio sino adentro del ordenador. Leo desde cerca las reglas que me siguen informando: “Los que han respondido correctamente a todas las preguntas deben cerrar el programa del ordenador”.

¿He contestado correctamente a todas las preguntas del ordenador? Como yo pienso que sí, busco en la pantalla la Barra de Herramientas y aprieto desde adentro: Archivo, cerrar.  No cierra.  Tampoco debo desobedecer, pero el programa no me obedece.  Me estoy volviendo loco. Aprieto el botón que dice: ejecutar, suprimir, abortar, eliminar, exterminar, aniquilar y siento que mi imagen va desapareciendo del ordenador.  Ya no soy, ya no existo, ESTOY DESVANECIÉNDOME.

Ya no tengo tampoco cuerpo ni reflejo ni reflexión ni clon ni original ni copia ni grabado ni plantilla personal ni imagen ni .... oooooooooooo

Nanina Lima: Nací en Perú y he trabajado como maestra de escuela y secretaria.  Viajé a muchas ciudades de Perú por trabajo.  En mi tiempo libre escribo cuentos. Espero que mi escritura les guste para poder seguir colaborando con Babelicus.


PERÚ

EMANCIPACIÓN

JORGE QUISPE CORREA

 

Frente a frente, conversando como amigos más que como enemigos, el virrey La Serna y San Martín buscaban llegar a algún acuerdo aquel 02 de junio de 1821 en la hacienda Punchauca, al norte de Lima. La propuesta de San Martín, según La Serna, no podía ser aceptada sin la aprobación real.

San Martín insistía diciéndole que “uno y otro tenían la oportunidad de hacer feliz al país”, que había que tomar una decisión lo más pronto posible.

Posteriormente ambos se encontrarían en el campo de batalla con la intención que sus ejércitos dieran lo mejor de sí. De pronto los rayos provenientes de la nave espacial que estaba frente a ellos mermaron la capacidad de resistencia militar drásticamente. Nada pudieron hacer ambas huestes frente al enemigo común. Daba así inicio a una nueva era: la de la colonización del planeta Tierra.

 

Jorge Quispe Correa Angulo. Escribe microrrelatos, cuentos y poesía. Ha publicado “Pasajeros de lo efímero” (Microrrelatos, Ed. Saxo, Perú, 2019), “Jardín de Levedades” (Microrrelatos, EOS Villa, Argentina, 2022), “Visitando a la abuela Estela” (poesía, Laia, Argentina, 2023), “Soñábamos con naves a propulsión” (cuentos de ficción especulativa, Omicrón Books, Ecuador, 2023) y “Zumo del tiempo” (Microficciones, Editora BGR, España, 2024).

 

 

PERÚ

EL ANILLO DE MI MADRE

MIRZA MENDOZA


Qué bueno que ya estás muerta.

El último recuerdo que tengo de ti es vomitando. Te habías antojado una ensalada de percebes. La trajeron de no sé dónde, sabían que eran tus últimos días con nosotros. Un mes antes de tu diagnóstico yo planeaba tu muerte. O debería decir: tu asesinato. Consulté los servicios de un sicario y el precio de las armas, por si me envalentonaba a jalar del gatillo.

Cada domingo, en misa, le pedía a Dios que retirara esos pensamientos pecaminosos de mi cabeza. ¿Era necesario hacer justicia con mis propias manos? Hasta que Dios escuchó mis rezos: no me quitó las ganas de matarte; me concedió tu sentencia.

Tras el diagnóstico, el peso sobre mis hombros se alivianó. Pero tú no podías con tu genio y te esmerabas en darme disgustos. Cuando aún podías hablar, me llamaste a tu habitación. Me pediste que escogiera una joya que me heredarías. Ahí estaba el anillo de mi madre. Ese gesto tuyo me dio más motivos para odiarte. Salí dando un portazo y con las manos vacías.

Cuando empezaste a perder el pelo, yo empecé a cuidar el mío. Me lo untaba con aceite de argán y me lo peinaba día y noche, frente a tu cuarto.

Tú ya no tenías fuerzas para mirarme con desdén. ¿Te acuerdas cuando llegaste a casa y yo tenía diez años? Maldita.

Quisiste que te acompañara a elegir tu ataúd y la mortaja. En el fondo, sabías que yo disfrutaría esas coordinaciones. Tal vez habías perdido la dignidad, el orgullo, la soberbia. O tal vez...me tenías miedo.

Cuando regresé a casa, viuda y sin hijos, te sorprendiste. No creíste que el accidente de mi esposo —ese que tú elegiste para mí— fuera cierto. Habías engatusado a mi padre para casarme a la fuerza, para que saliera de la casa de mi madre, la que tú usurpaste. Esa espina siempre la tuviste clavada.

Pero no te preocupes. Podrás preguntarle a mi difunto marido si se tiró solo del acantilado… o si fui yo quien lo empujó.

Ya lo sabrás.

