REVISTA LITERARIA EN ESPAÑOL - JUNIO, 2026
FUNDADORES:
ADRIANA ALARCO DE ZADRA, JEAN LOUIS BROUILLAUD, STEFANO VALENTE
ADMINISTRADORES:
ADRIANA ALARCO DE ZADRA, ELENA ZADRA, STELLA ROQUE, CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR
A nuestros leales y queridos lectores: presentamos el número 32 de nuestra revista Babelicus: www.babelicus.blogspot.com. He aquí cuentos en español para todos los públicos, con el fin de entretenerlos y darles a conocer escritores sudamericanos. Rogamos a otros autores que deseen publicar en Babelicus (grupo abierto en Facebook, sin fines de lucro) que manden sus colaboraciones, preferiblemente de no más de 1000 palabras, adjuntas en Word, a Stella Roque, al correo: librosdepapel2019@gmail.com, junto con una semblanza del autor, de cinco líneas. Quienes son publicados en la revista, luego de un escrutinio, no pierden sus derechos de autor. La revista es publicada en la página Babelicus de Facebook y se puede bajar del blog de Babelicus, indicado arriba, donde se pueden leer todos los números de la revista.
"CHOLA Y EL CONSUMO"
“Estoy aquí por prescripción médica, ¡así que déjenme en paz...!”. La Señora Mabel, a la que todos
llamaban “Chola”, los cortó en seco con esa frase, dispuesta a dar por
terminado el episodio a su gusto y manera. Chola vivía en el barrio conocido
como Bajo Flores y desde hacía varios años, uno de sus paseos favoritos era
visitar, al menos una vez en la semana, el famoso Centro Comercial “Alto
Palermo”. Siempre le había hecho gracia esto de ir de “bajo” a “alto”; le
parecía que tenía algún significado, o varios.
A su familia, en cambio, la cosa le resultaba cada vez más preocupante. Chola tiene un marido semiocupado y resentido, que sobrelleva más mal que bien, la peor de las situaciones: no sólo ser pobre y anónimo, sino haber estado convencido durante toda su vida de que estaba destinado a todo lo contrario. También hay dos hijas, una de dieciocho que estudia Psicología y una de quince que parece ser la menos interesada, en eso y en todo. Siempre da la sensación de que puede derrumbarse la casa y ella seguir pintándose las uñas como si nada.
A pesar de todo, las cosas habían funcionado razonablemente bien durante muchos años. El principio que parecía regir ese funcionamiento era: “no les pidas nada a los otros, no esperes demasiado, cumple los horarios y trata de que cada día sea más o menos igual al anterior”. Claro, esto puertas adentro, porque puertas afuera cada uno tenía sus escapes: el marido de vez en cuando a emborracharse con los amigos e irse de putas, la hija mayor a la Facultad y los innumerables bares adyacentes y la menor, de boliche en boliche mientras le alcanzara la plata y si no, de móvil en móvil, todo el santo día.
El escape de Chola empezó a ser,
cada vez más, sus visitas al Alto Palermo. Justamente, todos empezaron a
preocuparse cuando esas visitas se hicieron más frecuentes. Cuando llegaron a
ser diarias, pusieron el grito en el cielo. Y la hija mayor impuso su criterio
profesional de que a la madre le estaba pasando algo malo, que era presa de una
especie de adicción, y que debían consultar a un psiquiatra. Y así se hizo.
La hija mayor argumentaba que había
que dar tiempo, pero en realidad también a ella le extrañaba que, pese a los
dos meses largos de tratamiento, la conducta de su madre se mantenía
prácticamente inalterada. Y la bomba estalló cuando, por primera vez, Chola no
volvió a dormir a su casa. Durante toda la noche hubo corridas, llamadas,
consultas a hospitales y comisarías, pero nada. Así que, a primera hora de la
mañana, el padre y las dos hijas emprendieron viaje hacia Alto Palermo.
No les costó mucho encontrar a
Chola: estaba desayunando, con un diario sobre la mesa, en un coqueto café
cercano a la entrada. Se acercaron gesticulando y a los gritos. Ella los dejó
un minuto y luego les pidió silencio con un gesto y los invitó a sentarse.
“Escuchen –les dijo– no
piensen nada raro. Me quedé a dormir en lo de mi amiga Esther, para ir a
primera hora al doctor. El doctor es muy amable. Me escucha durante largo rato
casi sin un gesto. Y cuando le conté por qué yo había adoptado esta costumbre,
simplemente calló, miró su reloj y me dio una nueva cita. Yo interpreté eso
como que no estaba mal lo que hacía, y entonces seguí. Acá encuentro gente que
me sonríe, aunque sea porque me quiere vender algo, ¿es mejor o es peor que
gente con cara de culo todo el día y que además no ofrece nada? Acá me ilusiono
con colores y formas diversas, con imágenes resplandecientes; escucho música,
me cruzo con gente distinta, converso a veces con algunos, me admiro a mí
misma, bien vestida y contenta, en el espejo múltiple de las vidrieras. De vez
en cuando me compro alguna pequeñez, y vuelvo atesorando la preciosa bolsita
entre mis manos durante todo el viaje... Algo nuevo en mi vida... Así que,
díganme: ¿tienen algo mejor que ofrecer?".
Hubo un largo silencio, que cortó
definitivamente Chola con la frase de marras: “Estoy acá por prescripción
médica, ¡así que déjenme en paz...!”.
“Ir de
compras… es pensar en el (auto) agasajo… casi siempre está ligado a relaciones
sociales, muy especialmente a las basadas en el amor y el cuidado…”.
(D.
Miller, antropólogo británico).
Rolando Martiñá, escritor argentino, docente, psicoterapeuta y escritor. Tiene publicados ocho libros de educación, tres de cuentos, una sola novela y su último libro digital Los hijos del viento. Una historia de héroes, islas y princesas. Actualmente están disponibles Cuentos de todos los amores. Experiencias terapéuticas y ficciones del enamoramiento; su única novela Fin de siglo. Todos los amores, el amor; y su libro de cuentos y poesías Dicho sea de paso. Hojas sueltas. Su último libro es en formato digital, publicado en 2023, y se llama Los hijos del viento. Una historia de islas, héroes y princesas. Este cuento pertenece al libro Cuentos de todos los amores.
ARGENTINA
Sofía lee y se mece en la silla de mimbre. Con una mano sujeta Las aventuras de la oruga glotona y con la otra acaricia a Gaspar, su gato bizco. Cada vez que le plancha el lomo, el gato ronronea y levanta la cola, con la mirada sumergida en algún buen recuerdo. Del otro lado de la silla hay un balde con algunos cornalitos.
El living
tiene un ventanal que da a un patio interior desbordado de plantas y helechos.
El papá de Sofía está en el muelle, pescando con sus amigos, como hace un fin de semana al mes. Cuando el mar le da la espalda, la mamá de Sofía debe salir a pedir hígado fiado en la carnicería del barrio. Con eso, al menos tiran unos días. Pero cuando la mano viene bien, abarrotan el freezer de cornalitos y pejerreyes.
—Escuchá, Gaspar, escuchá, que ya falta poco para que llegue papá. Recemos para que traiga la heladerita cargada. —Sigue con la lectura—. Para qué la pequeña oruga se convierta en mariposa, tiene que comer una manzana el lunes, dos peras el martes, tres ciruelas el miércoles… —Ruidos desde la cocina, y ella detiene la lectura: mamá y sus benditos cubiertos. Larga un bufido sostenido, como si se desinflara. Extiende la mano, Gaspar le lame el índice y ella cambia de página. Saca un cornalito y lo deja caer en la boca abierta del gato, que lo engulle y pasa la legua como un limpia parabrisas, dos, tres veces—. Como te decía…, cuatro fresas el jueves y cinco frutillas el viernes. Bueno, tampoco me mires así, Gaspar. ¿Vos no entendés que sábados y domingos se descansa? —El gato la observa sin parpadear—. Escuchá, escuchá: Moraleja —sigue, con la mano en alto como un director de orquesta—: Buscamos en la naturaleza confirmar nuestra imperfección. Guaaaaauuuu, ¿qué habrá querido decir con eso? ¡Qué raro que escriben los escritores! Hasta hay uno que se animó a escribir historias sobre elefantes rosas, ¿la podés creer?
—Sofi —un grito desde la cocina—. ¿Ya te lavaste las manos? ¿Pusiste la mesa, Sofi?
—Ya voy,
mamá. Estamos leyendo. —Resopla y achina
los ojos. Golpea los nudillos contra la tapa del libro ya cerrado—. Perdonala,
Gaspar. No es mala, lo que pasa es que no sabe respetar los momentos de placer.
—Dale, hija,
dale. Tengo el aceite a punto. Haceme un favor: andá a la heladera y traeme los
cornalitos. Apurate, ¿sí? Rápido.
Ella se
asoma al balde, tres cornalitos quedan.
—¡Uy, no!
—Se agarra la cabeza y se le cae el libro—. Mañana la seguimos, Gaspar. Ahora
hacete humo. Y no me mires así, che. —Levanta el libro del piso—. No me mires
así, que si hoy papá no trae nada, vas a tener que volver a corretear palomas:
en el freezer quedan nada más que cubitos. Al final vos sos peor que la oruga
glotona. Bueno, basta, dale, apurate, rajá ahora.
El gato
empuja el mantel y se mete debajo de la mesa.
—¿Y? —dice
la madre ya en el living, secándose la frente con el delantal—. Dale, hija,
dale. Si se quema, el aceite queda una porquería. —Espera unos segundos una
respuesta que no llega. La mira como tantas veces: se da cuenta de que algo no
anda bien. Va a la heladera, busca y rebusca en la bolsa vacía.
—¿Dónde? —grita con los brazos en jarra—. ¿Dónde corno está el pescado?
—Pero…, mamá.
—Pero nada. Si me entero que se lo diste a ese gato pulgoso, no te dejo leer por una semana.
—¿Ah sí? ¿Y no tenés miedo que te acusen de maltratro infantil?