 

Mirza Mendoza (Lima, 1985). Es autora del libro de cuentos: Enamórate de mí (Zafiro Editorial, 2024), Futurum, ocaso de la civilización (Editorial Libre e Independiente, 2023) y Tenebrismo (Editorial Sexta Fórmula, 2021). Autora en la antología XIII Exhumaciones extraordinarias a Poe (Editorial Grafos & Maquinaciones, 2024). Es parte del libro La tentativa de sentir (Ediciones Catarsis, 2024). Es una de las autoras del libro Perlas urbanas, narrativa hispanoamericana contemporánea (Grupo editorial Sial Pigmalión, España, 2024).


PERÚ

MONÓLOGO DE UN ERMITAÑO

EDGARD RIVERA RAMÍREZ

 

—Ella no es como tú, no tiene el color de tus ojos, ni esa forma apasionante de mirarme. Juro, amor mío, que tampoco tiene la exquisita textura de tu piel, ni esa suavidad ni su fragancia. Así que estoy seguro de que tampoco sabrá como tú, pero no tengo de otra, ya casi no me queda ningún trozo tuyo en el refrigerador.

 

Del libro “Habitación suspendida, breviario de locura y muerte” (Penumbra,2025).

Edgard Joel Rivera Ramírez (Piura, 1994). Licenciado en Ciencias de la comunicación de la Universidad Nacional de Piura. Ha publicado los libros de narraciones cortas llamados “Habitación suspendida” (Penumbra, 2025; Sietevientos Editores, 2022) y “De amor y otras mentiras” (Lengash, 2024). Es ganador del Primer concurso de Microrrelatos Tabula Escrita impulsado por la Editorial Luna Negra (2020). Recibió un accésit en el III Concurso “Berceo lee a Gonzalo” (España, 2021). Es coautor de las antologías “Escritos bajo lluvia y fuego” (Apogeo, 2025), “Retazos de papel IV” (Apogeo, 2024), “Grandes cuentos inéditos de escritores peruanos” (Sietevientos Editores, 2021), “Hojas en Guarda” (México, 2021) y “Pluma y pincel” (América, 2021).

 

PERÚ

¿QUIÉN ES «S»?

CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR


«Sobre el camino pedregoso de una noche taciturna se ha escrito un poema que a la noche alumbra fiel. Para ello, me desbordo tan inútil como miel en un desierto, como un cielo mal despejado. Y es aquí donde inicio».

No era más que un mirlo que golpeteaba en la noche, que atribuía sus sentimientos a una flor desencantada. Su nombre era «S». Amaba su mirada, mucho más de lo que amaba el atardecer de aquella noche blanca, cuando renací en la playa. La noche anterior se había secado la mar total y lloré, lloré con desconsuelo, era un chico huérfano en las tibias arenas del desierto, donde cada grano me llamaba, diciéndome: «Ven», de cara hacia la duna, pero no quería ir, mi pequeñez me impedía darme cuenta de la tristeza consciente, del espíritu magullado y en ese torvo desierto, semejante a una panza de equino, para colmo, llovieron tormentas de arena que me derrotaron.

¡Sí! Yo la amé, la amé más que cada litro del agua del mar, más que las coquetas peñas de las penínsulas, más que las adorables brisas o las ondulantes olas.

Mis caminos pasajeros pretendían encontrar el rumbo de una diosa a la que tanto adoré, la amé más que al atardecer cuando nací de nuevo.

«S» apareció, con el mar que ella hizo emerger; reina divina entre sirenas, hasta mi esencia llegó y la vi, no tenía cuerpo, pero la miré, yo era un fragmento de universo, y aun así la vi, y con su amor volví a la vida, ya como adulto, como un poema desgarrador, como una llamarada nocturna, salpicado de emoción y de penumbra.

¡Sí! La amé, amaba su mirada mucho más que las flores de todos los jardines del mundo, el aroma del placer erótico o la sensualidad del arte en mis venas. La amé más que mi anarquía vigorosa, que mis doce talentos, más que mis ojos, mi gusto, mi olfato, mucho más que mis oídos, mi mente, mi tacto... y mis ensueños. Adoraba su mirada, porque en su vista ella tenía el poder para salvar al mundo, para colmarlo de locura, de desilusión, un poder entonces tan intenso, que ahora siento tan lejano, el cual ahora se pierde en mil caminos que no recorro, ya que, si lo hiciera, me perdería yo también. Perdóname entonces.

«S», sí que te amé, a la distancia, con una risa insobornable, con un llanto inagotable que me dio agua para beber, energía para sobrevivir, fuerzas para suplicar, alegría para sonreír.

«S», dime quién eres, pues no lo sé y deseo enterarme, porque te amé y no pude amar algo que no conocí de modo real, por eso desearía saber de ti, aunque ya es tarde, ¿no es cierto? Ya te has ido para nunca más regresar.

«S», yo te amé, pero ya no te adoro más, las sombras han cubierto el paisaje. Perdona lo que fue, por favor. Sólo quisiera saber qué fuiste o qué eres aún; quizá sólo eras eso: un mirlo que golpeteaba en la noche de mis más tristes sueños.

Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Codirige la revista El Muqui. Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010), El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019) y El viaje positrónico (2022, en colaboración). Ha sido editor de revistas y antologías, con autores peruanos y extranjeros. Finalista de varios concursos literarios. Correo electrónico: fanzineelhorla@gmail.com