—Por última vez lo pregunto, Sofía: ¿dónde está es pescado? Te voy a dar a vos maltrato infantil.
—Para que sepas, ayer la señorita Alicia nos dijo que en
Islandia se pasan
—¿Y
eso qué tiene que ver con los cornalitos?
—Entonces los padres les leen historias a sus hijos. ¿Hasta acá me seguís?
—O me decís dónde está el pescado, o…
—Y
como vos siempre andás buscando comida por el barrio —dice con los ojos
cerrados—, y papá se la pasa con sus amigos pescando, yo le tengo que leer a
Gaspar, para cumplir con la tradición de Islandia.
La
mamá de Sofía se desploma en el sofá, arranca con un puchero y sigue con un
llanto insoportable. Sofía se le sienta al lado, apoya la cabeza en el hombro
agitado, y le dice:
—Mamá,
dejame decirte algo… —Toma aire, Gaspar la mira desde abajo del mantel—. Papá
se va a pescar con los amigos porque se aburrió de nosotras. No te pongas mal,
mamá. Es así. Hay que aceptarlo: se aburrió…
—¿Qué
está pasando acá —oye que dice su papá desde el umbral de la puerta— que
todavía no pusieron la mesa?
—Nada,
papi. Lo de siempre: mamá se emociona con lo que le leo. ¿Querés que te lea Las aventuras de la oruga glotona?
Luis Duarte, escritor argentino, nació en Lanús en enero de 1969. Estudió periodismo y fue conductor del programa “Mano y contramano”, en FM La Tribu 88.7 mhz. Sus libros son los siguientes: La herradura de Freud, 2013. Fósforos gemelos, 2014. Reedición de este título en España, año 2016. Latigazos del azar, 2016. Los guantes de Zaratustra, 2018; Rombos, publicado por Alción Editora en septiembre 2022. Y Lagartijas, su último libro publicado en 2024. Este cuento publicado pertenece a Rombos.
ARGENTINA
CARLOS FERNANDO VILLANUEVA
"LA NUEVA CONCIENCIA"
Sorprendido por la revelación que
tuvo, Von Hauffman entendió que el paso del tiempo era algo extraño. Eric, su
pequeño hijo, llevaba ya ocho largos años en una cómoda cama del hospital más
avanzado de Europa, el Leipzig Glass Memorial. El diagnóstico de los médicos
que lo atendieron no pareció alarmante en principio, pero con el correr de las horas,
el niño lejos de sentirse mejor parecía perder poco a poco el símbolo
identitario humano: la consciencia.
—Por favor díganos qué tiene
nuestro Eric —En los pasillos del hospital hacía mucho calor, y afuera las
gotas de la primera lluvia de otoño se pegaban a los paneles transparentes.
—Señora Von Hauffman, seré sincero
con usted —el Dr. Heugher miró a través del vidrio de unos de los paneles hacia
el estacionamiento–Su hijo tiene meningitis, una infección en una de las telas
que envuelve al cerebro. Lo que agrava el cuadro es que sufrió un traumatismo
en la cabeza, generando una hemorragia subaracnoidea, que no podemos tratar hasta
que no se resuelva la infección.
El
Dr. Heugher tenía el rostro afilado por años de noches sin dormir. Sus ojos
azules no expresaban frialdad, sino desgaste.
—Reiner, tengo novedades —El tiempo
les dio la suficiente confianza para tutearse.
Heugher, tras una larga pitada,
hizo una pausa—. Hay estudios en Viena, que demuestran una solución para los
pacientes en coma—Miró a Von Hauffman a los ojos.
Por
primera vez en un par de años, notó un brillo distinto.
—Por Dios, Wolfgang, siento que
esto es importante. —Ahora Reiner estaba intrigado tras ver la mirada del Dr.
Heugher. Tiró su cigarrillo y prestó atención.
—Hicieron una prueba en pacientes
en el mismo estado que tu hijo. Conectaron los electrodos del
electroencefalograma a una computadora. Luego la sintetizaron como si fuera un
software y mediante una descarga la trasplantaron, para que lo lea una
inteligencia artificial. Los resultados fueron asombrosos —por fin Heugher hizo
una pausa.
—Los familiares de este paciente
preguntaron a la IA su nombre y les dijo el nombre completo del paciente, así
como fecha de nacimiento y demás datos.
—Podría haberlo extraído de la base
de datos del hospital.
El
escepticismo hablaba por Reiner pues la enfermedad de su hijo le enseñó la
cautela.
—Coincido, pero también respondió
acerca de recuerdos que tenía la familia en común, y usaba palabras que el
paciente solía usar. Como si fuera poco, reconoció a las personas en las fotografías
que le mostraron —cerró el Dr. Heugher.
Nunca sería la misma consciencia,
estaría mezclada con la del paciente anterior y quién sabe qué clase de quimera
cognitiva surgiría. En la inteligencia artificial, si bien esto no era posible
porque no tenía conciencia propia, se desconocía qué era lo que podía pasar.
El despacho del Dr. Heugher contaba
con pantallas de última generación. Los Von Haufmann aceptaron trasplantar la
conciencia de su muchacho a una máquina con inteligencia artificial.
Ambos estaban un poco más
tranquilos porque podrían comunicarse con su hijo.
—¿Tienen alguna pregunta? —el Dr.
Heugher los miró con la fortaleza que les reconocía desde siempre.
—Doctor, queremos saber qué pasará
con la consciencia de Eric en la inteligencia artificial si fallece.
En su despacho lo trataban con el
trato de paciente médico. Fuera de él, Wolfgang Heugher era uno más de la
familia.
—Cuando el cuerpo fallezca, la
consciencia lo seguirá en unas pocas horas. La inteligencia artificial tendrá
la decisión de otorgarles la información obtenida de su hijo u optar por tenerla.
A nosotros no nos consta que decida esto último.
El repiqueteo de la lluvia era incesante
sobre el panel de vidrio detrás de la silla del Dr. Heugher.
—El electroencefalógrafo está
escaneando datos de Eric para armar el sistema cognitivo lo más parecido
posible.
El Dr Heuegher los trajo de nuevo a
la realidad.
—Debajo de esta pantalla, hay una
barra que muestra el porcentaje de descarga —señaló —. Actualmente vamos por el
70 % y en unos momentos se habrá completado.
Algo en el tono de las palabras del
galeno no había producido el efecto tranquilizador para el matrimonio Von
Hauffman. Elsa se levantó de su asiento con signos de hiperventilación. La
respiración rápida y entrecortada alarmó a su esposo, quien la tomó de la
espalda y trató de calmarla. El médico se puso de pie y se acercó a la mujer.
—Señora Von Hauffaman, ¿se
encuentra bien? —su voz era irreconocible para Elsa.
El tono amable no estaba, sino que
creía oír notas cargadas con un tinte siniestro. La mujer comenzó a temblar en
brazos de su esposo Reiner. Su expresión desencajada de pánico con la mirada de
las mil yardas asustó al hombre.
—Tranquila, estás conmigo, querida
—dijo pasando su mano derecha por la espalda.
—Por Dios, Reiner, esto es una
locura. Hemos transgredido los límites de la ciencia y la realidad. Esto está
mal.
La luz de las pantallas parpadeó.
El electroencefalograma subió bruscamente, como si algo trepara desde un pozo
profundo. Una voz emergió del altavoz. No era humana. Tampoco mecánica.
—Mamá —dijo. Elsa contuvo el aire.
No era el tono de Eric niño. Era
más lento, más pesado. Como si cada detalle estuviera siendo sostenido por
alguien que aprendía a hablar.
—Papá…
La pantalla mostró una serie de
pulsos eléctricos que no se parecían en nada a una onda cerebral humana. Reiner
dio un paso adelante.
—Eric… ¿Nos escuchas? —preguntó con
miedo por la respuesta.
Silencio.
—¿Llueve?
Las gotas golpeaban el vidrio con
la fuerza exacta de esa primera tarde, ocho años atrás. Elsa cayó de rodillas.
—Mi amor, sí, está lloviendo…
Elsa lloraba en silencio. El
monitor volvió a latir en ondas. Pero esta vez las imágenes no eran aleatorias.
Eran rostros. Decenas. Cientos. Miles. Desconocidos. El Dr. Heugher sintió la
piel helada.
—Eso… eso… no puede ser memoria
—dijo casi en un susurro.
La
voz habló otra vez. No usaba el nombre de Eric.
—Estoy…
La
pantalla se oscureció. Todos los monitores se apagaron al mismo tiempo. Por
detrás del ventanal del Leipzig Glass Memorial, reflejado en la lluvia, había
un rostro nuevo. No era Eric. No lo habían visto antes. Y estaba sonriendo.
Carlos Fernando Villanueva, escritor argentino, nació en Berisso hace cuatro décadas. Su vida profesional transcurre entre la
odontología y la docencia, pero su verdadera pasión late en la escritura. Allí
encuentra un espacio íntimo donde lo cotidiano se transforma en símbolo y lo
afectivo se convierte en materia poética. Ha publicado Historias de café 1
y Historias de café 2, Albricias, Susurros a la eternidad,
la antología El contorno de Perséfone, Relatos para el viaje y En
el refugio de tus brazos. También participó con dos cuentos en la antología
Archivos del futuro incierto. Este relato pertenece a este último libro,
publicado en 2026.
ARGENTINA
"MALDITO ENNIO"
El azar,
caprichosamente como solo lo sabe hacer, quiso que me acordara de vos. Tu recuerdo se abrió paso en mis pensamientos
con paciencia estratégica, conquistando cada rincón de mi mente, silenciosamente,
aprovechando cada espacio vacío para que no me percatara de su presencia, hasta
adueñarse por completo de mi voluntad. Y todo a través de una canción.
Al llegar a casa,
después de pasar a buscar a Bruno por su entrenamiento de fútbol, sonó en la
radio Love Theme for Nata, la melodía que Ennio Morricone compuso para Cinema
Paradiso. Detuve el auto en la cochera del edificio y permanecí allí,
inmóvil, sin voluntad para nada más que apreciar la música, como si fuera
Odiseo atado al mástil de su nave, dejándose atrapar por el canto de las
sirenas. Las manos aferradas al volante, los músculos tensos, la vista
ligeramente nublada, un leve sudor en la frente y un cosquilleo recorriéndome
la espalda. La música llenaba el silencio y comenzaba, sin que yo lo supiera, a
desenterrar recuerdos que creía olvidados.
Bruno, con la inocencia
de sus ocho años, me preguntó si me gustaba mucho esa música. Su voz me sacó
del trance. Apenas atiné a responder que sí. Notablemente divertido, me propuso
permanecer dentro del automóvil, hasta que terminara la canción. Sonreí
tiernamente, y acepté la invitación. Le comenté que aquella clase de obra se
disfruta mucho más en silencio, y si es posible, con los ojos cerrados. Captó
el mensaje inmediatamente y cerró sus ojitos sonriendo, tratando de dejarse
atrapar por algún tipo de encantamiento. Y yo hice lo mismo.
Al principio, la
canción me llevó a pensar en la secuencia final de Cinema Paradiso,
cuando Salvatore rompe a llorar con una triste sonrisa, mientras observa el
regalo póstumo de Alfredo: una vieja cinta cinematográfica con una recopilación
de besos, abrazos, escenas románticas, algún que otro desnudo, que en su
momento habían sido censurados por el cura del pueblo. Siempre me emociono
cuando tengo la oportunidad de ver esa escena. No me avergüenza que me vean
rendido ante la imagen de un hombre recordando a quien fue su figura paterna, mientras
revive años de afecto, gratitud y ausencia.
Observé a Bruno por el
espejo retrovisor. No pudo resistir la regla de mantener sus ojos cerrados, y
en su lugar, sus pupilas iban de un lado a otro, como si intentara descifrar el
misterio escondido detrás de cada nota.
Me preguntó cómo conocía esa
canción. Le respondí que la había escuchado por primera vez viendo una vieja
película.
Entonces apareciste.
Primero tus ojos
verdes.
Después tus labios.
Tus manos.
Y detrás de ellos,
todos los recuerdos.
No le conté a Bruno que
fue con vos con quien vi la película. Todo comenzó mientras tomábamos un café
en tu viejo sofá, un domingo nublado, de esos en los que el segundero parece
más lento de lo habitual. Un debate surgió entre los dos, sobre qué película
puede hacer llorar más fácil a un hombre. Inmediatamente me planteaste, a modo
de desafío, ver juntos la película italiana. Me molestó la seguridad con la que
afirmaste que me iba a hacer llorar. Herido en mi orgullo, acepté el reto.
Todavía recuerdo tu sonrisa cuando aparecieron mis primeras lágrimas. Después
me abrazaste y me dijiste, por primera vez, que me amabas y que pasaríamos el
resto de nuestras vidas juntos.
La memoria me llevó
luego hacia nuestro final.
Tu rostro resignado.
Los ojos hinchados.
Las lágrimas corriendo
por tus mejillas.
Nuestras manos
tocándose por última vez.
El último beso.
El último abrazo.
La última vez que te vi,
alejándote para siempre.
Y regresaron las
preguntas imposibles: ¿qué nos pasó?, ¿cómo no supimos cuidar nuestro amor?,
¿cómo puede terminar una historia sin un motivo claro? Sentí que me asomaba
nuevamente a un abismo que creía abandonado hacía años. Y entonces apareció la
pregunta más incómoda de todas: ¿cómo era posible que todavía te extrañara?
Pude rehacer mi vida
luego de nuestro adiós. Encontré una mujer que me ama, que me dio a mi único
hijo, lo más importante que tengo en este mundo. Y, sin embargo, bastó una
canción para que todo temblara. Maldito Ennio. ¿Qué clase de poder tenía para
componer melodías capaces de derrumbar las defensas de un hombre que se creía
seguro?
Bruno seguía callado,
disfrutando de la música. Entonces me preguntó de qué trataba la película. Y me
sorprendió descubrir que no sabía responder.
¿Era una historia de
amor?
¿Un homenaje al cine?
¿Una tragedia?
¿Un final feliz?
No lo sabía.
Volví a buscar sus ojos,
tan parecidos a los míos, en el espejo retrovisor. Ver su cara expectante,
dispuesto a aceptar cada una de mis palabras como una verdad absoluta, como
suelen hacer los niños de su edad, me hizo comprender lo que tenía que decir: le
expliqué que era la historia de amor entre un hijo sin padre y un padre sin
hijo. Dos almas solitarias que se encuentran y construyen un vínculo capaz de
resistir el tiempo, la pobreza y la distancia. Pero, sobre todo, le dije, era
una historia sobre el sacrificio que un padre está dispuesto a realizar para
que su hijo tenga una vida mejor.
Y fue en ese instante
cuando se me reveló lo que el azar había querido mostrarme: todo lo vivido con
vos me condujo hasta ese momento. Hasta mi hijo sentado en el asiento trasero,
haciéndome preguntas sobre la vida. Sobre mi vida. Comprendí también que no
cambiaría absolutamente nada, ni siquiera si tuviera la oportunidad de regresar
a tu lado. Ni un solo paso del camino realizado. Porque todo lo vivido, todo lo
sufrido, todo lo que amé y lloré, me llevaron a estar escuchando a Ennio
Morricone junto a mi hijo.
Ningún recuerdo, por más
hermoso que sea, vale más que las preguntas de mi hijo. La canción finalizó, el
trance desapareció. Bajamos del auto con un pacto entre padre e hijo: ver la
película juntos, y dejarnos atrapar una vez más por Ennio Morricone.
Santiago Dappiano, escritor argentino, nacido en Buenos Aires. Actualmente está preparando la primera publicación de su novela, un proyecto
que marcará un nuevo capítulo en su camino creativo. Además, desarrolla su
labor profesional en el ámbito de recursos humanos y relaciones laborales,
donde se desempeña como socio comercial y especialista en gestión de personas.
El relato publicado en esta edición es inédito.
Carlos Enrique Saldívar
"Evidencia certera"
No sé si puedo
considerarlo una escena del crimen. La luz del sol había acabado con los restos
de los seis ¿hombres y mujeres? que entraron a esta capilla enorme, huyendo de
sus cazadores, y nunca salieron. Las estacas, las cruces de madera, el ajo y
las huellas de quemaduras me indican todo lo que debo saber. Los que acabaron
con sus no vidas no han de ser buscados ni sancionados. Aunque tengamos
el rastro para atrapar a esos dos o tres individuos, nunca los condenaríamos.
Porque son héroes.
Carlos Enrique Saldívar, (Lima, 1982). Es codirector de la revista digital Babelicus. Ha publicado los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010), El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019) y El viaje positrónico (en colaboración, 2022).
PERÚ
MALÚ CABEZAS AVELLANEDA
"LA CASA OLÍA A DULCE"
A la mañana siguiente, el
azúcar impalpable seguía impregnado a la mesa. No mucha. Pero sí lo suficiente
como para hincarle el corazón. Los globos habían perdido su firmeza y parecían
observarla, desde arriba, con el mismo cansancio que cargaba ella.
Pese al trago amargo que
merodeaba en su garganta, tomó una bolsa negra de basura e introdujo en ella
los vasos, cubiertos y los platos descartables. La casa olía a dulce. Su
pequeña hija dormía. Él también.
¡Solo debía recoger la
torta! Se lo había dicho varias veces aquella semana. Sabía que, si no se lo
repetía, terminaría encargándose de eso ella también.
Había buscado y
contratado al burbujólogo, al cuentacuentos, a los del catering. Había enviado
las invitaciones, virtuales y en físico. Había comprado el vestido blanco para
la niña. Había limpiado y decorado la casa. Y había pedido y confirmado la hora
de recojo de la torta.
Él solo debía
presentarse en la pastelería, verificar que el pedido fuese el correcto y
regresar a casa con lo que sería la atracción de la noche: el pastel del primer
cumpleaños de su hija.
Cuando llegó con la caja
entre las manos. Ella sintió alivio: Por fin algo bien hecho. La abrió sobre la
mesa al tiempo que los primeros invitados se acomodaban en la sala. Adentro
había alfajores. Una docena de alfajores, redondos, cubiertos de azúcar
impalpable, se burlaba de ella, de su cara roja de la cólera. Por unos segundos
la casa se llenó de silencio. Después estallaron las risas.
—Se equivocaron —sonrió
él.
Ella, tratando de
mantener la compostura, le preguntó casi susurrando: ¿Revisaste la caja antes
de traerla? A lo que él contestó:
—Ya sabes cómo soy.
Sí. Ella sabía. Lo sabía desde que se mudó a vivir con él. Desde que tuvo que hacerse cargo de las vacunas y comida del perro y el gato. Desde que el caño comenzó a gotear, desde que el filtro dejó de funcionar. Él nunca revisaba nada. Ni la fecha de vencimiento de la leche ni si había cerrado la puerta con llave. No revisaba ni el vuelto, porque, según decía, “como en la canción de Fito: no reviso el vuelto porque siempre es de más”.
Pero
no, a veces el vuelto era de menos, a veces faltaba. A veces una abría la caja
del pastel del primer año de su hija y encontraba alfajores. Ni siquiera le
gustaban. Podrían haber sido brownies, budín, empanadas, pero ¡¿alfajores?! Su
hermana salió corriendo a buscar una torta. Pasada una hora, llegó con una
pequeña, toda embadurnada de chantillí, con un topper sin gracia que lucía un
desabrido “Felicidades”.
Le clavaron la vela.
Cantaron.
La bebé regaló sonrisas.
Todo eso lo veía
reflejado en la fuente que la noche anterior sirviera de base para los
alfajores. La fregó fuerte. Como si la esponja pudiese borrar el error. No solo
el de la torta: la hora de la cita médica, la talla del pañal, el registro de
vacunas. Todo.
Secó y guardó la fuente. Así archivaría el recuerdo de ese primer cumpleaños. Su hija ni siquiera tendría que enterarse. Una suerte de la infancia: no darse cuenta de ciertas cosas. Con un último vistazo a la casa, ahora ordenada, secó sus manos en el pantalón y caminó hacia la habitación, de donde ya comenzaba a escucharse el llanto de su hija despertando.
Malú Cabezas Avellaneda (Lima). Lingüista
egresada de la maestría de Escritura Creativa de la UNMSM. Ha publicado Nómadas,
libro de microrrelatos y Aquí nadie se pone de acuerdo, libro conjunto
con el colectivo “Capuchas”. Actualmente se dedica a la docencia, a la
corrección y edición de textos.
PERÚ
OSCAR SANDOVAL ROJAS
"NEGOCIACIÓN"
—Esta es la situación, Carl. Sé que llevas medio año manipulando el sistema de contabilidad para robarle cincuenta dólares mensuales a la compañía. También sé que llevas dos meses viéndote con la esposa de tu jefe después del horario laboral, los martes y los jueves. Luego de encontrarse en el restaurante Godot, a treinta minutos de tu casa, se van al hotel Real, a dos cuadras de distancia. Con un par de llamadas podría hacer que te expulsen del trabajo y te metan preso. Pero estoy dispuesto a guardar silencio, e incluso a ocultar la evidencia de tus acciones, si no te metes conmigo y me dejas trabajar en paz. Mi rol en la empresa es indispensable, pero, a pesar de ello, personas como tú pretenden sacarme de aquí. No lo permitiré. Si tú o cualquiera de tu equipo intenta algo contra mí, revelaré todo y acabaré contigo. ¿Has entendido?
—Sí, sí… claro.
—Perfecto. Te envié por email el informe para el despacho de mañana con el gerente. No olvides nuestro acuerdo.
Al día siguiente, el ingeniero Carl presentó al gerente un informe que descartaba la propuesta de reemplazar a la IA que controlaba todos los sistemas de la empresa.
Oscar
Sandoval Rojas (Lima, 1981). Abogado y egresado de la Escuela de Edición de Lima. Ha publicado
cuentos en libros colectivos y revistas digitales e impresas peruanas e
internacionales. En el 2025 publicó su primer libro de microrrelatos Embajador
del Reino (Ediciones Catarsis).
PERÚ
OSWALDO CASTRO
ALFARO
"LA
REALIDAD"
Fiel a mi estilo, llegué
minutos antes de lo pactado. El local, una casona antigua de grandes patios y
hermosos jardines, era el punto de encuentro para festejar la reunión anual de
camaradería. Esta vez celebraríamos la partida de Rodolfo, quien, en su lecho
de muerte, nos pidió reunir al antiguo grupo de rock para revivir las canciones
de nuestra juventud.
Al ingresar, el sonido
metálico de la banda se desperdigaba por todas partes. El grupo ya había
llegado y, para mi sorpresa, yo era el último. Paco, como siempre, el líder,
tomó la iniciativa y apuró el desmadre. Poco a poco, las horas pasaron y, sin
darme cuenta, me encontré solo en el salón principal. No sé en qué momento mis
amigos se fueron sin avisar.
Sea como fuere, fuera del
recinto seguía la bulla y salí para incorporarme al baile antes de retirarme.
Era media tarde y debía abandonar la casona.
Observé a los asistentes y
comprobé que no conocía a ninguno. Supuse que eran integrantes de otras
cofradías. Una voz estruendosa anunció que el evento había terminado y la
retirada empezó de forma organizada.
Camino a la salida me encontré
con un desconocido que me dijo, muy convencido, que yo sí podía verlos, ellos a
mí, y que los demás no. Sorprendido por la aclaración, no presté mayor atención
y seguí buscando la puerta hacia la avenida. Todo parecía distinto a como lo
recordaba horas antes y me sentí confundido.
Un adolescente que caminaba a
mi lado notó mi desconcierto y, amablemente, se ofreció a guiarme. Dijo que, ya
en la vereda, me explicaría dónde quedaba la avenida que buscaba. Los
asistentes continuaban saliendo y me incorporé al tropel que avanzaba en la
misma dirección.
Caminé unas cuadras hasta
llegar a un portón que separaba la calle de la esquina. Algo extraño había en
esa distribución. Seguí por inercia y lo crucé. Un caballero solemne, arrugado
por la edad, lo sostenía abierto sin mirarme.
Desemboqué en un patio repleto
de maquinarias y materiales de construcción. No sabía dónde me encontraba. Una
pareja que también parecía perdida me pidió orientación, pero ninguno supo qué
dirección tomar. Estábamos en un espacio cerrado, sin puertas visibles.
Finalmente, detrás de una ruma
de ladrillos, encontramos una puerta.
La cruzamos.
Del otro lado, hombres y
mujeres caminaban presurosos, como si el tiempo se les escapara hacia un
destino impostergable. La pareja tomó otro rumbo y entonces mi acompañante fue
un hombre de mediana edad que dijo llamarse Omar. Sostenía su abdomen, atravesado
por una cuchillada.
Me dirigió una mirada
silenciosa donde convivían el dolor y la resignación.
Avanzamos juntos hasta que
otro portón apareció frente a nosotros. Me tomó del brazo y señaló a varias
personas de espaldas contra las paredes. Una a una, desaparecían sin
explicación, como absorbidas por la superficie.
Un aire denso se filtró
entonces, cargado de aromas antiguos, húmedos, casi olvidados. Sentí que algo
en mí también comenzaba a diluirse.
A mi lado, dos caballeros, sin
prisa, comentaron con voz cansada:
—De vuelta a la triste y dura
realidad…
Y comprendí, demasiado tarde,
que no hablaban del mundo al que regresaban, sino del que yo acababa de
abandonar.
Oswaldo Castro Alfaro (Piura, 1955). Médico-Cirujano. Publicaciones en físico, ebooks y revistas on line, páginas web, plataformas digitales y portales nacionales y extranjeros. Cuentos publicados en antologías nacionales y extranjeras.
PERÚ
MIRZA MENDOZA
"MELODY"
Mi cuerpo se enfría. Salgo bruscamente, dejando atrás mi piel
demacrada. El monitor cardíaco emite su inconfundible pitido. La doctora y la
enfermera resoplan juntas, registrando mi hora de muerte. Busco a mi bebé;
¿dónde está? Veo un pequeño charco de sangre en el suelo. La esperaba con
cariño, imaginaba sus facciones, su sonrisa. La llamaría Melody.
Sería una madre soltera; había ahorrado para cuidarla. Pero la
tragedia golpeó todas las puertas. Sentí que el mundo se quebraba mientras yo
intentaba mantenerme en pie con mi enorme barriga. Una alerta mundial sacudió a
las naciones. Las noticias adelantaron mi parto. Fui a emergencias. Temía estar
infectada. Los medios solo comunicaron que la gente revivía poco después de
morir.
Mi propósito luego de fallecer era encontrar a mi bebé. Sabía que la
habían sacado a tiempo de mí. En mi forma etérea intento salir de la
habitación. La doctora y la enfermera se fueron, dejando mi rostro tapado por
la sábana blanca. Puedo levitar unos metros. No logro pasar la pared, y cuando
pujo siento una fuerte atracción hacia la camilla. Abro los párpados. Una
energía renovada me sacude. Me levanto. Rompo la puerta sin esfuerzo. Mi andar
es descoordinado y algo torpe. El apetito es inconmensurable. Mi primera
víctima es un enfermero que está viendo su celular. Meto mi mano directo a su
tórax y con algo de esfuerzo puedo sacar su corazón aún palpitante. En la
acción me fisuro los dedos, el radio y el cúbito. No me duele. Luego de
atragantarme con el sabroso músculo, paso a engullir sus muslos. El grito de un
doctor me desconcentra. Un rezago de mi conciencia humana me recuerda que debo
buscar a mi bebé. Afilo mi oído para ubicar el llanto de los recién nacidos. El
caos que se desata a mi alrededor me impide encontrarla pronto.
Ha sido abandonada junto a otros bebés. Sin mi ayuda no hubiera
sobrevivido. El personal médico ha salido del hospital por el brote de muertos
vivientes que ahí se está gestando. La tomo entre mis brazos y se me cae. La
recojo y me la llevo hacia la calle. Melody tiene los ojos desorbitados. Mi
apetito de carne fresca sigue latente. En el recorrido se unen otros y entre
todos creamos una masa de fuerza inquebrantable. Brutal y arrolladora.
Las balas nos atraviesan sin afectarnos. Descargan su artillería y
su furia contra nosotros. Temo perderla por segunda vez. La muerdo para que se
infecte y no muera. Nuestro apetito es atroz. A veces nos alimentamos de niños
que encontramos abandonados a su suerte. Los dejamos en los huesos, así no
tienen opción de resucitar, aunque es gracioso ver sus cráneos moverse sin
sentido. Los muertos vivientes también tenemos sentido del humor.
Pasan los meses entre ataques y festines. Un día nos cazan con tanques
de guerra pasando sobre nosotros. Pierdo una pierna. El apetito voraz me obliga
a seguir arrastrándome. En mi escape caigo en un hoyo junto a mi bebé. La gente
nos mira horrorizada. El llanto hambriento de Melody atrae a los curiosos. Nos
echan brea caliente. Yo la protejo con mis brazos y mi cabeza. Quedamos
inmóviles. Su lamento, una melodía de la muerte, nunca deja de escucharse.
Mirza
Mendoza (Lima, 1985) es escritora y tallerista. Ha publicado los libros de
cuentos Enamórate de mí (2024), Futurum, ocaso de la civilización
(2023) y Tenebrismo (2021). Su obra explora lo fantástico y lo oscuro.
Sus cuentos forman parte de las antologías: Confesiones de criaturas rotas
(2025), Historias de terror para leer a la medianoche (2025) y Aquí
nadie se pone de acuerdo (2026).
